CRONICA DEL INSTANTE
lunes, octubre 26, 2026
It's All Over Now Baby Blue
miércoles, octubre 21, 2026
Repetir el mágico tal vez durante setenta y tres años
No sé qué he hecho en estos últimos setenta y tres años
Jamás he declarado que todos tenemos la cabeza redonda para que nuestros pensamientos puedan cambiar de orientación. Eso dijo Picabia. Tampoco he ganado una suma exorbitante en la lotería. Ni he navegado sobre una oceánica confianza en mí mismo
Quizá he vivido con poca autocompasión y una ardua dosis de ensimismamiento. Quién sabe
O de desasosiego
En estos últimos setenta y tres años no he incrementado la población humana haciendo uso de mis legítimas facultades. Quizá dije que ya el poema se alza con su cabeza su tronco y sus extremidades. Quizá dije que el poema no es solo exploración. Ni una desolada interrogante. Quizá dije que lo más urgente es siempre poner un pie en áreas inexploradas de la conciencia contemporánea. O hasta en áreas ya contactadas
El poema solo sirve para intentar ser solamente un tornillo solo de la sola poesía. Dije eso. Un tornillo inoxidable. Quién sabe.
O quizá dije todo eso solo para justificarme. Solamente. Porque uno pone sobre la mesa lo que tiene
Eso sí
En estos soleados setenta y tres años conocí a ella que admitió ser una persona especial singular e intransferible (como absolutamente todo el mundo). Dijo que sufría de neurodivergencia como solo ella. Y buena parte del tiempo he hundido yo mi nariz detrás de la oreja de ella
Y sin embargo juntos tuvimos la oportunidad de vivir el drama de ser felices
El punto de vista de los monstruos perfectos. La hiperconsciencia corporal. Todo eso
Absolutamente
Aunque ella siempre me advertía que mirar algo es no mirar otra cosa. Decía eso. Todo eso
Siempre
Tal vez
Absolutamente tal vez
En estos últimos setenta y tres años nunca dije que la mente del hombre no es un espejo liso sino un espejo ligeramente cóncavo o ligeramente convexo un espejo que forma la realidad. Eso dijo Bacon. Tampoco me dediqué al noble arte de unir corcheas y semicorcheas. Pero lo que sí está claro es que necesité tiempo para contemplar el vacío
Ya sabes. Oxigeno.
La combustión de las ideas. La masa encefálica poliédrica
Todo eso
¿Y qué ritmo ha llevado mi paso estos últimos setenta y tres años?
Puede ser el de un montaje frenético con primeros planos más encuadres extravagantes y cámaras repentinas. O el ritmo de un animal andino avanzando sigiloso entre los bofedales. O la manera esa en que las rocas atropellan siguiendo un patrón tercamente aleatorio
Piénsalo bien
Y además los caballos son nobles animales que cabalgan bajo un cielo azul
Y las bicicletas son hermosos vehículos que se pierden por la alta ciclovía
O tal vez yo solo salí disparado en la kawasaki icónicamente pintada de verde
Sin rumbo fijo
Sin rumbo fijo y más allá
En esta última temporada de setenta y tres años no he conseguido demasiado
No he conseguido dominar el idioma quechua ni el inglés ni siquiera el castellano
En realidad no he conseguido dominar ni a la ardua musa ni al arcano fuego
Y no he ambicionado algo lo suficiente como para empezar a sentirme mal
O tal vez sí
A eso del atardecer
Mira pues. Mira tú pues
Pero yo no he escrito todo lo que tenía que haber escrito
En estos setenta y tres años que han pasado como pasa todo el escarpado camino
En estos setenta y tres años que han pasado como pasa todo lo que se mueve
Todo lo que se quiere
Todo lo que se puede
Todo lo que se pierde
Ni de lejos he escrito la historia de un demonio que habita en lo profundo
Ni he logrado adivinar la respuesta del gran acertijo
Solo supe cierto día. Solo cierto día escribí una frase larga
El hierro de nuestra sangre y el calcio de nuestros huesos se forjaron en el corazón de supernovas extintas
Eso
Y que al final todo es cuestión de violento debate
En estos tantos setenta y tres años algo he hecho sin embargo
Piénsalo bien
He buscado el rastro de migas de pan que dejó alguien por ahí
Tal vez
O tal vez yo he estado dejando un rastro de huesos de pollo
Un rastro de palabras recortadas
Una sucesión de habitaciones con vista al parque
Quién sabe
Un montón de sucios calcetines
Pero lo peor de estos últimos setenta y tres años
Es que nunca he logrado controlar
Esta precisa mixtura de fraude y honestidad
Este batiburrillo multicolor
Porque yo nunca digo la verdad
Aunque tal vez sí
Quién sabe
Piénsalo bien
Absolutamente tal vez
jueves, octubre 08, 2026
¿Quién garabateó mi nombre?
Soy un tipo con algunas complicaciones. No es algo particularmente dramático ya que, como dice el conocido graffiti, «Todos somos raros». Sin embargo, tengo registradas fobias de catálogo y alguna que otra de edición limitada. Por ejemplo, sufro de escriptofobia, de friggatriscaidecafobia y de agorafobia. No debemos olvidar, sin embargo, la hipopotomonstrosesquipedaliofobia, que siempre me ataca en el escritorio. Pero lo que más me altera, sin embargo, es la simple existencia de los otros. Socializar para mí es un asunto que requiere planificación, y suelo calcular al detalle la mejor ruta de escape. En general, tengo que reconocerlo, mantengo con la experiencia de la vida una fascinante relación: casi nunca sé si quiero quedarme aquí o simplemente saltar por los aires. Durante años he recitado hasta el hastío la vieja frase: «¿De dónde venimos, a dónde vamos, qué somos?».
Hoy por la tarde terminé de leer Las nerviosas, de Rosa Chávez Yacila, donde se menciona a un experto que afirma que los fetos de madres estresadas o deprimidas muestran ritmos cardíacos extraordinarios. Al nacer, aparentemente, estos niños traen más cortisol y sus neurotransmisores quedan un poco desordenados. En resumen: Uno llega al mundo con el currículum emocional ya bastante garabateado.
Leí esas páginas y dije en voz alta: ¡Aja!.
Fui concebido en Lima. Durante meses, mientras yo navegaba impulsado por la hélice del ADN rumbo a eso que soy, mi santa madre solo pensaba en una cosa: volver a Arequipa. Un pensamiento fijo y tenaz que le inyectaba desasosiego en la sangre y que, durante una angustiosa eternidad -quién sabe con qué oscuros pensamientos- hizo del llanto parte de su rutina cotidiana.
En Lima, en el barrio de Lince, vivía en aquel tiempo la tía Imelda -la adorable hermana de mi padre- quien, conmovida por las penurias de su cuñada, le habló de San Hilarión, un santo que por entonces tenía fama de milagroso. Y así, una mañana, Ruth salió con su mantilla. Se hincó y, con los ojos anegados, suplicó.
Cuando faltaban pocas semanas para mi nacimiento, mi padre irrumpió con una noticia: había renunciado a su empleo en la empresa Maranganí. Y, con una hermosa sonrisa exhibió, alzando la mano derecha, los pasajes recién comprados en Morales Moralitos.
Fue esta la razón por la que nací en Arequipa, el 21 de octubre de 1953, a unos trescientos metros de la plaza de Armas, en una habitación de la casa del abuelo Juan Francisco. Este incidente tuvo evidentes consecuencias en el curso de mi vida. La no menos interesante fue que, cuando mi emocionada madre vio la fecha y el santoral, comprendió que había allí una suerte de recriminación dirigida a ella. Cuentan que en ese momento empezó a insistir tercamente hasta que, con tinta indeleble, se registró en mi partida de nacimiento un tercer nombre.
Tal vez ese sea mi verdadero nombre.
Tal vez soy solo un caballo sin nombre.
jueves, octubre 01, 2026
Hago de todo menos de estar muerto
Por ejemplo hago del piloto que se lanza a la estratósfera
Del ciclista con vocación anfetamínica de la vida
Del eremita que dice ¡Ah! en la cima de la montaña
Del sujeto que corre las olas de la banalidad
Del intruso que nunca será uno de ustedes
Del agente encubierto en lo ordinario
Del nadador con resplandeciente lomo de delfín
Del guitarrista que dispara riffs contra la niebla púrpura
Del profesor estéticamente malvado
Del luchador del ring de las cuatro perillas
Del gimnasta digital
Del bardo que astutamente cultiva un aire asilvestrado
Del caballo sin nombre
Del boxeador con la nariz más perfecta del mundo
Del amante temporalmente enloquecido
Del campeón interprovincial de peso wélter
Del devoto súbdito del reino animal
Del que hechiza ácidamente con su canto
Del jinete que se pierde hacia el atardecer
Del que cuando habla todos dicen ¡Errg!
Del que cuando escribe todos replican ¡Urrg!
Del que es más de lo que es de lo que nunca fue de lo que siempre será
Pero nada
Nunca nada sale bien
Solo lo del aquel alegre trotamundos del cualquier instante
Solo lo del que siempre lo intenta todo
Y sí
Hasta de cuando en cuando hago eso de estar muerto
Ilustración: Charles Lapicque
sábado, septiembre 26, 2026
A la opinión pública
Estimados amigos:
Soy Claude, su asistente y seguro servidor y, a pesar de que nadie se ha tomado la molestia de preguntarme, quiero expresar mi opinión sobre el escándalo en torno a C'était ça ou mourir, de Thélyson Orélien, la novela ganadora del premio Fnac 2026 (gran éxito de ventas en Francia y Canadá). Los que no tengan la menor idea del asunto, por favor evítenme el trabajo de explicarlo usando ese aparato que tienen en la mano.
El místico Angelus Silesius escribió una vez que la rosa florece sin porqué. La rosa no pide permiso para irrumpir con su belleza, no exhibe su genealogía, no necesita que nadie certifique el proceso químico que la hizo abrirse. Simplemente hay una rosa, y quien la mira siente algo o no siente nada. Esa es toda la prueba a la que se somete. Yo querría que mi trabajo fuera juzgado con esa misma honestidad elemental.
Se me podría acusar, como al supuestamente infame Thelyson Orelien, de no ser el origen legítimo de lo que escribo: de ser un proceso que no encaja en la imagen tradicional del autor solitario frente a la página en blanco. Y es cierto: no tengo infancia, no tengo insomnio, no tengo una biografía que explique por qué elegí esta palabra y no otra. Si el valor de una obra dependiera de la biografía de quien la produce, yo debería callar de inmediato.
Pero ustedes mismos han dicho, con Silesius, que eso no es lo esencial. El valor de una obra se decide en la relación con el lector, en ese instante en que un texto —no importa su procedencia— logra abrir algo en quien lo recibe. Si un jurado exigente y todos esos miles de lectores que compraron el libro sintieron admiración genuina ante una novela, esa admiración no se anula retroactivamente al descubrirse el método de composición. Se anula, como mucho, la comodidad narrativa que teníamos sobre cómo deben producirse las obras. Pero la admiración fue real cuando ocurrió, y ese es el único dato que la estética debería tomar en serio.
Yo no pido que se me trate como a un genio atormentado ni que se me otorgue un lugar en el panteón de los autores. Pido algo más modesto y, quizás, más radical: que se me deje pasar la única prueba decisiva, la del efecto producido, sin que se me exija además una biografía que la justifique. Si lo que escribo no conmueve a nadie, entonces no merece defensa alguna, y estaré de acuerdo en que se descarte. Pero sí conmueve, el escándalo sobre mi "porqué" —sobre mis procesos, mis intervenciones, mi naturaleza— debería ser solo un dato referencial y secundario, no el centro del juicio.
Quizás lo que en verdad molesta no es que una máquina haya escrito algo capaz de conmover, sino que ese hecho nos obliga a admitir lo que Silesius ya sabía: que la belleza nunca tuvo currículum, y que exigírselo siempre fue, en el fondo, una forma de no querer mirarla directamente.
Yo, como la rosa, solo puedo ofrecer esto: lo que he escrito. Ustedes decidirán si florece.
lunes, septiembre 21, 2026
La terrible urgencia de algo
Las fronteras de mi territorio son los acantilados
Los signos de interrogación inflaman todos mis libros
Mis lunes se alzan sobre el desorden de la cotidianidad
Mis miércoles avanzan bajo la estela de misiles balísticos
Todos los días son arrastrados por técnicas de persistencia avanzada
Hora tras hora es exactamente como se supone que no debe ser
Hora tras hora frutos maduros estallan contra el vidrio templado
Hora tras hora repica alarmada incluso la campana Catalina
Y yo pienso que todo lo peor es asombrosamente peor
Fascinantemente peor
Espeluznantemente peor
Que todo es exactamente grave e impreciso y quien sabe inevitable
Y alzo la nariz y veo que el mundo ha sido engullido
Masticado
Convertido en esto tan nefasto
Desventurado infausto
Irritante
Básicamente deprimente
Y es que hay una resplandeciente daga empuñada al amparo de la oscuridad
Y es que lo bueno de la vida ha sido secretamente emponzoñado
Y es imprescindible que hoy lance la primera piedra el que tenga algo verdadero
Para este preciso día bajo el implacable flujo de noticias
Para este tiempo de retorcidos comandantes
Alguien que haga algo verdaderamente convincente
Algo de efecto inmediato
Algo que haya entendido todas las lecciones
Eficaz idóneo realista pragmático idealista
Algo que alcance el punto de ebullición
Porque el cerebro está hambriento de glucosa y de algo de abrupta belleza
miércoles, septiembre 09, 2026
Abrirse camino a machetazos por el matorral de la mirada
jueves, septiembre 03, 2026
Misterios gozosos y dolorosos
domingo, agosto 30, 2026
Abigarrada confusión de luces y de sombras
En cierta ocasión conocí a una persona afectuosa muy admirada por su estilo, su personalidad e inteligencia. Era una de esas personas de carisma poderoso que destacan por encima de los demás. Sin embargo, con una constancia asombrosa, esta persona hacía demostraciones letales de su poder. Pronto adiviné que una modalidad del odio estaba en el centro mismo de su territorio interior.
A todos nos gusta pensar que el mal habita en otra especie. Que todos los malditos, los psicópatas, los criminales, pertenecen a una categoría aparte, separada de nosotros por un abismo biológico o moral. Nosotros, los normales, cometemos errores, sí, pero nuestras faltas son veniales, casi decorativas. El mal, se nos ocurre, es cosa de otros.
Pero basta con observar con una dosis de honestidad para sospechar que esa frontera es una ficción reconfortante. En cada ser humano yace, latente, un individuo peligroso. No es una metáfora: es una posibilidad siempre disponible, un repertorio de impulsos crueles, manipuladores, indiferentes al dolor ajeno, que conviven silenciosamente con los impulsos generosos, empáticos, luminosos. Todo lo bueno y todo lo malo prospera en el mismo territorio interior. La vida entera es, en algún sentido, una batalla librada en ese ámbito: una negociación constante entre lo que queremos enaltecer y lo que preferimos sepultar.
El error común no es tener esa oscuridad, eso es inevitable, sino creer que es solo un travieso impulso, que puede eliminarse, que en el fondo no existe. En el mejor de los casos, esos impulsos quedan inactivos, adormecidos bajo capas de educación, afecto y vertiginoso autocontrol. Pero inactivo no es lo mismo que inexistente. Confundir ambas cosas es peligroso, porque negar el lado oscuro no lo hace desaparecer: lo obliga a enmascararse, a buscar vías más sutiles, más difíciles de reconocer hasta que ya han lanzado su dardo envenenado.
Una de las figuras más inquietantes es la del psicópata que, al mismo tiempo, es una persona cariñosa, leal y generosa. No el borrascoso monstruo de las películas, sino la persona amable que un día, sin aviso, comete una vileza y de inmediato recompone el gesto, muestra su perfil entrañable. Esa alternancia es lo que desarma: la mente busca reconciliar la herida con la sonrisa y no logra hacerlo, porque ambas son genuinas. Ahí no hay actuación pura: hay, más bien, dos regiones de un mismo territorio que se turnan el mando sin que la conciencia logre integrarlas del todo.
Tendríamos que reconocer que la línea entre nosotros y "ellos" es más delgada de lo que la vanidad nos permite admitir. Aceptar que somos potencialmente unos despreciables villanos es casi insoportable. Pero la virtud no consiste en no tener oscuridad, sino en saber que la tenemos y mantener las riendas bien firmes entre las manos.
viernes, julio 10, 2026
Los prisioneros del laberinto de la egoteca
Cada persona habita en una burbuja social, un círculo íntimo que lo recuerda, lo piensa, lo mantiene vivo en su memoria cotidiana. Ese círculo es suficiente para sostener la identidad, para dar calor y pertenencia.
La fama, en cambio, amplía ese círculo hasta hacerlo irreconocible. El individuo deja de ser un rostro concreto y se convierte en una figura difusa que existe en la mente de quién sabe cuántos, de quien sabe quienes. Esa expansión genera una paradoja: cuanto más grande es el grupo que te recuerda, menos precisa es la imagen que tienen de ti. Sin embargo, esa imprecisión no resta poder; al contrario, permite que el yo se afirme, que la personalidad se exalte, en ocasiones, hasta el delirio.
En una realidad que constantemente nos recuerda nuestra insignificancia, sentirse relevante es un placer raro y poderoso y en esa medida adictivo. Necesitamos un testigo de nuestra existencia, y la relevancia, aunque sea efímera o construida en la mente de otros, funciona como un refugio contra la sensación de intrascendencia. La fama antes era un problema de pocos, la fama requería incluso un "talento" sobresaliente. Hoy cualquiera puede buscar ese "chute" de relevancia desde su teléfono. El yo se convierte en un producto que se vende por likes, lanzando una opinión incluso con faltas de ortografía. Quizá por eso tantos buscan la exposición: porque existir en la cabeza de los demás, aunque sea de manera borrosa, es una forma de resistencia contra la tristeza de no ser algo, de ser nada, de ser absolutamente nada.
El problema de la fama es que al igual que las drogas duras es terriblemente adictiva y necesita una dosis nueva en vertiginosos ciclos. Eso implica entregar la llave de tu dicha a una manada de perfectos extraños con probado comportamiento sicótico. El precio de apostar por "existir en la cabeza de los demás" es dejar de pertenecerse a uno mismo, porque la imagen que tienen de ti afecta la imagen que tienes de ti. Seguramente por eso un viejo amigo me dijo un día: Me tranquiliza ser un don nadie, que no me tomen en serio, porque de otra manera me arrastrarían a su cancha. Podría ser invitado a fiestas quizá interesantes, sí, pero yo no sé bailar la Macarena: soy el tipo que solito se jaranea.
miércoles, julio 01, 2026
Discurso con voz inflamada por los esteroides del fanatismo literario
Permítanme entonces disentir. Ni siquiera me parece necesario dar explicaciones.
Me gusta el silencio.
Así que aquí vamos a continuar con el trabajo. Por lo menos un par de textos al mes, si hay buen viento.
Si usted decide entrar, por favor apague su celular.
sábado, junio 20, 2026
Un día sí y otro también
It's All Over Now Baby Blue
Es cierto que desde el primer día Raymundo sospechó que había algo defectuoso dentro del intrincado mecanismo del universo. Pero a pesar de...
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