lunes, mayo 25, 2026

Todos Somos Gente


Por Oscar Malca, escritor invitado.

Es lo primero que llama la atención del viajero cuando llega a la selva: la manera en que suena. Una suerte de tenue, incesante orquestación que impregna el aire. Crepitaciones de insectos, follaje agitado por el viento, corrientes fluviales que serpentean siseando por los bordes de la tierra, alguna que otra criatura en fuga o caza y, en ciertos tramos, distantes voces humanas hablando en lenguas indescifrables para el foráneo. 

Desde mis más tempranas incursiones en territorios amazónicos, esa banda sonora es lo que solía clavarse en mi memoria. El recuerdo de cuando me embarqué a principios del 2000 en el puerto de Imacita, en Bagua, surcando el Marañón para llegar a Santa María de Nieva, donde pasaría una extraordinaria temporada de trabajo, suele ser avivado por el registro indeleble del sonido de la tierra, el traqueteo del bote y de súbitas algaradas de aleteos cortando el aire, conforme aparecían, en los linderos del río, fisonomías y densidades boscosas hasta entonces desconocidas para mí. 

Ninguna de mis anteriores incursiones en zonas y ciudades de la selva me había llevado jamás tan al norte, ni tan adentro. El trayecto que recorría la ruidosa embarcación que me trasladaba junto a mis dos acompañantes, tan limeñas y extrañas a la jungla como yo, me internaba en un continente nuevo presa de sensaciones en las que se fundían, en mudo asombro, una compacta apoteosis interior con la más rendida fascinación.

Y en la cacofonía low-fi que parecía escoltarnos, siempre el canto de las aves, a veces acotado por gorjeos intermitentes y otras por explosiones de chillidos, cual señales de alerta máxima. El célebre arranque de César Calvo en Las Tres Mitades de Ino Moxo me exime de cualquier descripción adicional de la intrincada marea sónica que resuena día y noche en la Amazonía. 

Murmullo inapagable

Justamente, a propósito de ese enjambre de sonidos que vibra en la floresta, debo agradecer que mi viejo amigo Íñigo Maneiro haya escogido ocuparse de las aves amazónicas como puerta de entrada al particular universo de la cultura awajún, en una tesis doctoral aterrizada finalmente en las páginas de un iluminador libro, Saber Escuchar el Canto. Aves y Humanos en el Pueblo Awajún (Fondo Editorial UNMSM)

Desde la Epopeya de Gilgamesh, donde los pájaros eran portadores de augurios y encarnación de deseos inquietantes, hasta ficciones paranoicas como las del cine de Alfred Hitchock, pasando, cómo no, por el Ícaro de la mitología griega, la fauna de las fábulas de Esopo, los seres alados que pueblan las Mil y Una Noches o la Biblia, los imaginarios de Occidente y Oriente están infestados de criaturas del aire, todas de distinta clase, significado y misión. 

Como escribe Pascal Quignard en su novela sobre Butes y las sirenas, en la filogénesis, en la historia de los animales, el canto imitado, el canto embaucador, el apelante, prearticula la fonación. 

De ahí que explorar el sentido atribuido a las aves y sus cantos sea más que oportuno para entender las complejas relaciones entre los pobladores de la selva norperuana y su entorno, la manera en que lograron, no dominarlo o explotarlo a su favor, sino descifrarlo y establecer metódica convivencia, atendiendo a los pájaros como eventuales emisarios de los espíritus invisibles que revolotean por el territorio donde nacieron, crecieron y crecerán sus hijos.

El awajún es uno de los pueblos originarios más numerosos de la Amazonía peruana. Y a través de las aves arraigaron una conexión con los animales, los ríos, el bosque, las plantas maestras y las visiones a que estas les permiten acceder. Las sonoridades de la abigarrada multitud de emplumados que cruzan el cielo o anidan en las espesuras del Alto Marañón son incontables. El solo hecho de verlos volar o crúzarselos, posados en el camino, ya guarda un significado medianamente puntual para estas comunidades humanas. 

En registros oficiales se cuentan unas 500 especies, pero, a juzgar por las tradiciones orales que comparten los pobladores, y de las que este libro toma nota, las variedades de aves podrían superar las 800 tranquilamente.

Con ese conocimiento diferenciado, que se transmite de familia en familia y generación tras generación, han logrado darle vuelta a necesidades y misterios del bosque, que van desde la caza o la pesca a la salud doméstica y hasta el cálculo de qué tan favorables o desfavorables pueden ser las condiciones para determinadas actividades, sean íntimas o abiertamente colectivas.

El libro incluye además un copioso registro de aves esenciales para el universo awajún, así como precisas ilustraciones del artista nativo Gerardo Petsaín alusivas a ritos y especies –aladas o no– significativas para esta cosmogonía. 

Una participación significativa, pues Petsaín es conocido además por la serie de estupendos cuadros donde se narran los luctuosos sucesos del así llamado “Baguazo” (2009), el levantamiento del pueblo awajún en defensa de su territorio contra la devastación ambiental a la que el gobierno de turno lo exponía, y la brutalidad de la respuesta policial que le siguió.

Primero lo vivido

Algunas de las ilustraciones constituyen registros virtualmente únicos de especies elusivas para los investigadores, avistadas o conocidas solo en esa región. Y es que cuando del dato técnico se pasa al testimonio recogido o a la experiencia propia, y de ahí a la elucidación de indicios junto con la confrontación de los escasos, pero valiosos, trabajos de campo que lo precedieron en el tema, la investigación cobra brío. 

Porque a la manera del buzo y profesor universitario Peter Godfrey-Smith en su estudio de la sensibilidad y el comportamiento de los pulpos, Íñigo consigue compaginar los aportes de la historia –y las ciencias sociales en conjunto– con su aprendizaje y aproximación personal, a menudo directamente empírica, fruto de un largo ejercicio como agrónomo en los territorios del Alto Marañón. 

Así, establece relaciones entre ciertos mitos de la zona y cómo entran éstos en contacto con la realidad para devenir letra viva, conocimiento y función práctica. De hecho, en las narrativas de este pueblo, el reino vegetal y el reino animal cuentan tanto como los seres humanos y entre ellos se encuentran tejiendo destinos permanentemente. 

El respeto por las presencias tangibles e intangibles que integran su mundo y configuran su cultura, expresado en ese “todos somos gente” –que podría considerarse el leit motiv del libro y que se extiende a la visión de casi todos los pueblos originarios en la Amazonía– se enlaza con las hipótesis desarrolladas por el naturalista Paul Shepard en sus ensayos sobre el pleistoceno y la manera en que los animales influyeron en el desarrollo de la inteligencia humana, en su lucha por la supervivencia, en sus sueños, en sus búsquedas de identidad y conexión.

Una idea expresada con claridad también por quien es hoy el pensador amazónico más original e influyente, el brasileño Ailton Krenak: “Todos nosotros ya fuimos algo más, antes de ser personas… Porque hubo gente que fue peces, hubo gente que fue árboles antes de imaginarse ser humanos… Por eso, cuando los pueblos originarios se refieren a un pueblo como ‘una nación que está de pie’ están haciendo una analogía con los árboles y las selvas. Pensando las selvas como entidades, vastos organismos inteligentes”.

Es a esa naturaleza viva, que interpela cotidianamente a quienes la habitan, a la que estas páginas nos trasladan. El conocimiento in situ, la identificación con la nación awajún quedan de manifiesto como vía inmejorable para adentrarse en su universo espiritual.

Esa compenetración, esa empatía de Íñigo con su tema –vasco de nacimiento, vivió 20 de los más de 30 años que lleva en el Perú en Condorcanqui, Alto Marañón– y los pobladores que le comparten sus conocimientos es patente. Y sin llegar al radicalismo de la antropóloga Nasstasja Martin en su inclasificable relato sobre la impronta animista en un pueblo aborigen del bosque siberiano, constituye un plus que enriquece el texto: la experiencia manda en su investigación y es lo que le permite cotejar, discernir significados y hasta ironizar sobre el trato sibilinamente peyorativo que las llamadas “etno-ciencias” le dan a este tipo de saberes heredados, que no pasan por el aro del racionalismo académico o el positivismo científico.

No obstante, igual estamos refiriéndonos a la cultura de un pueblo amazónico que desde hace decenios se encuentra bajo el asedio de sonidos menos gratos, como el de las motosierras de la tala indiscriminada y las dragas de la minería –sean legales o ilegales, la línea es difusa en ese extremo del Perú– así como del ominoso silencio del Estado, interrumpido solo a través de leyes destructivas como las que, por ejemplo, ha promulgado el Congreso en este último quinquenio. La llamada ‘ley antiforestal’ es la más emblemática, sí, pero no la única ni quizás la de peor calado. 

Y, en el caso específico de la mencionada Condorcanqui, provincia de la región de Amazonas, con niñas y mujeres mayoritariamente awajún y wampís que sobreviven como pueden a esta indiferencia selectiva: se cuentan más de 800 casos de violaciones a menores sin resolver en los últimos años. Las luchas de las madres y maestras de la zona por llevar a la justicia a los perpetradores son admirables por su persistencia y coraje, pese a la muy bisiesta respuesta de las autoridades.

Todo esto, en tiempos en que el floro de los “saberes ancestrales”, las “culturas amazónicas” o las “maravillas de la naturaleza”, resuena un día sí y otro también en los circuitos del arte y la moda limeña (‘¡al fin juntos!’, diría Sofocleto). 

Es que, así como en el último tercio del siglo pasado el tardohippismo pachamamero del hombre blanco –capitalino o extranjero– colonizó el Valle Sagrado del Cusco en busca de indulgencias presuntamente telúricas o ancestralistas a fuerza de metálico contante y sonante, el indiecito amazónico de postal y su imaginería, su arte, han comenzado a lucir regios en salones, galerías, pasarelas y museos de las clases altas de Lima, con sus orígenes o técnicas convertidas en pasaporte marketero al que cada avispado/a busca echar mano, a modo y provecho propio. 

Ahora que es trendy, se han hecho recurrentes las imágenes de damas y caballeros de distinguidos apellidos limeños fotografiándose con la artista aborigen de turno. Y pareciera que, cuando se les exhibe, mientras más aisladas estén sus obras de la realidad social que les dio origen, mucho mejor para quienes comercian con ellas en galerías o museos (a menudo pareciera que se aísla, incluso, en rebuscadas puestas en escena, una pieza de otra en una misma muestra, como si vistas en conjunto pudiese resultar peligroso).

Desaprensiones y aprendizajes

Sin lugar a dudas, está muy bien que se visibilice, que atraviese fronteras, el arte de Olinda Silvano, de Sara Flores, de Chonon Bensho, de Santiago y Rember Yahuarcani, como el de tantos talentos procedentes del oriente peruano. Pero como en su día advirtió la mexicana Marta Turok sobre los patrones en los rebozos indígenas de su país o, más recientemente, la ensayista Vanessa Rosales Altamar –y mucho antes, Ticio Escobar y Néstor García Canclini, entre otros– ronda también el peligro de la apropiación cultural, una línea muy delgada y debatible que, sin embargo, la ausencia de contexto tiende a convertir en campo minado, conceptual y éticamente hablando. 

Porque el contexto lo es todo en estos procesos creativos: se ve la obra, se le cuelga ahora en los salones de las élites criollas, pero –salvo alguna excepción– se omiten o minimizan los trasfondos colectivos, los dramas, la violencia y las carencias que se viven, no solo en el pueblo originario donde se generó, sino en casi toda la selva. Es, desde luego, como para profundizar en este desajuste y deliberada omisión/manipulación en los círculos de prestigio de estas élites, pero no es este el espacio para extenderse en el tema*.

En materia de diseño de indumentaria, en la moda, a su vez, aunque se han producido episodios vergonzosos y subsisten todavía prácticas grotescas de abuso y apropiación cultural, se están abriendo camino también marcas de éxito transparentes en sus cadenas de producción. Siendo costumbre enraizada desde antiguo, la relación asimétrica entre la mercadotecnia de las élites y el acervo creativo de las culturas aborígenes no es hoy ya tan generalizada: las excepciones se cuentan con los dedos de una mano todavía, pero son notorias y al ser merecidamente reconocidas, cabe esperar que sirvan de modelo a ambos extremos de la ecuación**.

De hecho, las amenazas con que convive la nación awajún no son tan distintas a las que se ciernen sobre el resto de los pueblos amazónicos. Este Congreso de la República que ya se marcha, repetimos, ni siquiera se ha interesado por integrar al país al Acuerdo de Escazú, un tratado internacional que compromete a los Estados firmantes a proteger a los defensores ambientales –en el Perú, los denominados Guardianes del Bosque– que luchan día a día, en desigualdad de condiciones, contra los avances de las fuerzas depredadoras de la tala indiscriminada, el monocultivo, el narcotráfico y la minería ilícita en la floresta amazónica.

Las promesas de los políticos se multiplican cada que se aproximan eventos electorales de cualquier magnitud, pero lo que se concreta en beneficio de los pobladores es minúsculo e irrisorio. Santiago Manuin (1956-2020), respetado líder histórico awajún, a quien Íñigo cita con acierto al reflexionar sobre el abandono en que viven estas comunidades, lo sintetizó en una frase lapidaria: “la selva es un cementerio de proyectos”.

En materia de servicios básicos, educación, salud, seguridad ciudadana, desde la lejana capital casi todo se promete y se comienza… y casi nada se termina. O se tuerce en el camino y termina convertido en un nuevo engendro a resistir, sea como infraestructura o como norma legal. Así se sobrevive en el Alto Marañón

Y llegado a esta línea, en dudosa calidad de coda, debo entrometer inevitablemente mi experiencia personal. 

Como mencioné al principio del texto, hace casi 26 años me embarqué en un viaje que trastocó mi vida en direcciones entonces impensables. La temporada que pasé viviendo al borde del río Nieva, en la hermosa casa sobre pilotes de Íñigo y María Luisa –construida mayormente a base de pona y yarina, troncos atados con la ubicua liana del tamshi, y donde los únicos clavos que se usaron fueron, creo, para la mesa del escriba limeño– me permitió acercarme al universo y la calidad humana del pueblo awajún, que tan divertidamente me acogió. 

Saber Escuchar el Canto introduce a sus lectores a una dimensión mágica, poco conocida, de estas comunidades, recordándonos la riqueza de culturas ajenas a Occidente, sin dejar de lado sus graves problemas. Y, por mi parte, me ha llevado a revisitar meandros y pliegues en el recuerdo de un viaje que desde entonces he continuado a través de lecturas, escritura, amistades, familia y, cómo no, Plantas Maestras. Atropellada por el “progreso”, esa casa ya no existe más. Leer este estupendo libro, sin embargo, me devuelto la resplandeciente claridad de días soleados quizás algo marchitos en la memoria, pero jamás diluidos en el olvido***.

Intactas, pues, detrás de los ojos, las historias de cuevas de sabrosos tayos y los encontronazos con murciélagos orilleros; la canoa con que aprendí a cruzar el río remando, en busca de combustible o intimidad; tucanes agoreros de plumaje brillante recortándose sobre el tupido verde de las copas arbóreas; coloridas culebras cruzando la siembra entre las piernas descubiertas de la afuerina; el viento que mece las sacuaras en los islotes fluviales, camino al Pongo; el jempe y la rojiza pucacunga, ocultos en la espesura, vigilando con atención a los humanos, como cualquier hijo de vecino, por si algún comportamiento extraño rasgara el tejido invisible de ese mundo que desaparece… población en guardia, que le dicen. 

Porque en territorio awajún es lo que se aprende de inmediato. Ni más ni menos: todos (todos) somos gente.

……

*Conviene aclarar, no obstante, que en la plástica local se han registrado valiosos trabajos conjuntos con artistas populares, en términos de horizontalidad, indagación social y aprendizaje mutuo, como se ha visto en las últimas muestras de Carolina Estrada (2023) y Herbert Rodríguez Huachín (2025), por citar dos experiencias notables. Amén, por supuesto, del medular aporte en la difusión del arte amazónico del grupo Bufeo, liderado por Christian Bendayán, desde Loreto.

**Las colecciones de diseñadoras como Alessandra Durand, Sadith Silvano y Anabel de la Cruz, las ferias o atavíos de Susan Wagner en Lima y, en Tarapoto, el titánico trabajo de Jane Artisans con el artesanado de distintas naciones amazónicas peruanas son ejemplos para destacar, replicar y seguir de cerca. 

***Escribe el poeta Rodolfo Hinostroza: Un cielo de azucenas / por todo lo perdido. Las amistades fieles por todo lo perdido, / las grandes mesas, los manteles largos y la cuchillería / por todo lo perdido. / La solidez del cuerpo por todo / lo perdido...


jueves, mayo 21, 2026

Estudiadamente sustanciales y perversamente frívolos


 El polvo bailaba en los rayos de luz que filtraba la persiana. Había libros por las esquinas formando torres tambaleantes, incluso uno de Taschen yacía abnegadamente bajo un gran jarro de café.

Julián estaba hundido en un sillón de cuero. Tenía el cabello de un color triste y oscuro, atado en una cola de caballo que delataba una predilección por las opciones progresistas. Sobre sus piernas, la laptop emitía un leve zumbido asmático.

Tecleaba con movimientos lentos. Pretendía escribir un ensayo sobre la ontología del chiste, esa historia corta diseñada para desencadenar una respiración explosiva. 

La puerta se abrió y entró Rebeca. Su melena oscura parecía una tormenta a punto de estallar.  

—¿Otra vez aquí? —soltó ella, mirando el trozo de sánguche sobre la alfombra—. Tienes un estudio al fondo del pasillo, Julián. Un cuarto entero solo para ti. ¿Por qué insistes en colonizar la sala?

Julián levantó la vista. Sus ojos, nublados por la miopía, se detuvieron en ella un segundo antes de volver a la pantalla.

—Ese cuarto es para el trabajo, Rebe —dijo con voz de barítono desgastado—. La sala es para la inspiración. Y la inspiración, como tú, suele ser altamente invasiva.

Ella no se inmutó. Se cruzó de brazos, haciendo que la seda de su blusa se tensara.

—Nos invitaron a una fiesta este sábado. Es en casa de Oliverio.

Julián soltó una risa seca.

—Ah, ese Oliverio. El eterno aspirante a todo. ¿Sigue creyendo que el mundo le debe una explicación o ya aceptó que solo es perfecto como imbécil?

—¿Y tú qué eres? ¿Un imbécil imperfecto?

Julián optó por ignorar lo que acababa de escuchar, aunque la idea se quedó flotando en su mente.

—La amabilidad es la virtud de los que no tienen nada que decir —sentenció, sin dejar de teclear—. Ese tipo tiene el carisma de un gurú de autoayuda.

Rebeca no respondió. Dio media vuelta y se dirigió a la cocina. Se oyó el fragor de los platos y el sonido metálico de los cubiertos chocando contra el granito. El ambiente en el departamento se volvió pesado. De pronto, el estallido de un plato quebró la tensión. 

—¡Tenemos que ir! —gritó ella desde la cocina, con la voz distorsionada por la rabia —. ¡Ya nunca vamos a ninguna parte! ¡Te pasas el día analizando huevadas mientras aquí nos estamos pudriendo! ¡Es un reencuentro! ¿No entiendes? ¡Van a ir todos! ¡Todos! ¡No los vemos hace siglos! 

Julián cerró la laptop a medias y se aclaró la garganta.

—Escucha esto —dijo, como si Rebeca no hubiese dicho nada, como si nada hubiera ocurrido, como si la escena empezase justo en ese momento—. Acabo de pulir el cierre del capítulo —Se entusiasmó—. Es el viejo chiste del bohemio. Un clásico. ¡Un verdadero clásico! —Julián miró hacia Rebeca como el director de orquesta mira a su público. Moduló la voz—: Un tipo se pasa la vida solo, de bar en bar, recorriendo las calles en una gran motocicleta. Un amigo le dice: "Búscate una buena mujer, forma una familia, sienta cabeza, porque cuando seas viejo y estés en tu lecho de muerte, vas a necesitar a alguien que te alcance un vaso de agua".

Hizo una pausa dramática. Rebeca reapareció en el umbral de la cocina, con una mano en la cadera.

—El tipo sigue el consejo —continuó Julián—. Se casa, tiene hijos, se compra un departamento en un edificio frente a la playa. Al final, está ahí, muriéndose en una cama rodeado de nietos. ¿Y sabes qué descubre?

—¿Qué? —preguntó ella con frialdad.

—Que no tiene sed.

Julián sonrió, satisfecho. Rebeca no movió ni un músculo. El silencio que siguió fue casi cósmico.

—Si quieres ir a ver a esos huevones, ve tú sola —soltó él, volviendo a abrir la laptop—. Algunos tenemos mejores cosas que hacer.

Rebeca le clavó una larga mirada. Parecía que iba a desaparecer, pero dio un paso adelante y dijo:

—¿Sabes lo que define a un perfecto imbécil?

Julián vaciló un instante. Tensó los músculos del cuello. 

—Estoy seguro que me lo vas a decir.

—El perfecto imbécil es el que no sabe que es un perfecto imbécil.

Ilustración: Giorgio de Chirico. El genio malvado de un rey.

viernes, mayo 15, 2026

Estimados ustedes


 Dice que ya está harto, que sufre mucho porque se siente un absoluto extraño, alguien que los demás consideran un alien.

—¿Y de qué planeta eres? —le pregunta ella, con cáustica ironía.

—Soy del planeta Tierra. Todos ustedes son los malditos invasores.

Ilustración: Alexander Calder. Planetas radiantes.

viernes, mayo 08, 2026

Preguntas en un Mustang clásico extremadamente rojo

¿Qué libro te gustaría que lancen al fondo de  tu ataúd?

¿Cuáles son los cinco días más importantes de tu existencia?

¿Si te hubieran consultado qué hubieras respondido cuando tus padres consideraron el aborto?

¿Qué significa ese espacio que ocupan tu cabeza tu tronco y tus extremidades? 

¿Cuáles son las personas que más han influido en tu vida?

¿Adónde quieres ir cuando quieres ir?

¿Cuál sería el último libro que leerías en tu vida?

¿Qué tema musical sería el último que escucharías?

¿Es una comedia un drama o una tragedia ser solamente lo que eres?

¿Cómo lanzarás el novísimo catálogo de encuadres tan trillados?

¿Y qué pasa si el vacío cósmico te hipnotiza?

¿Y si la agitación emocional desfigura tu proyecto personal?

¿Qué será del concepto mecánico de la experiencia?

¿Crees que existe una manera digna de adaptarse al péndulo esquizofrénico del canon?

¿Y qué si no logras convencer a nadie con esa prudente elegancia sin colores imprudentes?

¿Piensas alguna vez que la felicidad del plural es mejor que la del singular?

¿Cuando crees que no es mentira una mentira? 

¿Cuándo crees que una mentira es solo parte de una hermosa ficción imprescindible?

¿Qué te separa de esa persona que pasa frente a tu humilde morada?

¿Qué ocurre sí a la eternidad le sumas cinco minutos clavados?

¿Cuál de tus hemisferios se encenderá de pronto como un árbol de navidad?

¿Qué vas a hacer con esos pensamientos en permanente estado de rotación?

¿Crees que tu enfermedad fue siempre una obsesión ecuménica? 

¿Qué contiene tu próximo instante?

¿Por qué las cosas son así y no de otra manera?

¿Qué ves cuando estás con los ojos cerrados?

¿Por qué crees que la materia tiene tanta absurda masa?

¿Qué explica el comportamiento de las partículas que componen tu universo particular?

¿Qué podría salir mal si sigues vivo otro día más?

¿A dónde vas cuando estás locamente enamorado? 

¿Qué ocurre cuando te sumerges en el más absoluto plural?

¿Crees que amar es peligroso porque se corta bruscamente la cadena de frío?

¿A quién debes odiar con todo tu rojo corazón?

¿Crees que los hombres malos pueden hacer un mundo bueno?

¿Por qué dejarías todo aquello
 que tan trabajosamente has acumulado?

¿Por qué sale el brillante sol cada día?

¿Crees que supusieron un cambio de paradigma los labios carnosos en la cultura popular?

¿Por qué vivimos tan obsesionados con tener toda la razón?

¿Crees que tu mundo es más soleado que el mío?

¿Cuáles supones que son las virtudes del hombre común?

¿Qué piensas de mí en este preciso momento?

¿Cuál piensas que es el procedimiento para vaciar de significado a todas las palabras?

¿Quién te dijo que la vida consistía solo en correr caminar arrastrarse? 

¿Crees que debe solo el diablo tener todas las mejores tonadas?

¿Tus ojos contienen la luz del tonificante sol o la de la pérfida luna?

¿El tiempo es un premio o un agobiante castigo? 

¿Cuánto calculas que dura todo el tiempo cuando no eres feliz? 

¿Y lo interminable también puede ser todo lo fugaz? 

¿Cuánto dinero crees que es más que suficiente para salir adelante? 

¿En tu humilde opinión cuál debe ser la meta de un artista?

¿Piensas que este poema es una victoria o una absoluta derrota?

¿Cómo pasarías tus últimas 24 horas en este hermoso planeta?

¿Cuáles son las cosas que antes amabas y que ahora ya no soportas?

¿Cómo crees que se puede ser idealista cuando se tiene una mirada inevitablemente penetrante?

¿El futuro tiene que inventarse o deducirse de acontecimientos ya pasados?

¿Qué tal si los extraterrestres nos consideran como tribus no contactadas?

¿Tienes alguna idea de por qué hay algo en lugar de absolutamente nada? 

Ilustración: Howard Hodgkin. Bamboo.

viernes, mayo 01, 2026

Los soldados del silencio


 Un fascinante misterio es el escritor que escribe, pero uno mucho mayor es aquel que no escribe. Es cierto que, de una u otra manera, todos estamos condenados a la expresión; lo hacemos a través de los múltiples lenguajes que el cuerpo ofrece de manera natural. Se dice, por ejemplo, que en el fondo de los ojos yace un manuscrito que indica el sendero hacia el fondo del alma. Incluso es bien sabido que las comisuras caídas de una boca pueden ser un mensaje rabiosamente expresivo. Sin embargo es la nariz la que encierra el código inesperado: una guía central sobre asuntos que trascienden la belleza, un mensaje que ni los más avanzados criptógrafos logran descifrar, aunque su impacto sea verdaderamente abismal. 

Si hasta nuestra anatomía es un libro abierto que delata información urgente, ¿cómo entender entonces a esa tribu que llamamos «escritores»? A diferencia del resto, el escritor prefiere trabajar preferentemente sobre el artificio y las convenciones del lenguaje escrito, ese tejido gramatical creado íntegramente por el homosapiens. Algunos individuos se lanzan a la tarea de soltar opiniones y creaciones en miles de páginas, irritándonos o sorprendiéndonos con su flujo incesante. Otros, en cambio, dejan escapar apenas unos párrafos con esfuerzo agónico; textos que luego se aventuran en páginas y terminan alzándose, sudorosos, en forma de libros.

Y de pronto, se callan.

Es en ese vacío donde resuena la pregunta inevitable: ¿Esos malditos mudos qué nos ocultan, qué están siempre a punto de decir? ¿Qué es lo que nos esconden tras el muro de su impotencia? Y no sabemos si la tragedia está en que ellos no soportan el dolor de ya no poder escribir, o si lo verdaderamente trágico es que nosotros somos incapaces de descifrar el lenguaje del silencio. ¿Pero y si todos los que escribimos y escribimos solo somos peces agitándose frenéticamente fuera del agua? ¿Y qué si solo hay unas pocas palabras para decirlo todo? 

Ilustración: Vasily Kandinsky.


miércoles, abril 15, 2026

La coherencia entre el ojo y el fémur


 

Domiciliarse en la identidad 

Incuba alguna incongruencia 

Sentir que los demás 

Son una mutación (de uno mismo) 

Los demás 

Son un acto de rebeldía 

Contra la perfección (del 1) 

Yo 

(Potencialmente) 

Soy Los demás 

Cada partícula (del Nosotros)

Es (potencialmente)

Todos 

La diversidad 

No es más que ebullición 

(De lo humano) 

Este universo está repleto 

De (solo) un hombre y una mujer 

Irradiando ese infinito 

Todas las historias todos  los seres 

Forjados por la tensión

Entre lo centrífugo y lo centrípeto 


(de Plexo Solar)

domingo, abril 12, 2026

Formas divertidas de ser inmortal




1
En cierto sentido somos inmortales
Prácticamente inmortales
Relativamente inmortales
Algunas personas sugieren que solo somos un ente con miles de millones de cabezas
La esencia de ese ente está encerrada en una fórmula casi secreta 
Entonces 
Somos solo una suma de datos
Miles de millones de singularidades que navegan en el oleaje de las generaciones
Y el ente evoluciona
El ente se ajusta a las cambiantes circunstancias
A veces presenta una sonrisa 
A veces no
Y el ente vive a través de sus insignificantes personajes
Esos nosotros repletos de autobiografía
Y no existe el "ellos" no existe el "tú" 
Solo existe el "yo"
El "yo" es la forma egoísta del "nosotros"
El "yo" es solo un personaje de reparto en una obra que lleva millones de años en cartel
Y no importa si tú mueres 
El espectáculo continúa y tu personaje sigue ahí
Y —hasta donde puedo ver— esta es una manera de ser inmortal tan buena como cualquier otra

 2
Cada segundo es un cruce de caminos invisibles
Cada momento tiene tantas posibilidades
El que se lanza hacia adelante
El que pisa el jabón a la hora de ducharse
El que recibe la auténtica llamada
El que cuando dice no dice si
El que hunde el pie en alguna ciénaga 
El que conquista la vida cotidiana 
Todas las versiones están dispersas como naipes en la mesa de póker 
Hay un millón de variables de ser tú en los pliegues del tiempo
Hay amplios catálogos para toda tristeza
Y si tú pudieses navegar entre las posibilidades de ti mismo serías inmortal
Increíblemente inmortal
Inmortal como esos que no dejan de vivir ni un solo instante
Inmortal como el desasosiego 
Y solo tienes que encontrar la precisa llave de algún accesible multiverso
Y si la conciencia de ti mismo tiene un ruidoso motor a chorro ya estás en plena ruta
Porque hay suficiente territorio en el infinito para ser un auténtico inmortal

Advertencia: Uno de los versos fue extraído de un poema de José Ruiz Rosas. Para los adivinos.
Ilustración: Paul Klee. Barbarische Komposition. 1918

miércoles, abril 01, 2026

Chuck Facts


 Una cobra mordió a Chuck y, tras horas de horrible agonía, la serpiente murió. El universo no se expande: huye de Chuck. No existe la teoría de la evolución, solo las especies que Chuck permite vivir. Chuck no hace flexiones: empuja la Tierra hacia abajo. Chuck no lee libros: los mira fijamente hasta que confiesan todo lo que saben. Chuck no tiene reloj: él decide qué hora es. La única vez que Chuck se equivocó fue cuando pensó que había cometido un error.  Las lágrimas de Chuck curan el cáncer. Lástima que nunca haya llorado. Chuck ha contado hasta el infinito. Dos veces. Las leyendas viven para siempre. Chuck vivirá mucho más.
Ilustración: Howard Hodgkin.

sábado, marzo 21, 2026

Discurso 5 minutos antes del atardecer

Somos una especie especialmente deshonesta. Durante siglos hemos creído —o hemos querido creer— que nuestra mente genera una representación más o menos fiel de la realidad y que los aciertos de esa representación dependen de nuestra inteligencia, mientras que los errores son solo el precio inevitable de nuestras limitaciones biológicas. Sin embargo, la evidencia acumulada en psicología cognitiva y neurociencia cuenta otra historia: nuestra interpretación de la realidad no busca revelar lo que es, sino alterarlo, maquillarlo, suavizarlo o directamente ocultarlo cuando resulta incómodo, amenazante o incompatible con la imagen que queremos mantener. Nuestra percepción no es espejo; es pincel.Proclamamos con orgullo que el gran proyecto humano es la búsqueda de la verdad. Pero, en los hechos, somos sistemáticos falsificadores. No perseguimos la verdad tanto como imponemos como “verdadera” una versión conveniente, editada y curada. Lo que en verdad perseguimos, con tenacidad algo bestia, es imponer como verdad una versión bordada por el ego, ese artífice insomne y voraz.

Una opinión no es una mera hipótesis ni una invitación al diálogo. Toda opinión es —en mayor o menor grado— un acto de colonización de la realidad, un avance territorial sobre el caos del ser. Simplifica lo complejo, redondea aristas, exagera lo que nos favorece y minimiza lo que nos contradice. El sesgo de confirmación, la disonancia que callamos, la racionalización que tejemos, el autoengaño que nos arrulla no son desperfectos del mecanismo; son sus resortes más finos, armas secretas al servicio de la meta más elevada: preservar el castillo de arena frente al oleaje de lo real.

Manipular la mirada —primero la propia, luego la ajena— no constituye un vicio ocasional; es una facultad humana nuclear inscrita en el centro mismo de nuestra relación con el mundo. Pero no se nos puede acusar de ser culpables de premeditación y alevosía. Nuestras malas artes son solo parte de la triste e irremediable naturaleza humana. En esa medida, señores miembros del jurado, espero se me conceda la ansiada clemencia plenaria. 

Leer


 

martes, marzo 17, 2026

Situación de calle 1


Sin que yo preguntara, un viejo amigo me confesó que repetiría su voto de las últimas elecciones. Levantó la barbilla y clavó la mirada en un punto perdido sobre mi cabeza. “Volveré a votar por ese partido, aunque sé que es una mierda”, declaró. Luego se quejó de la lluvia, de los veranos arruinados. Al despedirnos, solo caía una fina garúa sobre la calle, el clima ideal para rumiar ideas. Empecé a repasar aforismos: “El que no aprende de sus errores está condenado a repetirlos”. Demasiado trillado, pensé; sería injusto usarlo contra alguien. Después recordé: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Casi, pero no. De pronto, la frase exacta me golpeó. Levanté los brazos y grité hacia la calle, donde mi amigo ya se perdía: “¡Quien en una piedra dos veces tropieza, merece romperse la maldita casposa!”.
Ilustración: Pablo Picasso.

domingo, marzo 08, 2026

Nunca sabrás la respuesta


Un sujeto conduce un vehículo propulsado por un motor de 500 demonios de fuerza. A pocos metros, una escultora alza hacia el cielo su hermoso rostro en pleno vértigo del egocentrismo. Más allá, en la ventana de un alto edificio de oficinas, alguien permanece inclinado sobre una pantalla brillante. Todo parece formar parte de un fragmento cualquiera de la coreografía de la vida.

Nacer, crecer, multiplicarse. Ser, expandirse. Obedecemos la consigna con disciplina biológica. Entre tanto, escrutamos desde la capas superiores de la atmósfera la vida íntima de personas de interés, diseñamos hemisferios cerebrales sintéticos, hacemos el amor, redactamos ambiciosas constituciones, programamos algoritmos y hasta escribimos poemas febriles. También —con una frecuencia que solo públicamente no nos enorgullece— ejercitamos nuestros puños contra narices ajenas. (E incluso —increíblemente— descubrimos que la quietud es una forma más del movimiento). 

Y sin embargo, en algún momento de la vida, surge la pregunta engendrando el desasosiego: ¿Para qué tanto afán? ¿Qué nos mueve? ¿Por qué hacemos lo que hacemos?

La respuesta corta es: el anhelo. Su forma más visible es el sexo —acompañado a veces por ese fenómeno tan celebrado y tan errático que llamamos amor—, pero el impulso del deseo —las terribles ganas de algo, las incontenibles ganas— adopta innumerables disfraces. Se presenta como ambición profesional, curiosidad científica, necesidad de reconocimiento o hambre de aventura. Cambia de máscara con facilidad, pero el mecanismo subyacente permanece.

Desde la perspectiva evolutiva, el asunto es relativamente claro. Como observó Charles Darwin, los organismos que sobreviven y se reproducen no son necesariamente los más fuertes ni los más inteligentes ni los más nobles, sino los más astutos, aquellos cuyas características resultan más eficaces para persistir en un entorno cambiante. El deseo —ese apetito obstinado — funciona como uno de los instrumentos más eficaces de ese proceso. Nos empuja a reproducirnos, a competir, a explorar, a darlo todo. 

Visto así, el placer —la gratificación del deseo— no es el objetivo final sino el anzuelo. La naturaleza, que rara vez desperdicia recursos, paga nuestra cooperación con pinchazos de dopamina: el salario mínimo necesario para mantener la maquinaria en funcionamiento. Comer, conquistar, descubrir, reproducirse: cada acto exitoso viene acompañado por su correspondiente recompensa química. El mensaje es simple y eficaz: dale, sigue, continúa, insiste, permanece.

Sobre esa base elemental hemos construido algo asombrosamente complejo. Hemos inventado la ética, la poesía, la ciencia, la política. Hemos desarrollado la idea de dignidad, la noción de justicia, la pasión por la libertad. Nos emocionamos ante un concierto para piano, nos indignamos ante la injusticia, lo arriesgamos todo por principios perfectamente abstractos.

Y la pregunta inevitable es si todo ese edificio cultural es realmente algo distinto del deseo original o si, en el fondo, no es más que su versión refinada.

En el siglo XIX, Schopenhauer propuso una idea provocadora: la existencia es una cadena de deseos que, al cumplirse, dan solo alivios pasajeros y abren nuevos deseos, de modo que el dolor predomina sobre el placer. La vida es un negocio cuyos ingresos no cubren ni de lejos los gastos. Mucho después, en el terreno de la biología, Richard Dawkins reformuló el asunto con un lenguaje distinto: los seres vivos somos vehículos temporales que los genes utilizan para viajar a través de las generaciones, utilizando el laborioso procedimiento de la imperfecta replicación.

Si ambas intuiciones tienen algo de verdad, entonces incluso nuestras aspiraciones más nobles adquieren un matiz ligeramente inquietante. La necesidad de dejar huella, por ejemplo: ¿es realmente una búsqueda de significado o apenas una estrategia simbólica contra el olvido biológico? El amor por la libertad: ¿es un valor trascendente o simplemente el rechazo instintivo a cualquier fuerza que limite nuestros imprescindibles movimientos?

Las creaciones humanas son reales y poderosas y se alzan con cierta arrogancia por encima del lodo. Pero reconocer el posible origen de esos valores —ese viejo motor llamado deseo— introduce una grieta interesante en nuestra narrativa favorita. Porque entonces irrumpe otra posibilidad.

Quizá el famoso “sentido de la vida” no sea un oculto cubo radiante esperando ser descubierto. Quizá no sea una respuesta escondida debajo de una piedra en algún lugar del universo, aguardando pacientemente a que una especie suficientemente astuta resuelva el maldito rompecabezas.

El ser humano, después de todo, es una criatura peculiar: un animal capaz de preguntarse por qué existe mientras continúa existiendo. Un organismo que, impulsado por un mecanismo biológico bastante antiguo, ha desarrollado al mismo tiempo una conciencia que examina ese mecanismo con franca suspicacia.

Al final del día, el sujeto que conduce el vehículo se estaciona en una zona altamente contaminada, la escultora sale a la noche con el rostro empapado, y el individuo inclinado sobre la pantalla brillante se incorpora y abre una ventana para contemplar a la vieja y malvada luna. Y  mañana quizá, tal vez, alguno de ellos se levante anunciando que ha alcanzado alguna enloquecedora convicción que lo resolverá todo. Porque la maquinaria nunca se detiene.

Ilustración: Piero Quijano.

lunes, marzo 02, 2026

Una quena en el Perú


Juan Cruz: ¿Y como ser humano qué le parecía Cortázar? 

Juan Carlos Onetti: acá entramos en un problema… él siempre se mostró como un hombre muy humilde, muy desinteresado, pero no era nada de eso… era de una vanidad tremenda y lo muestra la polémica que tuvo con mi amigo peruano José María Arguedas, el autor de Los Ríos Profundos… (...) En una declaración Arguedas elogió el talento de Cortázar, pero lamentaba que este no se preocupara por la gente pobre, sobre todo por los indígenas de Latinoamérica. Y Cortázar le contestó de una manera muy desagradable para mí, diciéndole: “usted está tocando una quena en el Perú y yo dirijo una orquesta sinfónica en París…” es una grosería, sobre todo conociendo a este peruano, que era uno de los hombres más dulces que he conocido. ¿Y qué fue lo que le dijo a Cortázar? No era ofensivo, era como una invitación a que lo hiciera, aquello fue una miseria… (Juan Cruz. Entrevistas. Secreto y Pasión de la Literatura. Tusquets Editores S.A. 2025)

Todos Somos Gente

Por Oscar Malca, escritor invitado. Es lo primero que llama la atención del viajero cuando llega a la selva: la manera en que suena. Una sue...