Un sujeto conduce un vehículo propulsado por un motor de 500 demonios de fuerza. A pocos metros, una escultora alza hacia el cielo su hermoso rostro en pleno vértigo de egocentrismo. Más allá, en la ventana de un alto edificio de oficinas, alguien permanece inclinado sobre una pantalla brillante. Todo parece formar parte de un fragmento cualquiera de la coreografía de la vida.
Nacer, crecer, multiplicarse. Ser, expandirse. Obedecemos la consigna con disciplina biológica. Entre tanto, escrutamos desde la capas superiores de la atmósfera la vida íntima de personas de interés, diseñamos hemisferios cerebrales sintéticos, hacemos el amor, redactamos ambiciosas constituciones, programamos algoritmos y hasta escribimos poemas febriles. También —con una frecuencia que solo públicamente no nos enorgullece— ejercitamos nuestros puños contra narices ajenas. (E incluso —increíblemente— descubrimos que la quietud es una forma más del movimiento).
Y sin embargo, en algún momento de la vida, surge la pregunta engendrando el desasosiego: ¿Para qué tanto afán? ¿Qué nos mueve? ¿Por qué hacemos lo que hacemos?
La respuesta corta es: el anhelo. Su forma más visible es el sexo —acompañado a veces por ese fenómeno tan celebrado y tan errático que llamamos amor—, pero el impulso del deseo —las terribles ganas de algo, las incontenibles ganas— adopta innumerables disfraces. Se presenta como ambición profesional, curiosidad científica, necesidad de reconocimiento o hambre de aventura. Cambia de máscara con facilidad, pero el mecanismo subyacente permanece.
Desde la perspectiva evolutiva, el asunto es relativamente claro. Como observó Charles Darwin, los organismos que sobreviven y se reproducen no son necesariamente los más fuertes ni los más inteligentes ni los más nobles, sino los más astutos, aquellos cuyas características resultan más eficaces para persistir en un entorno cambiante. El deseo —ese apetito obstinado — funciona como uno de los instrumentos más eficaces de ese proceso. Nos empuja a reproducirnos, a competir, a explorar, a darlo todo.
Visto así, el placer —la gratificación del deseo— no es el objetivo final sino el anzuelo. La naturaleza, que rara vez desperdicia recursos, paga nuestra cooperación con pinchazos de dopamina: el salario mínimo necesario para mantener la maquinaria en funcionamiento. Comer, conquistar, descubrir, reproducirse: cada acto exitoso viene acompañado por su correspondiente recompensa química. El mensaje es simple y eficaz: dale, sigue, continúa, insiste, permanece.
Sobre esa base elemental hemos construido algo asombrosamente complejo. Hemos inventado la ética, la poesía, la ciencia, la política. Hemos desarrollado la idea de dignidad, la noción de justicia, la pasión por la libertad. Nos emocionamos ante un concierto para piano, nos indignamos ante la injusticia, lo arriesgamos todo por principios perfectamente abstractos.
Y la pregunta inevitable es si todo ese edificio cultural es realmente algo distinto del deseo original o si, en el fondo, no es más que su versión refinada.
En el siglo XIX, Schopenhauer propuso una idea provocadora: la existencia es una cadena de deseos que, al cumplirse, dan solo alivios pasajeros y abren nuevos deseos, de modo que el dolor predomina sobre el placer. La vida es un negocio cuyos ingresos no cubren ni de lejos los gastos. Mucho después, en el terreno de la biología, Richard Dawkins reformuló el asunto con un lenguaje distinto: los seres vivos somos vehículos temporales que los genes utilizan para viajar a través de las generaciones, utilizando el laborioso procedimiento de la imperfecta replicación.
Si ambas intuiciones tienen algo de verdad, entonces incluso nuestras aspiraciones más nobles adquieren un matiz ligeramente inquietante. La necesidad de dejar huella, por ejemplo: ¿es realmente una búsqueda de significado o apenas una estrategia simbólica contra el olvido biológico? El amor por la libertad: ¿es un valor trascendente o simplemente el rechazo instintivo a cualquier fuerza que limite nuestros imprescindibles movimientos?
Las creaciones humanas son reales y poderosas y se alzan con cierta arrogancia por encima del lodo. Pero reconocer el posible origen de esos valores —ese viejo motor llamado deseo— introduce una grieta interesante en nuestra narrativa favorita. Porque entonces irrumpe otra posibilidad.
Quizá el famoso “sentido de la vida” no sea un objeto oculto esperando ser descubierto. Quizá no sea una respuesta escondida debajo de una piedra en algún lugar del universo, aguardando pacientemente a que una especie suficientemente astuta resuelva el maldito rompecabezas.
El ser humano, después de todo, es una criatura peculiar: un animal capaz de preguntarse por qué existe mientras continúa existiendo. Un organismo que, impulsado por un mecanismo biológico bastante antiguo, ha desarrollado al mismo tiempo una conciencia que examina ese mecanismo con franca suspicacia.
Al final del día, el sujeto que conduce el vehículo se estaciona en una zona altamente contaminada, la escultora sale a la noche con el rostro empapado, y el individuo inclinado sobre la pantalla brillante se incorpora y abre una ventana para contemplar a la vieja y malvada luna. Y mañana quizá, tal vez, alguno de ellos se levante anunciando que ha alcanzado alguna enloquecedora convicción que lo resolverá todo. Porque la maquinaria nunca se detiene.











