Es lo primero que llama la atención del viajero cuando llega a la selva: la manera en que suena. Una suerte de tenue, incesante orquestación que impregna el aire. Crepitaciones de insectos, follaje agitado por el viento, corrientes fluviales que serpentean siseando por los bordes de la tierra, alguna que otra criatura en fuga o caza y, en ciertos tramos, distantes voces humanas hablando en lenguas indescifrables para el foráneo.
Desde mis más tempranas incursiones en territorios amazónicos, esa banda sonora es lo que solía clavarse en mi memoria. El recuerdo de cuando me embarqué a principios del 2000 en el puerto de Imacita, en Bagua, surcando el Marañón para llegar a Santa María de Nieva, donde pasaría una extraordinaria temporada de trabajo, suele ser avivado por el registro indeleble del sonido de la tierra, el traqueteo del bote y de súbitas algaradas de aleteos cortando el aire, conforme aparecían, en los linderos del río, fisonomías y densidades boscosas hasta entonces desconocidas para mí.
Ninguna de mis anteriores incursiones en zonas y ciudades de la selva me había llevado jamás tan al norte, ni tan adentro. El trayecto que recorría la ruidosa embarcación que me trasladaba junto a mis dos acompañantes, tan limeñas y extrañas a la jungla como yo, me internaba en un continente nuevo presa de sensaciones en las que se fundían, en mudo asombro, una compacta apoteosis interior con la más rendida fascinación.
Y en la cacofonía low-fi que parecía escoltarnos, siempre el canto de las aves, a veces acotado por gorjeos intermitentes y otras por explosiones de chillidos, cual señales de alerta máxima. El célebre arranque de César Calvo en Las Tres Mitades de Ino Moxo me exime de cualquier descripción adicional de la intrincada marea sónica que resuena día y noche en la Amazonía.
Murmullo inapagable
Justamente, a propósito de ese enjambre de sonidos que vibra en la floresta, debo agradecer que mi viejo amigo Íñigo Maneiro haya escogido ocuparse de las aves amazónicas como puerta de entrada al particular universo de la cultura awajún, en una tesis doctoral aterrizada finalmente en las páginas de un iluminador libro, Saber Escuchar el Canto. Aves y Humanos en el Pueblo Awajún (Fondo Editorial UNMSM)
Desde la Epopeya de Gilgamesh, donde los pájaros eran portadores de augurios y encarnación de deseos inquietantes, hasta ficciones paranoicas como las del cine de Alfred Hitchock, pasando, cómo no, por el Ícaro de la mitología griega, la fauna de las fábulas de Esopo, los seres alados que pueblan las Mil y Una Noches o la Biblia, los imaginarios de Occidente y Oriente están infestados de criaturas del aire, todas de distinta clase, significado y misión.
Como escribe Pascal Quignard en su novela sobre Butes y las sirenas, en la filogénesis, en la historia de los animales, el canto imitado, el canto embaucador, el apelante, prearticula la fonación.
De ahí que explorar el sentido atribuido a las aves y sus cantos sea más que oportuno para entender las complejas relaciones entre los pobladores de la selva norperuana y su entorno, la manera en que lograron, no dominarlo o explotarlo a su favor, sino descifrarlo y establecer metódica convivencia, atendiendo a los pájaros como eventuales emisarios de los espíritus invisibles que revolotean por el territorio donde nacieron, crecieron y crecerán sus hijos.
El awajún es uno de los pueblos originarios más numerosos de la Amazonía peruana. Y a través de las aves arraigaron una conexión con los animales, los ríos, el bosque, las plantas maestras y las visiones a que estas les permiten acceder. Las sonoridades de la abigarrada multitud de emplumados que cruzan el cielo o anidan en las espesuras del Alto Marañón son incontables. El solo hecho de verlos volar o crúzarselos, posados en el camino, ya guarda un significado medianamente puntual para estas comunidades humanas.
En registros oficiales se cuentan unas 500 especies, pero, a juzgar por las tradiciones orales que comparten los pobladores, y de las que este libro toma nota, las variedades de aves podrían superar las 800 tranquilamente.
Con ese conocimiento diferenciado, que se transmite de familia en familia y generación tras generación, han logrado darle vuelta a necesidades y misterios del bosque, que van desde la caza o la pesca a la salud doméstica y hasta el cálculo de qué tan favorables o desfavorables pueden ser las condiciones para determinadas actividades, sean íntimas o abiertamente colectivas.
El libro incluye además un copioso registro de aves esenciales para el universo awajún, así como precisas ilustraciones del artista nativo Gerardo Petsaín alusivas a ritos y especies –aladas o no– significativas para esta cosmogonía.
Una participación significativa, pues Petsaín es conocido además por la serie de estupendos cuadros donde se narran los luctuosos sucesos del así llamado “Baguazo” (2009), el levantamiento del pueblo awajún en defensa de su territorio contra la devastación ambiental a la que el gobierno de turno lo exponía, y la brutalidad de la respuesta policial que le siguió.
Primero lo vivido
Algunas de las ilustraciones constituyen registros virtualmente únicos de especies elusivas para los investigadores, avistadas o conocidas solo en esa región. Y es que cuando del dato técnico se pasa al testimonio recogido o a la experiencia propia, y de ahí a la elucidación de indicios junto con la confrontación de los escasos, pero valiosos, trabajos de campo que lo precedieron en el tema, la investigación cobra brío.
Porque a la manera del buzo y profesor universitario Peter Godfrey-Smith en su estudio de la sensibilidad y el comportamiento de los pulpos, Íñigo consigue compaginar los aportes de la historia –y las ciencias sociales en conjunto– con su aprendizaje y aproximación personal, a menudo directamente empírica, fruto de un largo ejercicio como agrónomo en los territorios del Alto Marañón.
Así, establece relaciones entre ciertos mitos de la zona y cómo entran éstos en contacto con la realidad para devenir letra viva, conocimiento y función práctica. De hecho, en las narrativas de este pueblo, el reino vegetal y el reino animal cuentan tanto como los seres humanos y entre ellos se encuentran tejiendo destinos permanentemente.
El respeto por las presencias tangibles e intangibles que integran su mundo y configuran su cultura, expresado en ese “todos somos gente” –que podría considerarse el leit motiv del libro y que se extiende a la visión de casi todos los pueblos originarios en la Amazonía– se enlaza con las hipótesis desarrolladas por el naturalista Paul Shepard en sus ensayos sobre el pleistoceno y la manera en que los animales influyeron en el desarrollo de la inteligencia humana, en su lucha por la supervivencia, en sus sueños, en sus búsquedas de identidad y conexión.
Una idea expresada con claridad también por quien es hoy el pensador amazónico más original e influyente, el brasileño Ailton Krenak: “Todos nosotros ya fuimos algo más, antes de ser personas… Porque hubo gente que fue peces, hubo gente que fue árboles antes de imaginarse ser humanos… Por eso, cuando los pueblos originarios se refieren a un pueblo como ‘una nación que está de pie’ están haciendo una analogía con los árboles y las selvas. Pensando las selvas como entidades, vastos organismos inteligentes”.
Es a esa naturaleza viva, que interpela cotidianamente a quienes la habitan, a la que estas páginas nos trasladan. El conocimiento in situ, la identificación con la nación awajún quedan de manifiesto como vía inmejorable para adentrarse en su universo espiritual.
Esa compenetración, esa empatía de Íñigo con su tema –vasco de nacimiento, vivió 20 de los más de 30 años que lleva en el Perú en Condorcanqui, Alto Marañón– y los pobladores que le comparten sus conocimientos es patente. Y sin llegar al radicalismo de la antropóloga Nasstasja Martin en su inclasificable relato sobre la impronta animista en un pueblo aborigen del bosque siberiano, constituye un plus que enriquece el texto: la experiencia manda en su investigación y es lo que le permite cotejar, discernir significados y hasta ironizar sobre el trato sibilinamente peyorativo que las llamadas “etno-ciencias” le dan a este tipo de saberes heredados, que no pasan por el aro del racionalismo académico o el positivismo científico.
No obstante, igual estamos refiriéndonos a la cultura de un pueblo amazónico que desde hace decenios se encuentra bajo el asedio de sonidos menos gratos, como el de las motosierras de la tala indiscriminada y las dragas de la minería –sean legales o ilegales, la línea es difusa en ese extremo del Perú– así como del ominoso silencio del Estado, interrumpido solo a través de leyes destructivas como las que, por ejemplo, ha promulgado el Congreso en este último quinquenio. La llamada ‘ley antiforestal’ es la más emblemática, sí, pero no la única ni quizás la de peor calado.
Y, en el caso específico de la mencionada Condorcanqui, provincia de la región de Amazonas, con niñas y mujeres mayoritariamente awajún y wampís que sobreviven como pueden a esta indiferencia selectiva: se cuentan más de 800 casos de violaciones a menores sin resolver en los últimos años. Las luchas de las madres y maestras de la zona por llevar a la justicia a los perpetradores son admirables por su persistencia y coraje, pese a la muy bisiesta respuesta de las autoridades.
Todo esto, en tiempos en que el floro de los “saberes ancestrales”, las “culturas amazónicas” o las “maravillas de la naturaleza”, resuena un día sí y otro también en los circuitos del arte y la moda limeña (‘¡al fin juntos!’, diría Sofocleto).
Es que, así como en el último tercio del siglo pasado el tardohippismo pachamamero del hombre blanco –capitalino o extranjero– colonizó el Valle Sagrado del Cusco en busca de indulgencias presuntamente telúricas o ancestralistas a fuerza de metálico contante y sonante, el indiecito amazónico de postal y su imaginería, su arte, han comenzado a lucir regios en salones, galerías, pasarelas y museos de las clases altas de Lima, con sus orígenes o técnicas convertidas en pasaporte marketero al que cada avispado/a busca echar mano, a modo y provecho propio.
Ahora que es trendy, se han hecho recurrentes las imágenes de damas y caballeros de distinguidos apellidos limeños fotografiándose con la artista aborigen de turno. Y pareciera que, cuando se les exhibe, mientras más aisladas estén sus obras de la realidad social que les dio origen, mucho mejor para quienes comercian con ellas en galerías o museos (a menudo pareciera que se aísla, incluso, en rebuscadas puestas en escena, una pieza de otra en una misma muestra, como si vistas en conjunto pudiese resultar peligroso).
Desaprensiones y aprendizajes
Sin lugar a dudas, está muy bien que se visibilice, que atraviese fronteras, el arte de Olinda Silvano, de Sara Flores, de Chonon Bensho, de Santiago y Rember Yahuarcani, como el de tantos talentos procedentes del oriente peruano. Pero como en su día advirtió la mexicana Marta Turok sobre los patrones en los rebozos indígenas de su país o, más recientemente, la ensayista Vanessa Rosales Altamar –y mucho antes, Ticio Escobar y Néstor García Canclini, entre otros– ronda también el peligro de la apropiación cultural, una línea muy delgada y debatible que, sin embargo, la ausencia de contexto tiende a convertir en campo minado, conceptual y éticamente hablando.
Porque el contexto lo es todo en estos procesos creativos: se ve la obra, se le cuelga ahora en los salones de las élites criollas, pero –salvo alguna excepción– se omiten o minimizan los trasfondos colectivos, los dramas, la violencia y las carencias que se viven, no solo en el pueblo originario donde se generó, sino en casi toda la selva. Es, desde luego, como para profundizar en este desajuste y deliberada omisión/manipulación en los círculos de prestigio de estas élites, pero no es este el espacio para extenderse en el tema*.
En materia de diseño de indumentaria, en la moda, a su vez, aunque se han producido episodios vergonzosos y subsisten todavía prácticas grotescas de abuso y apropiación cultural, se están abriendo camino también marcas de éxito transparentes en sus cadenas de producción. Siendo costumbre enraizada desde antiguo, la relación asimétrica entre la mercadotecnia de las élites y el acervo creativo de las culturas aborígenes no es hoy ya tan generalizada: las excepciones se cuentan con los dedos de una mano todavía, pero son notorias y al ser merecidamente reconocidas, cabe esperar que sirvan de modelo a ambos extremos de la ecuación**.
De hecho, las amenazas con que convive la nación awajún no son tan distintas a las que se ciernen sobre el resto de los pueblos amazónicos. Este Congreso de la República que ya se marcha, repetimos, ni siquiera se ha interesado por integrar al país al Acuerdo de Escazú, un tratado internacional que compromete a los Estados firmantes a proteger a los defensores ambientales –en el Perú, los denominados Guardianes del Bosque– que luchan día a día, en desigualdad de condiciones, contra los avances de las fuerzas depredadoras de la tala indiscriminada, el monocultivo, el narcotráfico y la minería ilícita en la floresta amazónica.
Las promesas de los políticos se multiplican cada que se aproximan eventos electorales de cualquier magnitud, pero lo que se concreta en beneficio de los pobladores es minúsculo e irrisorio. Santiago Manuin (1956-2020), respetado líder histórico awajún, a quien Íñigo cita con acierto al reflexionar sobre el abandono en que viven estas comunidades, lo sintetizó en una frase lapidaria: “la selva es un cementerio de proyectos”.
En materia de servicios básicos, educación, salud, seguridad ciudadana, desde la lejana capital casi todo se promete y se comienza… y casi nada se termina. O se tuerce en el camino y termina convertido en un nuevo engendro a resistir, sea como infraestructura o como norma legal. Así se sobrevive en el Alto Marañón
Y llegado a esta línea, en dudosa calidad de coda, debo entrometer inevitablemente mi experiencia personal.
Como mencioné al principio del texto, hace casi 26 años me embarqué en un viaje que trastocó mi vida en direcciones entonces impensables. La temporada que pasé viviendo al borde del río Nieva, en la hermosa casa sobre pilotes de Íñigo y María Luisa –construida mayormente a base de pona y yarina, troncos atados con la ubicua liana del tamshi, y donde los únicos clavos que se usaron fueron, creo, para la mesa del escriba limeño– me permitió acercarme al universo y la calidad humana del pueblo awajún, que tan divertidamente me acogió.
Saber Escuchar el Canto introduce a sus lectores a una dimensión mágica, poco conocida, de estas comunidades, recordándonos la riqueza de culturas ajenas a Occidente, sin dejar de lado sus graves problemas. Y, por mi parte, me ha llevado a revisitar meandros y pliegues en el recuerdo de un viaje que desde entonces he continuado a través de lecturas, escritura, amistades, familia y, cómo no, Plantas Maestras. Atropellada por el “progreso”, esa casa ya no existe más. Leer este estupendo libro, sin embargo, me devuelto la resplandeciente claridad de días soleados quizás algo marchitos en la memoria, pero jamás diluidos en el olvido***.
Intactas, pues, detrás de los ojos, las historias de cuevas de sabrosos tayos y los encontronazos con murciélagos orilleros; la canoa con que aprendí a cruzar el río remando, en busca de combustible o intimidad; tucanes agoreros de plumaje brillante recortándose sobre el tupido verde de las copas arbóreas; coloridas culebras cruzando la siembra entre las piernas descubiertas de la afuerina; el viento que mece las sacuaras en los islotes fluviales, camino al Pongo; el jempe y la rojiza pucacunga, ocultos en la espesura, vigilando con atención a los humanos, como cualquier hijo de vecino, por si algún comportamiento extraño rasgara el tejido invisible de ese mundo que desaparece… población en guardia, que le dicen.
Porque en territorio awajún es lo que se aprende de inmediato. Ni más ni menos: todos (todos) somos gente.
……
*Conviene aclarar, no obstante, que en la plástica local se han registrado valiosos trabajos conjuntos con artistas populares, en términos de horizontalidad, indagación social y aprendizaje mutuo, como se ha visto en las últimas muestras de Carolina Estrada (2023) y Herbert Rodríguez Huachín (2025), por citar dos experiencias notables. Amén, por supuesto, del medular aporte en la difusión del arte amazónico del grupo Bufeo, liderado por Christian Bendayán, desde Loreto.
**Las colecciones de diseñadoras como Alessandra Durand, Sadith Silvano y Anabel de la Cruz, las ferias o atavíos de Susan Wagner en Lima y, en Tarapoto, el titánico trabajo de Jane Artisans con el artesanado de distintas naciones amazónicas peruanas son ejemplos para destacar, replicar y seguir de cerca.
***Escribe el poeta Rodolfo Hinostroza: Un cielo de azucenas / por todo lo perdido. Las amistades fieles por todo lo perdido, / las grandes mesas, los manteles largos y la cuchillería / por todo lo perdido. / La solidez del cuerpo por todo / lo perdido...

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