Julián estaba hundido en un sillón de cuero. Tenía el cabello de un color triste y oscuro, atado en una cola de caballo que delataba una predilección por las opciones progresistas. Sobre sus piernas, la laptop emitía un leve zumbido asmático.
Tecleaba con movimientos lentos. Pretendía escribir un ensayo sobre la ontología del chiste, esa historia corta diseñada para desencadenar una respiración explosiva.
La puerta se abrió y entró Rebeca. Su melena oscura parecía una tormenta a punto de estallar.
—¿Otra vez aquí? —soltó ella, mirando el trozo de sánguche sobre la alfombra—. Tienes un estudio al fondo del pasillo, Julián. Un cuarto entero solo para ti. ¿Por qué insistes en colonizar la sala?
Julián levantó la vista. Sus ojos, nublados por la miopía, se detuvieron en ella un segundo antes de volver a la pantalla.
—Ese cuarto es para el trabajo, Rebe —dijo con voz de barítono desgastado—. La sala es para la inspiración. Y la inspiración, como tú, suele ser altamente invasiva.
Ella no se inmutó. Se cruzó de brazos, haciendo que la seda de su blusa se tensara.
—Nos invitaron a una fiesta este sábado. Es en casa de Oliverio.
Julián soltó una risa seca.
—Ah, ese Oliverio. El eterno aspirante a todo. ¿Sigue creyendo que el mundo le debe una explicación o ya aceptó que solo es perfecto como imbécil?
—¿Y tú qué eres? ¿Un imbécil imperfecto?
Julián optó por ignorar lo que acababa de escuchar, aunque la idea se quedó flotando en su mente.
—La amabilidad es la virtud de los que no tienen nada que decir —sentenció, sin dejar de teclear—. Ese tipo tiene el carisma de un gurú de autoayuda.
Rebeca no respondió. Dio media vuelta y se dirigió a la cocina. Se oyó el fragor de los platos y el sonido metálico de los cubiertos chocando contra el granito. El ambiente en el departamento se volvió pesado. De pronto, el estallido de un plato quebró la tensión.
—¡Tenemos que ir! —gritó ella desde la cocina, con la voz distorsionada por la rabia —. ¡Ya nunca vamos a ninguna parte! ¡Te pasas el día analizando huevadas mientras aquí nos estamos pudriendo! ¡Es un reencuentro! ¿No entiendes? ¡Van a ir todos! ¡Todos! ¡No los vemos hace siglos!
Julián cerró la laptop a medias y se aclaró la garganta.
—Escucha esto —dijo, como si Rebeca no hubiese dicho nada, como si nada hubiera ocurrido, como si la escena empezase justo en ese momento—. Acabo de pulir el cierre del capítulo —Se entusiasmó—. Es el viejo chiste del bohemio. Un clásico. ¡Un verdadero clásico! —Julián miró hacia Rebeca como el director de orquesta mira a su público. Moduló la voz—: Un tipo se pasa la vida solo, de bar en bar, recorriendo las calles en una gran motocicleta. Un amigo le dice: "Búscate una buena mujer, forma una familia, sienta cabeza, porque cuando seas viejo y estés en tu lecho de muerte, vas a necesitar a alguien que te alcance un vaso de agua".
Hizo una pausa dramática. Rebeca reapareció en el umbral de la cocina, con una mano en la cadera.
—El tipo sigue el consejo —continuó Julián—. Se casa, tiene hijos, se compra un departamento en un edificio frente a la playa. Al final, está ahí, muriéndose en una cama rodeado de nietos. ¿Y sabes qué descubre?
—¿Qué? —preguntó ella con frialdad.
—Que no tiene sed.
Julián sonrió, satisfecho. Rebeca no movió ni un músculo. El silencio que siguió fue casi cósmico.
—Si quieres ir a ver a esos huevones, ve tú sola —soltó él, volviendo a abrir la laptop—. Algunos tenemos mejores cosas que hacer.
Rebeca le clavó una larga mirada. Parecía que iba a desaparecer, pero dio un paso adelante y dijo:
—¿Sabes lo que define a un perfecto imbécil?
Julián vaciló un instante. Tensó los músculos del cuello.
—Estoy seguro que me lo vas a decir.
—El perfecto imbécil es el que no sabe que es un perfecto imbécil.
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