miércoles, abril 01, 2026
Chuck Facts
sábado, marzo 21, 2026
Discurso 5 minutos antes del atardecer
Somos una especie especialmente deshonesta. Durante siglos hemos creído —o hemos querido creer— que nuestra mente genera una representación más o menos fiel de la realidad y que los aciertos de esa representación dependen de nuestra inteligencia, mientras que los errores son solo el precio inevitable de nuestras limitaciones biológicas. Sin embargo, la evidencia acumulada en psicología cognitiva y neurociencia cuenta otra historia: nuestra interpretación de la realidad no busca revelar lo que es, sino alterarlo, maquillarlo, suavizarlo o directamente ocultarlo cuando resulta incómodo, amenazante o incompatible con la imagen que queremos mantener. Nuestra percepción no es espejo; es pincel.Proclamamos con orgullo que el gran proyecto humano es la búsqueda de la verdad. Pero, en los hechos, somos sistemáticos falsificadores. No perseguimos la verdad tanto como imponemos como “verdadera” una versión conveniente, editada y curada. Lo que en verdad perseguimos, con tenacidad algo bestia, es imponer como verdad una versión bordada por el ego, ese artífice insomne y voraz.
Una opinión no es una mera hipótesis ni una invitación al diálogo. Toda opinión es —en mayor o menor grado— un acto de colonización de la realidad, un avance territorial sobre el caos del ser. Simplifica lo complejo, redondea aristas, exagera lo que nos favorece y minimiza lo que nos contradice. El sesgo de confirmación, la disonancia que callamos, la racionalización que tejemos, el autoengaño que nos arrulla no son desperfectos del mecanismo; son sus resortes más finos, armas secretas al servicio de la meta más elevada: preservar el castillo de arena frente al oleaje de lo real.
Manipular la mirada —primero la propia, luego la ajena— no constituye un vicio ocasional; es una facultad humana nuclear inscrita en el centro mismo de nuestra relación con el mundo. Pero no se nos puede acusar de ser culpables de premeditación y alevosía. Nuestras malas artes son solo parte de la triste e irremediable naturaleza humana. En esa medida, señores miembros del jurado, espero se me conceda la ansiada clemencia plenaria.
martes, marzo 17, 2026
Situación de calle 1
domingo, marzo 08, 2026
Nunca sabrás la respuesta
Un sujeto conduce un vehículo propulsado por un motor de 500 demonios de fuerza. A pocos metros, una escultora alza hacia el cielo su hermoso rostro en pleno vértigo del egocentrismo. Más allá, en la ventana de un alto edificio de oficinas, alguien permanece inclinado sobre una pantalla brillante. Todo parece formar parte de un fragmento cualquiera de la coreografía de la vida.
Nacer, crecer, multiplicarse. Ser, expandirse. Obedecemos la consigna con disciplina biológica. Entre tanto, escrutamos desde la capas superiores de la atmósfera la vida íntima de personas de interés, diseñamos hemisferios cerebrales sintéticos, hacemos el amor, redactamos ambiciosas constituciones, programamos algoritmos y hasta escribimos poemas febriles. También —con una frecuencia que solo públicamente no nos enorgullece— ejercitamos nuestros puños contra narices ajenas. (E incluso —increíblemente— descubrimos que la quietud es una forma más del movimiento).
Y sin embargo, en algún momento de la vida, surge la pregunta engendrando el desasosiego: ¿Para qué tanto afán? ¿Qué nos mueve? ¿Por qué hacemos lo que hacemos?
La respuesta corta es: el anhelo. Su forma más visible es el sexo —acompañado a veces por ese fenómeno tan celebrado y tan errático que llamamos amor—, pero el impulso del deseo —las terribles ganas de algo, las incontenibles ganas— adopta innumerables disfraces. Se presenta como ambición profesional, curiosidad científica, necesidad de reconocimiento o hambre de aventura. Cambia de máscara con facilidad, pero el mecanismo subyacente permanece.
Desde la perspectiva evolutiva, el asunto es relativamente claro. Como observó Charles Darwin, los organismos que sobreviven y se reproducen no son necesariamente los más fuertes ni los más inteligentes ni los más nobles, sino los más astutos, aquellos cuyas características resultan más eficaces para persistir en un entorno cambiante. El deseo —ese apetito obstinado — funciona como uno de los instrumentos más eficaces de ese proceso. Nos empuja a reproducirnos, a competir, a explorar, a darlo todo.
Visto así, el placer —la gratificación del deseo— no es el objetivo final sino el anzuelo. La naturaleza, que rara vez desperdicia recursos, paga nuestra cooperación con pinchazos de dopamina: el salario mínimo necesario para mantener la maquinaria en funcionamiento. Comer, conquistar, descubrir, reproducirse: cada acto exitoso viene acompañado por su correspondiente recompensa química. El mensaje es simple y eficaz: dale, sigue, continúa, insiste, permanece.
Sobre esa base elemental hemos construido algo asombrosamente complejo. Hemos inventado la ética, la poesía, la ciencia, la política. Hemos desarrollado la idea de dignidad, la noción de justicia, la pasión por la libertad. Nos emocionamos ante un concierto para piano, nos indignamos ante la injusticia, lo arriesgamos todo por principios perfectamente abstractos.
Y la pregunta inevitable es si todo ese edificio cultural es realmente algo distinto del deseo original o si, en el fondo, no es más que su versión refinada.
En el siglo XIX, Schopenhauer propuso una idea provocadora: la existencia es una cadena de deseos que, al cumplirse, dan solo alivios pasajeros y abren nuevos deseos, de modo que el dolor predomina sobre el placer. La vida es un negocio cuyos ingresos no cubren ni de lejos los gastos. Mucho después, en el terreno de la biología, Richard Dawkins reformuló el asunto con un lenguaje distinto: los seres vivos somos vehículos temporales que los genes utilizan para viajar a través de las generaciones, utilizando el laborioso procedimiento de la imperfecta replicación.
Si ambas intuiciones tienen algo de verdad, entonces incluso nuestras aspiraciones más nobles adquieren un matiz ligeramente inquietante. La necesidad de dejar huella, por ejemplo: ¿es realmente una búsqueda de significado o apenas una estrategia simbólica contra el olvido biológico? El amor por la libertad: ¿es un valor trascendente o simplemente el rechazo instintivo a cualquier fuerza que limite nuestros imprescindibles movimientos?
Las creaciones humanas son reales y poderosas y se alzan con cierta arrogancia por encima del lodo. Pero reconocer el posible origen de esos valores —ese viejo motor llamado deseo— introduce una grieta interesante en nuestra narrativa favorita. Porque entonces irrumpe otra posibilidad.
Quizá el famoso “sentido de la vida” no sea un oculto cubo radiante esperando ser descubierto. Quizá no sea una respuesta escondida debajo de una piedra en algún lugar del universo, aguardando pacientemente a que una especie suficientemente astuta resuelva el maldito rompecabezas.
El ser humano, después de todo, es una criatura peculiar: un animal capaz de preguntarse por qué existe mientras continúa existiendo. Un organismo que, impulsado por un mecanismo biológico bastante antiguo, ha desarrollado al mismo tiempo una conciencia que examina ese mecanismo con franca suspicacia.
Al final del día, el sujeto que conduce el vehículo se estaciona en una zona altamente contaminada, la escultora sale a la noche con el rostro empapado, y el individuo inclinado sobre la pantalla brillante se incorpora y abre una ventana para contemplar a la vieja y malvada luna. Y mañana quizá, tal vez, alguno de ellos se levante anunciando que ha alcanzado alguna enloquecedora convicción que lo resolverá todo. Porque la maquinaria nunca se detiene.
lunes, marzo 02, 2026
Una quena en el Perú
Juan Cruz: ¿Y como ser humano qué le parecía Cortázar?
Juan Carlos Onetti: acá entramos en un problema… él siempre se mostró como un hombre muy humilde, muy desinteresado, pero no era nada de eso… era de una vanidad tremenda y lo muestra la polémica que tuvo con mi amigo peruano José María Arguedas, el autor de Los Ríos Profundos… (...) En una declaración Arguedas elogió el talento de Cortázar, pero lamentaba que este no se preocupara por la gente pobre, sobre todo por los indígenas de Latinoamérica. Y Cortázar le contestó de una manera muy desagradable para mí, diciéndole: “usted está tocando una quena en el Perú y yo dirijo una orquesta sinfónica en París…” es una grosería, sobre todo conociendo a este peruano, que era uno de los hombres más dulces que he conocido. ¿Y qué fue lo que le dijo a Cortázar? No era ofensivo, era como una invitación a que lo hiciera, aquello fue una miseria… (Juan Cruz. Entrevistas. Secreto y Pasión de la Literatura. Tusquets Editores S.A. 2025)
sábado, febrero 14, 2026
¿De parte de quién?
Cuando Pablo Neruda visitó Arequipa, su primera intención fue conocer a César Atahualpa Rodríguez Olcay. Siguiendo las indicaciones, se dirigió hasta la calle Puente Grau 406, en el Cercado, cerca de la Quinta Vargas. Al llamar a la puerta y preguntar por el poeta, una mujer le replicó: «¿De parte de quién?». «De Pablo Neruda», respondió este con una sonrisa. La mujer se hundió en el silencio de la casa. Al regresar, con rostro inexpresivo, pronunció: «Dice que no está». Sin inmutarse, Neruda respondió: «Está bien. Cuando regrese, dígale que no he venido».
jueves, febrero 12, 2026
Discurso del hombre que cayó a la tierra
sábado, febrero 07, 2026
Manifiesto de un anónimo poeta de 17 años
La estructura de la realidad ha comenzado a expulsar los restos del siglo XX. Los últimos bastiones flotan como barcos fantasma. Nuestras antiguas herramientas de navegación han quedado inservibles. El lenguaje que heredamos es ahora una patética interpretación simplificadora. La realidad se ha vuelto líquida, algorítmica, en franco desafío a lo antiguamente verosímil. La realidad se organiza en flujos de datos y en pantallas que deciden lo que existe y lo qué no merece nuestra atención. El poder ya no es una torre central que asediar; es una red invisible que se levanta sobre valores éticos que navegan la paradoja. Por ello, el autoritarismo ideológico y las otras lacras del espíritu no regresan con sus viejos uniformes, sino que mutan, infiltrándose a través de la fragmentación, la sensibilidad digital y la erosión de la verdad. Frente a este fenómeno, la repetición de viejas consignas es una terquedad que en la práctica se revela como una forma de rendición. La nueva era exige audacia creativa a la altura de este presente que tan velozmente se transforma en futuro. No se trata de retocar fachadas, sino de inventar una nueva caja de herramientas intelectuales que sea capaz de nombrar lo que todavía no tiene nombre. El experimentalismo de nuestros abuelos ahora es otra forma de retórica. El desafiante arte conceptual se ha diluído en ingenio, en marketing, en simple fraude. La poesía callejera, coloquial, de cantinera intensidad se ha ahogado en su vómito. Los malabaristas del lenguaje, con su presunta erudición y sus frases provocadoras, son ya sordos, ciegos, no dicen nada. Y es que solo abandonando las viejas certezas podremos habitar con dignidad la incertidumbre de este nuevo y salvaje mundo. Y aunque es cierto, estamos desconcertados y muy conscientes de nuestra insignificancia, nos queda apretar los dientes e intentar que algo de lucidez se abra paso. La manera de luchar ha cambiado, pero sigue siendo una misión urgida de heroísmo (Si nos liquidan y todo está perdido por lo menos será divertido que nuestras últimas palabras sean las tres palabras más hermosas: Te lo dije).
domingo, febrero 01, 2026
Solo contestaré en presencia de mis abogados
jueves, enero 22, 2026
Certeza cívica
Dice Ruben Blades que eso de que hay que respetar las ideas ajenas es incorrecto. Las ideas ajenas no se respetan, lo que se respeta es el derecho de los otros a tener ideas estúpidas.
martes, enero 20, 2026
La juventud no está en el corazón
La percepción del futuro es lo que define el presente. Si en nuestra cabeza el futuro se extiende como algo probablemente emocionante, estamos en modo juventud. Pero si el futuro muestra su estricto entramado, estás acabado, compadre.
Siempre se dice que el joven vive inmerso en el presente. Esa desgraciada criatura hace eso solo porque tiene en sus manos un tiempo rebosante de futuro. El presente es un animal salvaje y voraz que se alimenta sin parar de una ficción, un ideal cualquiera. El contenido de una ficción es parte esencial del mobiliario del futuro. Cuándo el futuro aparece amarillento y sin objetos imantados, todo yace trabajosamente sobre la tierra.
Cuando todo yace trabajosamente sobre la tierra, estás acabado, compadre.
jueves, enero 15, 2026
La X de una ecuación desconocida
La mayoría de los personajes de Dostoyevski son temperamentos desenfrenados o patéticos que exhiben una erizada personalidad. Nabokov aseguraba que los personajes de su compatriota eran neuróticos, bipolares y algunos hasta siniestramente psicopáticos. Pero lo que los hace fascinantes es que en el núcleo del alma de estos desdichados bulle el bien y el mal, la furia y la piedad, la sed de sangre y la terrible luz del amor. Quizá por eso encontramos fascinantes esta galería de seres excesivos, quizá por eso Dostoyevski es un clásico vertiginoso.
Toda tragedia representa el conflicto, que genera dolor, entre dos situaciones irreconciliables. La tragedia se origina en la ruptura del curso ideal de las cosas a causa de algo que contradice nuestros deseos. Con frecuencia es producto de una tensión entre el libre albedrío y el determinismo. A diferencia de la tragedia griega que implicaba la destrucción total cuando el héroe se enfrentaba a fuerzas implacables como los dioses o el destino, Dostoievski deja una puerta abierta a la redención, aunque siempre a través del sufrimiento. Dostoyevski era irrevocablemente cristiano y consideraba que solo se podía alcanzar la gracia tratando de entender los insondables caminos del dolor.
martes, enero 13, 2026
La balada del imperfecto imbécil
viernes, diciembre 26, 2025
La mejor imagen de la semana
Mientras cantábamos villancicos el sistema solar se precipitaba a ochenta mil Kilómetros hacia el cúmulo Globular M13 de Hércules.
martes, diciembre 23, 2025
¿El alma pesa menos que un chocolate Sublime?
El problema de la navidad es que es absolutamente imperativo estar poseído por el espíritu navideño. Eso la hace deprimente para algunos desconfiados de las emociones generalizadas.
No recuerdo cuál fue la mejor navidad de mi vida. Lo que sí recuerdo es que, mientras fui esa cosa llamada niño, al llegar diciembre empezaba a percibir una arrolladora invasión de la felicidad. En primer lugar, porque luego del terrible examen final me esperaban tres inmensos meses de vacaciones. La navidad en realidad era el glorioso punto de partida para un verano dedicado exclusivamente a la vagancia.
Por más que lo intenté no pude jamás impresionarme por la noticia del advenimiento del Niño Jesús. Así que si bien la navidad resultaba la fiesta principal del año, lo era por razones menos sagradas de las mencionadas por las autoridades pertinentes. Unos días antes Alfredito, mi padre, sacaba las cajas donde guardaba, cuidadosamente envueltas, las muchas figuritas del nacimiento. Con grueso papel kraft había construido y pintado una escarpada montaña (que contradecía la geografía de Belén). La sagrada familia se ubicaba en una gruta y el niño reposaba sobre una paja ensortijada que fue precursora de las bolitas de tecnopor. En los alrededores se estacionaban no solo los personajes mencionados en la biblia, sino también figuras de todo tipo. Recuerdo que cierto año coloqué devotamente, junto al establo, la versión dinky toys del Aston Martin DB5, del agente 007 (que incluía un par de ametralladoras y el útil eyector para librarse del copiloto).
La navidad, si debo decir la verdad, se nutría de la simple ilusión. A diferencia de los cumpleaños, en navidad, los regalos eran un acontecimiento masivo. La tradición consistía en que nuestros padres, luego de confirmar que estábamos dormidos, colocaban los regalos al pie de nuestras camas. Por eso la mañana del veinticinco, no bien abríamos los ojos, éramos impulsados por un resorte. Inmediatamente después llegaba la hora de comparar. Recuerdo que salíamos a la calle y ahí estaban todos los niños del barrio, con sus inevitables pelotas de fútbol, con sus sombreros vaqueros, con sus pistolas de cebas, con los arcos con flechas con punta de goma, con los rojos carros bomberos que empezaban a aullar. Los juguetes son el verdadero espíritu de la navidad. Los juguetes nos permiten ejercitar el músculo de la imaginación. Los juguetes nos enseñan que la vida es un juego con varios niveles de complicación. Nos enseñan que el verdadero sentido de la existencia se da cuando enganchamos con una dinámica, cuando encendemos la mecha de lo lúdico. Los juguetes son un vehículo para la alegría del ser.
Cierto 25 de diciembre mi padrino, Hernán Pretto, apareció hacia media mañana con Frida Borja, su esposa, y me regalaron un pequeño Volkswagen rojo que se podía conducir remotamente a través de un cable. En aquellos tiempos lo máximo concebible era un camión de madera fabricado por presidiarios del penal de Siglo XX y entonces, ese carrito de bakelita con sus luces que se prendían y se apagaban, con sus ruedas que giraban a derecha e izquierda, nos dejó absolutamente deslumbrados. Todos los niños, que siempre éramos más de los que en realidad éramos, salimos al patio para entregarnos frenéticamente a la fascinación, al asombro, al delirio, al egoísmo, a la envidia. Los Padres y los padrinos quedaron en la sala tomando vermut con pisco y picando algo de queso con aceitunas hasta que, de pronto, me vieron aparecer en la puerta, con la cabeza inclinada en actitud doliente. ¡No le ha durado ni un día!, gritó la tía Frida.
El segundo gran regalo grabado en mi memoria era demasiado pesado. Recuerdo que cuando desperté esa nublada mañana dirigí mi ansiosa mirada hacia los pies de la cama y no vi nada. Un destello de desesperación se apoderó de mí hasta que, luego de pararme, vi que había una gran caja junto a la pata del catre. Allí se amontonaba el tesoro: un serrucho con hojas intercambiables, una segueta para calar triplay, prensas manuales, un hermoso cepillo de madera, un berbiquí, una gubia y muchas, muchas otras más cosas de hermoso metal. Lo que pasaba era que Roland, mi hermano el ingeniero, me había contagiado su fascinación por las herramientas y nuestro padre, atento a tan útiles manías, fue a la ferretería de un amigo suyo y consiguió todo a crédito, un regalo compartido. Demás está decir que la exaltación fue lo suficiente para dejarnos sin aliento, y durante meses estuvimos entregados a hacer proyectos (que rara vez terminábamos). Es necesario confesar, sin embargo, que nunca fui ni medianamente bueno con esos delicados instrumentos. Simplemente me parecían de una belleza irresistible.
El tercer regalo memorable fue el que se convirtió para siempre en mi objeto favorito. Es imprescindible reconocer, además, que en ese momento se estableció definitivamente mi reputación de bicho raro. Fue una navidad en la que, junto a mi pie derecho, perfectamente envuelta en papel verde con rojo, yacía extrañamente apacible la más famosa novela de Daniel Defoe. Ahí, entre páginas como esas, encontré el más emocionante de todos los juguetes.
lunes, diciembre 22, 2025
¿Por qué hablo en español?
Si no hubieran ocurrido un par de cosas, probablemente hoy estaría hablando quechua o puquina. Y si la historia hubiera tomado otros rumbos, quién sabe, tal vez estaría gesticulando en otro lugar, soltando palabras en inglés o en chino. Pero ¿por qué hablo español? ¿Por qué soy como soy?
Este idioma mío encierra una evidencia vital. Es cierto que lo hablo porque nací en él, porque me fue dado como el aire. Pero también lo hablo porque es un territorio compartido, un espacio donde cada palabra nos conecta con una memoria que no es solo la nuestra. En la voz de cada uno de nosotros resuenan los ecos de quienes lo hablaron antes, y la promesa de quienes lo hablarán después. Nuestra manera de usar el idioma contiene toda una historia. Y todas las historias contenidas en la Historia tienen mucho de feroz y de admirable, de salvaje y de civil. Corre sangre en nuestras venas: de intensidad, de dolor y de ilusión. Tanta energía emocional multiplica las formas del lenguaje y sus fascinantes extravíos.
El español, además, posee una versatilidad expresiva y una riqueza cultural que son fruto de su amplia distribución geográfica y de su profunda historia marcada por el mestizaje. Esta diversidad ha dado lugar a una enorme variedad de dialectos, modismos y matices que enriquecen su vocabulario y sus formas de expresión. Cada variante carga con su propia música, su propia manera de nombrar el mundo, su propia corporeidad.
Y es que el español destaca, sobre todo, por su capacidad de transmitir emociones con una musicalidad y una calidez únicas. Hay en él un sonido nítido que parece expresar a una carnalidad que late con contundencia a la hora de las derivas poéticas, a cierto destello en los globos oculares.
Siguiendo esta idea, tengo que concluir que esta mi ciudad funciona al mismo ritmo que su manera de hablar. Que este misterioso Perú se ama y se odia a sí mismo usando principalmente este lenguaje. Y que estos 500 millones de personas en toda la faz del planeta dejan escapar las mismas palabras de asombro por ser tan dolorosamente diferentes, y tan insoportablemente parecidos.
Pero el idioma también participa en nuestras más terribles aventuras. Muchos ya nos han advertido que cuando las palabras pierden su sentido, también se debilita nuestra capacidad de pensar. La advertencia no es menor: si dejamos que el idioma se disuelva, lo que ponemos en riesgo no es solo la belleza de la expresión, sino nuestra lucidez. Un lenguaje pobre engendra un pensamiento pobre. Y un pensamiento pobre, tarde o temprano, se convierte en una acción equivocada.
Es importante, entonces, no olvidar que la historia del idioma está siempre marcada por fuerzas poderosas. Con frecuencia, unas lenguas se imponen a otras. Y al hacerlo, sofocan memorias, clausuran formas de ver la realidad y hieren la dignidad de pueblos enteros. Cada palabra perdida no es solo un silencio: es un fantasma que va penando en la gran casa que hemos heredado. Recordar este hecho no nos debilita; al contrario, nos hace más conscientes de la responsabilidad que implica un idioma, atentos siempre a la complejidad de nuestras raíces.
Hace ya bastante tiempo que comprendimos que somos animales hechos de signos. Y los signos que conforman nuestra esencia pertenecen a un idioma que ha navegado por el turbulento río de la historia, asimilando insólitas raíces y resolviendo contradicciones. Nuestro idioma se ha convertido en un reflejo de lo que fue, de lo que es y de lo que será una parte enorme de este planeta. Y si hay algo que, por obvio, es francamente emocionante, es que el idioma es la nave mejor equipada para viajar hacia el otro: el despliegue de una mente que de pronto se encuentra con el despliegue de otra mente.
Entonces hablar español no es solo una situación accidental o geográfica. Es la coordenada esencial desde donde vemos y comprendemos el mundo. Porque en cada palabra que pronunciamos, se agita un fragmento de nosotros mismos. En el idioma late el pulso de una identidad que se niega a ser definida y que, por eso mismo, se llena de posibilidades. Al final, hablar español es habitar un territorio vasto y contradictorio. Es asumir que, en ese acto cotidiano, está cifrada una verdadera aventura de pertenencia, de memoria y creación.
Para terminar quisiera agregar que al final del día el lenguaje no es únicamente la herramienta de la lucidez; es también el vehículo de lo inefable. A veces, sirve para transmitir cosas tan urgentes como aquello de que "la alegría está en re mayor y lleva trompetas". Y es que cuando el idioma se pone la boina del poeta, deja de ser solo un medio de comunicación. La poesía se convierte en un espacio donde el lenguaje se transforma en un rito, en algo que se remite a ese tiempo en que lo usábamos para comunicarnos no solo con los demás, sino con eso que está por allá... más allá... justo en medio de ninguna parte.
martes, diciembre 16, 2025
Lo incontable es lo que cuenta
viernes, diciembre 12, 2025
Un fotón es luz que sale de la oscuridad del átomo
jueves, diciembre 11, 2025
Las complejas poleas conceptuales del Super Ratón
lunes, diciembre 08, 2025
¿Siempre dices todo lo que pasa por tu estúpida cabeza?
En una reciente intervención pública, Tarantino, dejando fluir sin freno su enorme ego, dijo lo que opinaba contra el actor Paul Dano. A partir de ese episodio volvió a circular el viejo argumento de que vivimos en un mundo donde la mayoría de las personas rara vez dice lo que realmente piensa y que, para remediarlo, todos deberían expresarse sin reservas. Pero si se me concede la franqueza que esta doctrina celebra, diré sin rodeos que tal premisa es una tontería monumental, propia de un pensamiento igualmente torpe.
¿Por qué? Porque si todos verbalizáramos sin filtro lo que se nos cruza por la mente, perderíamos algo mucho más sofisticado: la capacidad de leer más allá del lenguaje frontal. La convivencia no se sostiene en declaraciones literales, sino en matices, gestos, silencios y contextos; en ese tejido sutil de signos que revela lo que las palabras omiten. La clave no es exigir sinceridades brutales, sino desarrollar la perspicacia necesaria para comprender lo que ocurre bajo la superficie.
Los grupos donde cada cual dice todo lo que piensa no se vuelven más auténticos, sino más ininteligibles: la gente queda atrapada en posiciones ofensivas o defensivas, incapaz de escucharse, y la verdad, esa verdad que se supone emerge de la lengua desatada, termina diluyéndose. La comprensión profunda exige menos arrebatos de sinceridad y más inteligencia interpretativa.
Ilustración: Carlos Runcie Tanaka
Chuck Facts
Una cobra mordió a Chuck y, tras horas de horrible agonía, la serpiente murió. El universo no se expande: huye de Chuck. No existe la teorí...
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