La estructura de la realidad ha comenzado a expulsar los restos del siglo XX. Los últimos bastiones flotan como barcos fantasma. Nuestras antiguas herramientas de navegación han quedado inservibles. El lenguaje que heredamos es ahora una patética interpretación simplificadora. La realidad se ha vuelto líquida, algorítmica, en franco desafío a lo antiguamente verosímil. La realidad se organiza en flujos de datos y en pantallas que deciden lo que existe y lo qué no merece nuestra atención. El poder ya no es una torre central que asediar; es una red invisible que se levanta sobre valores éticos que navegan la paradoja. Por ello, el autoritarismo ideológico y las otras lacras del espíritu no regresan con sus viejos uniformes, sino que mutan, infiltrándose a través de la fragmentación, la sensibilidad digital y la erosión de la verdad. Frente a este fenómeno, la repetición de viejas consignas es una terquedad que en la práctica se revela como una forma de rendición. La nueva era exige audacia creativa a la altura de este presente que tan velozmente se transforma en futuro. No se trata de retocar fachadas, sino de inventar una nueva caja de herramientas intelectuales que sea capaz de nombrar lo que todavía no tiene nombre. El experimentalismo de nuestros abuelos ahora es otra forma de retórica. El desafiante arte conceptual se ha diluído en ingenio, en marketing, en simple fraude. La poesía callejera, coloquial, de cantinera intensidad se ha ahogado en su vómito. Los malabaristas del lenguaje, con su presunta erudición y sus frases provocadoras, son ya sordos, ciegos, no dicen nada. Y es que solo abandonando las viejas certezas podremos habitar con dignidad la incertidumbre de este nuevo y salvaje mundo. Y aunque es cierto, estamos desconcertados y muy conscientes de nuestra insignificancia, nos queda apretar los dientes e intentar que algo de lucidez se abra paso. La manera de luchar ha cambiado, pero sigue siendo una misión urgida de heroísmo (Si nos liquidan y todo está perdido por lo menos será divertido que nuestras últimas palabras sean las tres palabras más hermosas: Te lo dije).
sábado, febrero 07, 2026
martes, octubre 15, 2024
¿Los árboles crecen hacia el cielo?
El título de la novela La vegetariana, de la escritora surcoreana Han Kang, puede resultar inexacto si lo consideramos en función del núcleo profundo de su trama. A primera vista, parece describir la decisión de su protagonista, Yeong-hye, de dejar de comer carne, un acto que ha sido interpretado por muchos críticos como un evidente rechazo al mundo voraz y violento en el que vivimos. No obstante, esta interpretación, al limitarse a la dimensión social, obvia el significado más radical de la novela. Lejos de ser solo una historia sobre la opción de una dieta verde, La vegetariana aborda un conflicto existencial: el deseo de la protagonista de dejar de ser ese específico individuo que su familia, la sociedad, el destino y hasta la biología le imponen.
Para comprender la verdadera profundidad de la obra de Han Kang, es importante analizar la evolución de Yeong-hye y cómo su decisión de renunciar a la carne es solo el primer paso de un proceso mucho más complejo de deshumanización. El vegetarianismo de la protagonista es un síntoma visible de un malestar profundo: una incomodidad existencial que la lleva a querer abandonar su humanidad, o al menos lo que socialmente entendemos por ser humano.
Por otra parte, a lo largo de la novela, Yeong-hye va distanciándose progresivamente del mundo que la rodea y de las expectativas que los demás tienen de ella. En este sentido, podemos comparar la obra de Kang con el famoso dilema planteado en Hamlet, de Shakespeare, donde se reflexiona sobre el "ser o no ser". Mientras Hamlet duda entre existir o no existir, entre la vida y la muerte, La vegetariana nos propone una variación más contemporánea y en cierto modo más turbadora: el deseo de la protagonista no es simplemente dejar de tener una existencia, sino dejar de ser una persona y, siguiendo esa ruta, pretende incluso abandonar para siempre el fastuoso reino animal. No es la muerte lo que busca Yeong-hye, sino una transformación, una metamorfosis dentro del universo de lo orgánico.
A medida que avanza la novela, queda claro que Yeong-hye no solo quiere dejar de comer carne sino que quiere dejar de apoderarse de la energía de otros seres vivos. En esa medida no renuncia únicamente a su lugar en la cadena alimentaria, sino que también rechaza su identidad biológica. Se rehúsa a seguir siendo alguien que, como cualquier otro animal, está obligado a devorar. Es entonces cuando su deseo de transformación la lleva hacia una alternativa más radical: la búsqueda de una nueva forma de vida, una modalidad diferente de estar viva.
Yeong-hye decide entonces dirigirse hacia el reino vegetal. Su deseo de convertirse en una planta puede parecer extraño, incluso absurdo, pero encierra un profundo simbolismo. Las plantas están enraizadas, inmóviles, en una relación pasiva con el entorno, obteniendo sus nutrientes de la tierra y el sol. Este anhelo de Yeong-hye por convertirse en una planta es, en última instancia, un intento de escapar de la extrema violencia inherente a la vida animal. Ella busca una forma de existencia pura, desapegada de cualquier vertiginosa dinámica.
En este sentido, La vegetariana puede considerarse parte de un género literario más amplio que podríamos denominar como "el género de los prófugos", aquellos personajes que, insatisfechos con su situación natural, pretenden huir de su propia condición en busca de algo que se ajuste mejor a su singularidad. En la literatura universal, podemos encontrar varios ejemplos de personajes que comparten este impulso. Desde Gregor Samsa, que se transforma en un insecto en La metamorfosis de Kafka, hasta el Bartleby de Herman Melville, que se niega a cumplir con las expectativas sociales y opta por un "preferiría no hacerlo". Estos personajes, como Yeong-hye, son prófugos de su propia naturaleza, seres que se sienten incómodos en el rol que les ha sido asignado y buscan una salida, aunque sea a través de una transformación extrema o una retirada radical de la vida social.
En el caso de La vegetariana, Yeong-hye se aparta cada vez más de su entorno, sus relaciones familiares se desintegran y su cuerpo se va desmoronando físicamente a medida que renuncia a las necesidades básicas de cualquier ser vivo. Sin embargo, este deterioro no debe entenderse como una simple autodestrucción. Más bien, es el resultado de su búsqueda en el horizonte de todo lo que palpita.
Al final, la novela de Han Kang nos confronta con preguntas difíciles sobre la condición humana y las posibilidades de escapar de ella. ¿Estamos, como Yeong-hye, condenados a un forcejeo eterno con nuestra naturaleza? ¿Nuestra naturaleza se extiende realmente mucho más allá de nuestro límites humanos? ¿Somos también lo que no somos? ¿Es esa discordancia que yace en lo hondo el principio de una enfermedad mental? La vegetariana es una obra profundamente filosófica que nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con el cuerpo, con el entorno y con las otras formas de vida que nos rodean, y lo hace de una manera intensa, inquietante con una prosa que nos atrapa, con una poesía que se alza entre las frases de trazo limpio.
martes, febrero 13, 2024
Inka Trail (Versión definitiva)
Me encantan las historias. Soy un lector asiduo. Mis primeras aventuras con la literatura ocurrieron a los 10 años, cuando empecé a escribir una novela titulada El capitán Tormenta. Mi intención era superar a Emilio Salgari, pero después de que las primeras ochenta páginas atrajeran la atención de un grupo de parientes, sufrí un repentino bloqueo de escritor que duró largos años. Durante mi extendida adolescencia, descubrí que si los galenos me hubieran atrapado, me habrían diagnosticado un llamativo caso de trastorno de atención. Eso evitaba que yo pudiera sostener la debida concentración para emprender proyectos de largo aliento. Por eso me dediqué a escribir poemas, porque las palabras surgían de pronto, casi como en el decimonoveno ataque de nervios. Nunca, sin embargo, abandoné la idea de escribir una novela. Y cuando durante la última década del siglo XX pronuncié en voz alta la famosa frase “ahora o nunca”, di el primer paso escribiendo una carta de renuncia a un trabajo en el que era casi imposible que me despidieran. Acto seguido, me largué a la ciudad del Cusco. Me gustaba ese sitio porque, por alguna razón, pensaba que allí recalaban todas las almas perdidas. Y fue así como escribí una historia desde el punto de vista del cantinero de uno de esos legendarios bares de la noche cusqueña.
Sé que hay escritores que escriben una obra maestra en pocos meses y luego se dedican a disfrutar de su relevancia. Por desgracia, yo no soy uno de esos. Escribo laboriosamente y tengo una prodigiosa tendencia a cometer errores graves. Por eso estoy obligado a corregir y corregir y corregir. Cuando terminé Inka Trail la envié inmediatamente al editor, mi viejo amigo Guillermo Cebrián. Pero la novela no estaba como tendría que estar. Y años después, alejado ya del mundanal ruido en las praderas de Texas, volví a la mesa de trabajo. Creo que ahora está mejor.
miércoles, enero 03, 2024
El asunto más importante
Cómo plantear la pregunta correctamente
Es lo que define toda una vida
Yo cometí un error
Todos los días he repetido
¿Quién soy yo?
Una y otra vez
Con los ojos cerrados
Con los brazos extendidos en directa paralela al horizonte
Pero ahora yo pregunto
You talkin' to me?
lunes, julio 18, 2022
Hacia el final del día
¿De parte de quién?
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