Somos una especie especialmente contradictoria. Durante siglos hemos creído —o hemos querido creer— que nuestra mente genera una representación más o menos fiel de la realidad y que los aciertos de esa representación dependen de nuestra inteligencia, mientras que los errores son solo el precio inevitable de nuestras limitaciones biológicas. Sin embargo, la evidencia acumulada en psicología cognitiva y neurociencia cuenta otra historia: nuestra interpretación de la realidad no busca revelar lo que es, sino alterarlo, maquillarlo, suavizarlo o directamente ocultarlo cuando resulta incómodo, amenazante o incompatible con la imagen que queremos mantener. Nuestra percepción no es espejo; es pincel.Proclamamos con orgullo que el gran proyecto humano es la búsqueda de la verdad. Pero, en los hechos, somos sistemáticos falsificadores. No perseguimos la verdad tanto como imponemos como “verdadera” una versión conveniente, editada y curada. Lo que en verdad perseguimos, con tenacidad algo bestia, es imponer como verdad una versión bordada por el ego, ese artífice insomne y voraz.
Una opinión no es una mera hipótesis ni una invitación al diálogo. Toda opinión es —en mayor o menor grado— un acto de colonización de la realidad, un avance territorial sobre el caos del ser. Simplifica lo complejo, redondea aristas, exagera lo que nos favorece y minimiza lo que nos contradice. El sesgo de confirmación, la disonancia que callamos, la racionalización que tejemos, el autoengaño que nos arrulla no son desperfectos del mecanismo; son sus resortes más finos, armas secretas al servicio de la meta más elevada: preservar el castillo de arena frente al oleaje de lo real.
Manipular la mirada —primero la propia, luego la ajena— no constituye un vicio ocasional; es una facultad humana nuclear inscrita en el centro mismo de nuestra relación con el mundo. Pero no se nos puede acusar de ser culpables de premeditación y alevosía. Nuestras malas artes son solo parte de la triste e irremediable naturaleza humana. En esa medida, señores miembros del jurado, espero se me conceda la ansiada clemencia plenaria.
