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martes, diciembre 16, 2025

Lo incontable es lo que cuenta


Con los nuevos recursos tecnológicos, ahora es facilísimo no solo refrescar una vieja foto, sino alterarla a gusto usando, por ejemplo, la ilusión de colores naturales. A algunos les parece un sacrilegio y escupen la famosa palabra peruana: ¡huachafos! Su indignación parte de una certeza absoluta: no se toca lo auténtico. Pero a estos se les escapa un hecho objetivo: ¿Qué es lo auténtico? Esa vieja foto siempre fue un artefacto artificial que  vanamente pretendía capturar lo objetivamente real. Aplicar un procedimiento artificial sobre algo artificial se llama recreación. O sea, doble creación. 
Tipos memorables destrozaron la ilusoria pureza. En el siglo XIX respetables maestros coloreaban manualmente fotos de daguerrotipo. A principio del siglo XX, Man Ray  manipulaba negativos con rayos solares para crear "rayogramas". En 2019 Coppola "refrescó" su Apocalypse Now alterando colores y sonidos. Y en Perú, tenemos el ejemplo del gran Martín Chambi que manipulaba placas de vidrio para realzar algunas de sus tomas. Al final, la "autenticidad" es un mito. La foto siempre fue interpretación, y hoy la tecnología nos da el pincel para reimaginarla. Los que temen al cambio probablemente no sean huachafos, pero son algo peor.

jueves, diciembre 04, 2025

Los bares del centro histórico



En la década de 1970, Arequipa seguía siendo una hermosa ciudad plagada de cantinas. El Room Dairy, en el Portal de San Agustín, no cerraba nunca y se enorgullecía de ello. En una ocasión, cuando la policía dispersó a manifestantes de la Plaza de Armas con gas lacrimógeno, la clientela entró en alerta. Dos mozos y cuatro parroquianos intentaron bajar la herrumbrosa cortina metálica. Por otro lado, los habitués creaban sus propias historias, prodigiosamente falsas. Contaban por ejemplo que un estudiante de la facultad de derecho, que solía atender los debates sin parpadear, presenció una vez cómo un borracho volcaba una botella de cerveza. Sin inmutarse, este se inclinó y parsimoniosamente lamió hasta la última gota. Sin parpadear. Se recordaba también al laureado autor que, a cierta hora, trepaba a su silla y se lanzaba con un perfecto discurso de cierre de campaña. El clímax llegaba cuando, alzando un brazo, proclamaba: "Declaro oficialmente que renuncio irrevocablemente a beber cualquier tipo de bebida espirituosa. ¡Pero si el pueblo exige que regrese, regresaré!" . Lo mejor era que, cuando la emoción lo llevaba a olvidar el castellano, continuaba con un idioma secreto recién inventado.

Originalmente concebido como restaurante, el Room Dairy ofrecía una carta completa. A las tres de la madrugada, por ejemplo, en cierta ocasión, don Pepe Ruiz Rosas degustó con elegancia un chupe con abundantes camarones rodeado por músicos, pintores, poetas, dramaturgos y ensayistas. Al terminar sacó una libretita y, con abigarrada letra, escribió un soneto al sabor de los crustáceos y su decisivo aporte a la hegemonía gastronómica arequipeña.

Unos metros más allá, en el mismo Portal, estaba el bar llamado Pájaros Muertos, frecuentado por profesores envejecidos en la Escuela de Bellas Artes. Eran tipos famosos por una alambicada agresividad verbal contra los representantes del expresionismo abstracto.

El lugar preferido por nuestra pandilla era el Far West, justo en medio del Portal, regentado por una suiza de muy mal genio. Los poetas de la revista Ómnibus pedíamos un Capitán (pisco con vermut), el célebre trago de la primera mitad del siglo XX, y nos divertíamos desplegando una irónica mitomanía. Con sus sillas vienesas y carteles de Pan Am, aquel local nos permitía viajar en el tiempo y discutir en compañía de algunos malditos poetas históricos. Solo faltaban el ajenjo y la absenta.

A la vuelta, en la calle Puente Bolognesi, quedaba el Barcelona. En este local se tomaban tragos y se comían sánguches de salchicha. Era un lugar que olía a grasa de chancho y resultaba ideal para beber al mediodía, mientras el resto de los ciudadanos se afanaban en el edificio de la vida cotidiana. Nosotros salíamos de la librería Aquelarre y nos encaminábamos hacia el Barcelona, sabiendo que la vida es corta, pero que el arte se extiende con magnífico esplendor hacia cualquier lado. En cierta ocasión, Misael Ramos apostó todo por este ideal y gastó lo del agua y la luz de su vivienda, siendo luego sentenciado a acogerse al exilio interior durante algunos meses. El Barcelona atraía a gente ilustrada, y cuando Enrique Verástegui llegó a la ciudad, bardos de todas las generaciones nos reunimos allí para darle la bienvenida. Enérgico, Verástegui exponía su arte poética en voz alta hasta que un vecino le pidió bajar el volumen, lo que desencadenó un altercado: “¡Tú no sabes con quién estás hablando!”, exclamó el poeta. “Estoy hablando con un borracho”, fue la réplica del anónimo ilustrado.

En la calle San Francisco quedaba el Capri, que era el sitio más civilizado para tomarse una copa mirando de reojo a Guillermo Mercado, el vate oficial de la ciudad blanca. Recuerdo que el novelista Edmundo de los Ríos bebía su pisco y se atusaba el bigote cuando, de pronto, se irguió y, con un elegante movimiento, atrapó una pierna de pollo de la mesa vecina. Nadie dijo nada, ni siquiera el desconocido agraviado, y el flujo de ideas siguió su curso natural. Media hora más tarde, un poeta que acababa de llegar de Bolivia se atrevió a retar a duelo a Edmundo, pero este levantó su larga extremidad derecha, provocando la fuga del contador de sílabas. Una hora más tarde, sin embargo, cuando ya nadie lo esperaba, la puerta del Capri se abrió de par en par y surgió el poeta casi boliviano, esgrimiendo una enorme pistola. No pasó nada de necesidad mortal, ni siquiera hubo un disparo de advertencia.

En la calle Octavio Muñoz Najar, frente a la plaza 15 de Agosto, quedaba el Todos Vuelven, un bar frecuentado por gente de la UNSA. Muchos catedráticos reputados solían dar rienda suelta a ideas brillantes frente a un buen chilcanito. Por ejemplo, uno de ellos explicó a la concurrencia que cuando los persas tenían que tomar una decisión importante la discutían dos veces: una borrachos y otra sobrios. Si no llegaban a la misma conclusión había problemas. Si alcanzaban una feliz coincidencia se tomaban un trago para festejar. Pero la sonrisa de este caballero no fue la misma cuando en el bar corrió como pólvora el rumor de que una dama lo reclamaba llorando en la puerta. Aquella situación provocó primero desconcierto, luego vergüenza y finalmente desembocó en hilaridad.  La amante del afamado catedrático empezó a aparecer cada tarde llegando únicamente hasta el umbral. El Todos Vuelven siempre se había preciado de ser un local exclusivamente masculino, lo cual era sin duda uno de los motivos del llanto de la agraviada, que incluso verbalizó desesperadamente algunos de sus coloridos reclamos. 

Al lado de este húmedo bar reinaba el Bangú, que en lugar preferencial ostentaba una advertencia: "No se aceptan borrachos. Aquí se fabrican". En esta famosa cantina, en la fase lunar apropiada, el  bardo Alonso Ruiz Rosas se lanzaba a recitar largos poemas del Siglo de Oro. Este antro era célebre, además, por sus fuentes de sudado de carne, que a altas horas se transmutaban en un plato digno de la más ruidosa aclamación.

Pero el más sorprendente de todos los bares no tenía nombre. Se ubicaba saliendo de Puente Bolognesi hacia Beaterio, en una profunda y vieja casona. Siempre nos habían advertido que evitáramos el lugar por la histórica reputación de la zona, pero al entrar y pedir un trago descubrimos que los borrachos allí habían leído nuestros poemas y, afortunadamente, no los encontraron demasiado malos. Nos invitaron una ronda de pisco en vez de desafiarnos a una épica pelea a chavetazos.

La era de las cantinas terminó para nosotros con la apertura de El Quinqué, frente al monasterio de Santa Catalina. Aunque carecía de la preciada atmósfera salvaje, atraía a muchachas hermosas. Y si uno ama el trago, nada mejor que compartirlo con una compañera dispuesta a la emoción de la noche. Recuerdo en especial a una que definía el beso como "un truco diseñado por la naturaleza para detener el habla cuando las palabras se vuelven aburridas".

Pero quizá el bar con más historia para artistas y escritores fue El Búho. Lo insólito era que se trataba de la única cafetería universitaria (sobre la faz del planeta) donde se podía beber pisco, ron y whisky, sustituyendo horas de estudio académico por investigaciones mucho más originales. Había buena música y mesas llenas de parejas enamoradas que discutían sobre el horror místico y hasta sobre cierto agónico neomarxismo. Este local era ocasionalmente visitado por Andrea Quevedo, que aseguraba a quien quisiera escucharla que el agua que se bebe durante las resacas debería ser elevada a la categoría de agua bendita.

Aunque el salvaje fulgor de las cantinas tradicionales terminó, en el Centro sobrevivían casi clandestinos Los Códigos, frente a la antigua facultad de derecho. Eran dos pequeños locales contiguos (Civil y Penal) que operaban como sangucherías, pero que servían bebidas fuertes. Los animadores principales eran el grupo Los Enfermos, liderados por el legendario Alfredo "Mono" Villavicencio, cuyo lema era: "No voy a beber más, pero tampoco menos". Cuando se acercaba la hora de partir, el protocolo obligaba a los asistentes a colocar algún billete en el centro de la mesa. Se cuenta que en cierta ocasión un joven historiador sacó trabajosamente algunas monedas y las empujó hacia adelante. El más fastidioso de los poetas las agarró con movimiento fluido y preciso y las soltó dentro del vaso, aún lleno, del tacaño intelectual. Lo bueno fue que este solo reaccionó con una gran carcajada. Una carcajada que incendió toda la noche.

Al final, las cantinas desaparecieron como se extinguen ciertas constelaciones: dejando una luz que tarda años en apagarse. Nosotros seguimos adelante, más sobrios o más cansados, pero con la certeza de que en aquellos bares indisciplinados celebramos una efervescente vitalidad . Y hoy, al recordar aquellos bares, sospecho que no era el alcohol lo que nos hacía invencibles, sino la  magnífica ilusión en que la vida todavía podía torcerse a nuestro favor.


miércoles, agosto 29, 2018

José Ruiz Rosas (1928- 2018)



COMO casa póstera quiero
un sitio pequeño en que exista
—solaz del espacio y la vista—
retama, jazmín, limonero.
Dijeran jardín extranjero
mas no importará: se conquista
la tierra total, no la pista
donde se extravía el sendero.
Y desde allí, ya sepulto,
se distribuirán mis tejidos
hacia lo total de este bulto.
Se dilatarán mis quejidos,
quedo resplandor del indulto,
entre los demás seres idos.
Nota: este poema escrito en Arequipa por José Ruiz Rosas fue incluído en el libro Dobles, de 1971.
Nota 2: Puede consultarse un par de textos sobre mi entrañable amigo haciendo click aquí y aquí.

viernes, mayo 11, 2018

La leyenda de Edmundo de los Ríos II






En Arequipa no paraban de hablar de un tipo flaco que había sido galardonado en Cuba y México. Juan Rulfo le había dedicado una frase ígnea: Con Edmundo de los Ríos se inicia la literatura de la revolución. En todos los cenáculos culturales de los años setenta se hablaba y hablaba. En Arequipa los sitios eran tres. En primer lugar estaba El Capri, un bar restaurante que Guillermo Mercado había consagrado. Las diarias conversaciones eran cívicas y los mozos distribuían tacitas de café y, solo para los más peligrosos, vasos con una dosis precisa de pisco con vermuth. Tengo entendido que Edmundo de los Ríos solía atusarse el bigote en una silla contigua a la de Guillermo Mercado. El segundo lugar que imantaba intelectuales era la casa de don Pepe Ruiz Rosas, en la calle Villaba. Fue probablemente ahí donde me presentaron al novelista. La casa de don Pepe era el lugar donde cada 14 de mayo se podían encontrar los miembros de todas las generaciones. Una pierna de cordero al romero salía del horno en un momento de jolgorio, y Edmundo de los Ríos alzaba su tinto soltando exclamaciones. El tercer lugar  era donde los debates filosóficos alcanzaban conclusiones universales. En realidad el tercer lugar no era un lugar sino varios: en la plaza de armas estaban el Far West y el Room dairy. Cerca de ahí El Barcelona. Y al final de la calle Mercaderes El Bangú y el Todos Vuelven. Salvo el Far west todos eran bares con mesas de fórmica. El Far West se distinguía porque era un salón de té europeo que incluía sillas vienesas, posters de Pan-Am, y una anciana suiza muy malgeniada. Los otros bares eran  lugares de belleza puramente interior. La épica y la lírica, la cerveza arequipeña y los piscos adulterados conspiraban para generar una hermosa euforia provinciana.
Edmundo de la Ríos tenía un sentido del humor de espadachín. Literalmente. Cuando la argumentación se empantanaba alzaba la nariz y retaba a un duelo justo al eventual discutidor. Edmundo era flaco y de piernas muy largas y solía entonces alzar sus grandes zapatos. Normalmente nadie quedaba demasiado herido porque el impacto solía ser controlado (y porque el resto de celebridades insistían en armisticios). Pero en cierta ocasión, en el Capri, nada menos, un poeta de saco y corbata se levantó indignado y desapareció. Cuando todos ya habían recobrado la alegría el poeta empujó la puerta batiente y esgrimió su Colt 45.
Edmundo de los Ríos leía muchísimo. Siempre aparecía con un libro entre manos y, con voz devota, recitaba los pasajes más brillantes, esos que valían no solo como letra, sino también como música. Cuando pasaba las páginas parecía que las acariciaba. Pero no solo amaba los innumerables libros que tenía, sino que codiciaba los que no poseía. Recuerdo que al visitar mi biblioteca se encaprichó con Literaturas germánicas medievales, un librito de Borges que yo había conseguido en tapa dura. Me ofreció a cambio una botella de ron Pomalca y, como bonus, La Torre de las paradojas, de César Atahualpa Rodríguez.   Luego, por alguna razón, me persiguió durante semanas para convencerme de que le venda la Fenomenología del espíritu, de Hegel, libro que, como todo el mundo sabe, está infectado por el oscurantismo retórico.
Edmundo de los Ríos escribía mucho. Viajaba intempestivamente, se paraba en la Variante de Uchumayo y trepaba al primer camión. Los choferes se entretenían contándole su vida y, en cierta época, anunció oficialmente que sobre su escritorio bullía una novela sobre camioneros. De esta manera Edmundo recorrió la Panamericana buscando sitios para levantar su campamento. Recuerdo que contó los detalles de su larga estadía en una caleta de pescadores donde escribió mucho y se hizo marinero.
Una mañana regresó de uno de sus viajes con el manuscrito de Los locos caballos colorados. Era un montón de páginas escritas en papel biblia llenas de garabatos. Me dijo que podía echarle un vistazo pero que, lamentablemente, no podía dejarlas a mí cuidado por más de 10 o 15 minutos. Quizá media hora. Es que su obra estaba siempre en progreso. No acababa de escribir algo, cuando ya estaba viendo otra posibilidad. Y la cosa era complicada porque este libro estaba escrito en un lenguaje que él había inventado en noches estrelladas. Un lenguaje con una extraña gramática que seguramente se usaba regularmente en un universo alternativo, en uno de esos mundos con personajes de rostros afilados. No sé, pero las pocas páginas que me fueron permitidas me dejaron una fuerte  impresión. El narrador parecía usar el castellano con deliberada torpeza, como un pintor vanguardista que está ya harto del trazo virtuoso. Me di cuenta entonces que Edmundo era el escritor más extraño de la literatura peruana. Y eso es algo en un  territorio donde proliferan los tipos raros.
Se afirma que hay espíritus que pertenecen a otras épocas, a otros mundos, pero en el caso de Edmundo de los Ríos otras épocas y otros mundos de apiñaban dentro de su flaca anatomía. A  veces, por ejemplo, él era un penitente medieval. Recuerdo que cierta mañana fui a visitarlo y lo encontré con la cabeza rapada. Parecía que alguien, con un cuchillo herrumbroso, le había cortado, mechón a mechón, su negra cabellera de cacique. Era, sin duda,  el condenado que se preparaba para la hoguera purificadora. No me contó nada particularmente esclarecedor, pero pude entender que en ocasiones visitaba el infierno. Edmundo, sin embargo, era también un maestro renacentista. Luego de renunciar a un cómodo puesto gubernamental se confinó en una pequeña habitación muy cerca del río, en el barrio de Vallecito, ansioso por trabajar con Los locos caballos colorados. En esa habitación recibía regiamente a sus invitados. Las cuatro paredes estaban cubiertas de libros y, en  los lugares libres, acomodaba su preciosa colección de objetos litúrgicos. Digo litúrgicos porque cada cosa -una pipa, la mano derecha de un cristo de madera, un tenedor decimonónico, el fragmento de un huaco prehispánico-,  se transformaba entre sus largos dedos en algo intransferible, perfectamente singular. Coleccionaba también, claro, objetos redundantes, como un cáliz consagrado, una mitra arzobispal y hasta algo que parecía un báculo. Pero su tesoro más preciado era la llave de la catedral. La leyenda cuenta que Edmundo iba cada día a la plaza de armas a tomar sol, a pensar, a imaginar el fusilamiento de Felipe Santiago Salaverry, la asonada del 50, el idéntico tránsito peatonal de los hermanos Vargas. Se sentaba en una de las viejas bancas y dejaba pasar las horas vigilando, de cuando en cuando, el abaleado reloj de la torre de la catedral, mientras tomaba notas en su ajada libreta con tapa de cuero. En esas estaba cuando vio que el padre Coca-Cola, un sacerdote que no sobrepasaba el metro cincuenta y que se afanaba como sacristán, llegó hasta el gran portón del templo y, luego de trabajosa maniobra, consiguió abrirlo y desaparecer. Pero el ojo de águila de Edmundo notó algo. El diminuto clérigo había dejado la llave olvidada en la cerradura. No lo pensó dos veces y con sus largas piernas huesudas avanzó con rapidez. Su corazón, no más grande que el puño de su mano derecha, latió con inusitada violencia. Tal vez se contemplaba a sí mismo observando aquel objeto. Tal vez se asombraba por el extraño curso de los acontecimientos. Tal vez se preguntaba qué quería Dios. El asunto es que con un movimiento lleno de gracia arrancó la enorme llave del viejo portón y la escondió en el fondo de su largo gabán. Y se dirigió a su casa iluminado por una sonrisa gigantesca. Parecía haber olvidado incluso que no hay llave que abra el paraíso en este viejo valle de lágrimas.

La mejor imagen de la semana

  Mientras cantábamos villancicos el sistema solar se precipitaba a ochenta mil Kilómetros hacia el cúmulo Globular M13 de Hércules.