CRONICA DEL INSTANTE
lunes, junio 15, 2026
Larga jornada hacia la noche
jueves, mayo 21, 2026
Estudiadamente sustanciales y perversamente frívolos
Julián estaba hundido en un sillón de cuero. Tenía el cabello de un color triste y oscuro, atado en una cola de caballo que delataba una predilección por las opciones progresistas. Sobre sus piernas, la laptop emitía un leve zumbido asmático.
Tecleaba con movimientos lentos. Pretendía escribir un ensayo sobre la ontología del chiste, esa historia corta diseñada para desencadenar una respiración explosiva.
La puerta se abrió y entró Rebeca. Su melena oscura parecía una tormenta a punto de estallar.
—¿Otra vez aquí? —soltó ella, mirando el trozo de sánguche sobre la alfombra—. Tienes un estudio al fondo del pasillo, Julián. Un cuarto entero solo para ti. ¿Por qué insistes en colonizar la sala?
Julián levantó la vista. Sus ojos, nublados por la miopía, se detuvieron en ella un segundo antes de volver a la pantalla.
—Ese cuarto es para el trabajo, Rebe —dijo con voz de barítono desgastado—. La sala es para la inspiración. Y la inspiración, como tú, suele ser altamente invasiva.
Ella no se inmutó. Se cruzó de brazos, haciendo que la seda de su blusa se tensara.
—Nos invitaron a una fiesta este sábado. Es en casa de Oliverio.
Julián soltó una risa seca.
—Ah, ese Oliverio. El eterno aspirante a todo. ¿Sigue creyendo que el mundo le debe una explicación o ya aceptó que solo es perfecto como imbécil?
—¿Y tú qué eres? ¿Un imbécil imperfecto?
Julián optó por ignorar lo que acababa de escuchar, aunque la idea se quedó flotando en su mente.
—La amabilidad es la virtud de los que no tienen nada que decir —sentenció, sin dejar de teclear—. Ese tipo tiene el carisma de un gurú de autoayuda.
Rebeca no respondió. Dio media vuelta y se dirigió a la cocina. Se oyó el fragor de los platos y el sonido metálico de los cubiertos chocando contra el granito. El ambiente en el departamento se volvió pesado. De pronto, el estallido de un plato quebró la tensión.
—¡Tenemos que ir! —gritó ella desde la cocina, con la voz distorsionada por la rabia —. ¡Ya nunca vamos a ninguna parte! ¡Te pasas el día analizando huevadas mientras aquí nos estamos pudriendo! ¡Es un reencuentro! ¿No entiendes? ¡Van a ir todos! ¡Todos! ¡No los vemos hace siglos!
Julián cerró la laptop a medias y se aclaró la garganta.
—Escucha esto —dijo, como si Rebeca no hubiese dicho nada, como si nada hubiera ocurrido, como si la escena empezase justo en ese momento—. Acabo de pulir el cierre del capítulo —Se entusiasmó—. Es el viejo chiste del bohemio. Un clásico. ¡Un verdadero clásico! —Julián miró hacia Rebeca como el director de orquesta mira a su público. Moduló la voz—: Un tipo se pasa la vida solo, de bar en bar, recorriendo las calles en una gran motocicleta. Un amigo le dice: "Búscate una buena mujer, forma una familia, sienta cabeza, porque cuando seas viejo y estés en tu lecho de muerte, vas a necesitar a alguien que te alcance un vaso de agua".
Hizo una pausa dramática. Rebeca reapareció en el umbral de la cocina, con una mano en la cadera.
—El tipo sigue el consejo —continuó Julián—. Se casa, tiene hijos, se compra un departamento en un edificio frente a la playa. Al final, está ahí, muriéndose en una cama rodeado de nietos. ¿Y sabes qué descubre?
—¿Qué? —preguntó ella con frialdad.
—Que no tiene sed.
Julián sonrió, satisfecho. Rebeca no movió ni un músculo. El silencio que siguió fue casi cósmico.
—Si quieres ir a ver a esos huevones, ve tú sola —soltó él, volviendo a abrir la laptop—. Algunos tenemos mejores cosas que hacer.
Rebeca le clavó una larga mirada. Parecía que iba a desaparecer, pero dio un paso adelante y dijo:
—¿Sabes lo que define a un perfecto imbécil?
Julián vaciló un instante. Tensó los músculos del cuello.
—Estoy seguro que me lo vas a decir.
—El perfecto imbécil es el que no sabe que es un perfecto imbécil.
viernes, mayo 15, 2026
Estimados ustedes
Dice que ya está harto, que sufre mucho porque se siente un absoluto extraño, alguien que los demás consideran un alien.
—¿Y de qué planeta eres? —le pregunta ella, con cáustica ironía.
—Soy del planeta Tierra. Todos ustedes son los malditos invasores.
viernes, mayo 08, 2026
Preguntas en un Mustang clásico extremadamente rojo
¿Qué libro te gustaría que lancen al fondo de tu ataúd?
¿Cuáles son los cinco días más importantes de tu existencia?
¿Si te hubieran consultado qué hubieras respondido cuando tus padres consideraron el aborto?
¿Qué significa ese espacio que ocupan tu cabeza tu tronco y tus extremidades?
¿Cuáles son las personas que más han influido en tu vida?
¿Adónde quieres ir cuando quieres ir?
¿Cuál sería el último libro que leerías en tu vida?
¿Qué tema musical sería el último que escucharías?
¿Es una comedia un drama o una tragedia ser solamente lo que eres?
¿Cómo lanzarás el novísimo catálogo de encuadres tan trillados?
¿Y qué pasa si el vacío cósmico te hipnotiza?
¿Y si la agitación emocional desfigura tu proyecto personal?
¿Qué será del concepto mecánico de la experiencia?
¿Crees que existe una manera digna de adaptarse al péndulo esquizofrénico del canon?
¿Y qué si no logras convencer a nadie con esa prudente elegancia sin colores imprudentes?
¿Piensas alguna vez que la felicidad del plural es mejor que la del singular?
¿Cuando crees que no es mentira una mentira?
¿Cuándo crees que una mentira es solo parte de una hermosa ficción imprescindible?
¿Qué te separa de esa persona que pasa frente a tu humilde morada?
¿Qué ocurre sí a la eternidad le sumas cinco minutos clavados?
¿Cuál de tus hemisferios se encenderá de pronto como un árbol de navidad?
¿Qué vas a hacer con esos pensamientos en permanente estado de rotación?
¿Crees que tu enfermedad fue siempre una obsesión ecuménica?
¿Qué contiene tu próximo instante?
¿Por qué las cosas son así y no de otra manera?
¿Qué ves cuando estás con los ojos cerrados?
¿Por qué crees que la materia tiene tanta absurda masa?
¿Qué explica el comportamiento de las partículas que componen tu universo particular?
¿Qué podría salir mal si sigues vivo otro día más?
¿A dónde vas cuando estás locamente enamorado?
¿Qué ocurre cuando te sumerges en el más absoluto plural?
¿Crees que amar es peligroso porque se corta bruscamente la cadena de frío?
¿A quién debes odiar con todo tu rojo corazón?
¿Crees que los hombres malos pueden hacer un mundo bueno?
¿Por qué dejarías todo aquello que tan trabajosamente has acumulado?
¿Por qué sale el brillante sol cada día?
¿Crees que supusieron un cambio de paradigma los labios carnosos en la cultura popular?
¿Por qué vivimos tan obsesionados con tener toda la razón?
¿Crees que tu mundo es más soleado que el mío?
¿Cuáles supones que son las virtudes del hombre común?
¿Qué piensas de mí en este preciso momento?
¿Cuál piensas que es el procedimiento para vaciar de significado a todas las palabras?
¿Quién te dijo que la vida consistía solo en correr caminar arrastrarse?
¿Crees que debe solo el diablo tener todas las mejores tonadas?
¿Tus ojos contienen la luz del tonificante sol o la de la pérfida luna?
¿El tiempo es un premio o un agobiante castigo?
¿Cuánto calculas que dura todo el tiempo cuando no eres feliz?
¿Y lo interminable también puede ser todo lo fugaz?
¿Cuánto dinero crees que es más que suficiente para salir adelante?
¿En tu humilde opinión cuál debe ser la meta de un artista?
¿Piensas que este poema es una victoria o una absoluta derrota?
¿Cómo pasarías tus últimas 24 horas en este hermoso planeta?
¿Cuáles son las cosas que antes amabas y que ahora ya no soportas?
¿Cómo crees que se puede ser idealista cuando se tiene una mirada inevitablemente penetrante?
¿El futuro tiene que inventarse o deducirse de acontecimientos ya pasados?
¿Qué tal si los extraterrestres nos consideran como tribus no contactadas?
¿Tienes alguna idea de por qué hay algo en lugar de absolutamente nada?
Ilustración: Howard Hodgkin. Bamboo.
viernes, mayo 01, 2026
Los soldados del silencio
Si hasta nuestra anatomía es un libro abierto que delata información urgente, ¿cómo entender entonces a esa tribu que llamamos «escritores»? A diferencia del resto, el escritor prefiere trabajar preferentemente sobre el artificio y las convenciones del lenguaje escrito, ese tejido gramatical creado íntegramente por el homosapiens. Algunos individuos se lanzan a la tarea de soltar opiniones y creaciones en miles de páginas, irritándonos o sorprendiéndonos con su flujo incesante. Otros, en cambio, dejan escapar apenas unos párrafos con esfuerzo agónico; textos que luego se aventuran en páginas y terminan alzándose, sudorosos, en forma de libros.
Y de pronto, se callan.
Es en ese vacío donde resuena la pregunta inevitable: ¿Esos malditos mudos qué nos ocultan, qué están siempre a punto de decir? ¿Qué es lo que nos esconden tras el muro de su impotencia? Y no sabemos si la tragedia está en que ellos no soportan el dolor de ya no poder escribir, o si lo verdaderamente trágico es que nosotros somos incapaces de descifrar el lenguaje del silencio. ¿Pero y si todos los que escribimos y escribimos solo somos peces agitándose frenéticamente fuera del agua? ¿Y qué si solo hay unas pocas palabras para decirlo todo?
Ilustración: Vasily Kandinsky.
miércoles, abril 15, 2026
La coherencia entre el ojo y el fémur
Domiciliarse en la identidad
Incuba alguna incongruencia
Sentir que los demás
Son una mutación (de uno mismo)
Los demás
Son un acto de rebeldía
Contra la perfección (del 1)
Yo
(Potencialmente)
Soy Los demás
Cada partícula (del Nosotros)
Es (potencialmente)
Todos
La diversidad
No es más que ebullición
(De lo humano)
Este universo está repleto
De (solo) un hombre y una mujer
Irradiando ese infinito
Todas las historias todos los seres
Forjados por la tensión
Entre lo centrífugo y lo centrípeto
(de Plexo Solar)
domingo, abril 12, 2026
Formas divertidas de ser inmortal
miércoles, abril 01, 2026
Chuck Facts
sábado, marzo 21, 2026
Discurso 5 minutos antes del atardecer
Somos una especie especialmente deshonesta. Durante siglos hemos creído —o hemos querido creer— que nuestra mente genera una representación más o menos fiel de la realidad y que los aciertos de esa representación dependen de nuestra inteligencia, mientras que los errores son solo el precio inevitable de nuestras limitaciones biológicas. Sin embargo, la evidencia acumulada en psicología cognitiva y neurociencia cuenta otra historia: nuestra interpretación de la realidad no busca revelar lo que es, sino alterarlo, maquillarlo, suavizarlo o directamente ocultarlo cuando resulta incómodo, amenazante o incompatible con la imagen que queremos mantener. Nuestra percepción no es espejo; es pincel.Proclamamos con orgullo que el gran proyecto humano es la búsqueda de la verdad. Pero, en los hechos, somos sistemáticos falsificadores. No perseguimos la verdad tanto como imponemos como “verdadera” una versión conveniente, editada y curada. Lo que en verdad perseguimos, con tenacidad algo bestia, es imponer como verdad una versión bordada por el ego, ese artífice insomne y voraz.
Una opinión no es una mera hipótesis ni una invitación al diálogo. Toda opinión es —en mayor o menor grado— un acto de colonización de la realidad, un avance territorial sobre el caos del ser. Simplifica lo complejo, redondea aristas, exagera lo que nos favorece y minimiza lo que nos contradice. El sesgo de confirmación, la disonancia que callamos, la racionalización que tejemos, el autoengaño que nos arrulla no son desperfectos del mecanismo; son sus resortes más finos, armas secretas al servicio de la meta más elevada: preservar el castillo de arena frente al oleaje de lo real.
Manipular la mirada —primero la propia, luego la ajena— no constituye un vicio ocasional; es una facultad humana nuclear inscrita en el centro mismo de nuestra relación con el mundo. Pero no se nos puede acusar de ser culpables de premeditación y alevosía. Nuestras malas artes son solo parte de la triste e irremediable naturaleza humana. En esa medida, señores miembros del jurado, espero se me conceda la ansiada clemencia plenaria.
martes, marzo 17, 2026
Situación de calle 1
domingo, marzo 08, 2026
Nunca sabrás la respuesta
Un sujeto conduce un vehículo propulsado por un motor de 500 demonios de fuerza. A pocos metros, una escultora alza hacia el cielo su hermoso rostro en pleno vértigo del egocentrismo. Más allá, en la ventana de un alto edificio de oficinas, alguien permanece inclinado sobre una pantalla brillante. Todo parece formar parte de un fragmento cualquiera de la coreografía de la vida.
Nacer, crecer, multiplicarse. Ser, expandirse. Obedecemos la consigna con disciplina biológica. Entre tanto, escrutamos desde la capas superiores de la atmósfera la vida íntima de personas de interés, diseñamos hemisferios cerebrales sintéticos, hacemos el amor, redactamos ambiciosas constituciones, programamos algoritmos y hasta escribimos poemas febriles. También —con una frecuencia que solo públicamente no nos enorgullece— ejercitamos nuestros puños contra narices ajenas. (E incluso —increíblemente— descubrimos que la quietud es una forma más del movimiento).
Y sin embargo, en algún momento de la vida, surge la pregunta engendrando el desasosiego: ¿Para qué tanto afán? ¿Qué nos mueve? ¿Por qué hacemos lo que hacemos?
La respuesta corta es: el anhelo. Su forma más visible es el sexo —acompañado a veces por ese fenómeno tan celebrado y tan errático que llamamos amor—, pero el impulso del deseo —las terribles ganas de algo, las incontenibles ganas— adopta innumerables disfraces. Se presenta como ambición profesional, curiosidad científica, necesidad de reconocimiento o hambre de aventura. Cambia de máscara con facilidad, pero el mecanismo subyacente permanece.
Desde la perspectiva evolutiva, el asunto es relativamente claro. Como observó Charles Darwin, los organismos que sobreviven y se reproducen no son necesariamente los más fuertes ni los más inteligentes ni los más nobles, sino los más astutos, aquellos cuyas características resultan más eficaces para persistir en un entorno cambiante. El deseo —ese apetito obstinado — funciona como uno de los instrumentos más eficaces de ese proceso. Nos empuja a reproducirnos, a competir, a explorar, a darlo todo.
Visto así, el placer —la gratificación del deseo— no es el objetivo final sino el anzuelo. La naturaleza, que rara vez desperdicia recursos, paga nuestra cooperación con pinchazos de dopamina: el salario mínimo necesario para mantener la maquinaria en funcionamiento. Comer, conquistar, descubrir, reproducirse: cada acto exitoso viene acompañado por su correspondiente recompensa química. El mensaje es simple y eficaz: dale, sigue, continúa, insiste, permanece.
Sobre esa base elemental hemos construido algo asombrosamente complejo. Hemos inventado la ética, la poesía, la ciencia, la política. Hemos desarrollado la idea de dignidad, la noción de justicia, la pasión por la libertad. Nos emocionamos ante un concierto para piano, nos indignamos ante la injusticia, lo arriesgamos todo por principios perfectamente abstractos.
Y la pregunta inevitable es si todo ese edificio cultural es realmente algo distinto del deseo original o si, en el fondo, no es más que su versión refinada.
En el siglo XIX, Schopenhauer propuso una idea provocadora: la existencia es una cadena de deseos que, al cumplirse, dan solo alivios pasajeros y abren nuevos deseos, de modo que el dolor predomina sobre el placer. La vida es un negocio cuyos ingresos no cubren ni de lejos los gastos. Mucho después, en el terreno de la biología, Richard Dawkins reformuló el asunto con un lenguaje distinto: los seres vivos somos vehículos temporales que los genes utilizan para viajar a través de las generaciones, utilizando el laborioso procedimiento de la imperfecta replicación.
Si ambas intuiciones tienen algo de verdad, entonces incluso nuestras aspiraciones más nobles adquieren un matiz ligeramente inquietante. La necesidad de dejar huella, por ejemplo: ¿es realmente una búsqueda de significado o apenas una estrategia simbólica contra el olvido biológico? El amor por la libertad: ¿es un valor trascendente o simplemente el rechazo instintivo a cualquier fuerza que limite nuestros imprescindibles movimientos?
Las creaciones humanas son reales y poderosas y se alzan con cierta arrogancia por encima del lodo. Pero reconocer el posible origen de esos valores —ese viejo motor llamado deseo— introduce una grieta interesante en nuestra narrativa favorita. Porque entonces irrumpe otra posibilidad.
Quizá el famoso “sentido de la vida” no sea un oculto cubo radiante esperando ser descubierto. Quizá no sea una respuesta escondida debajo de una piedra en algún lugar del universo, aguardando pacientemente a que una especie suficientemente astuta resuelva el maldito rompecabezas.
El ser humano, después de todo, es una criatura peculiar: un animal capaz de preguntarse por qué existe mientras continúa existiendo. Un organismo que, impulsado por un mecanismo biológico bastante antiguo, ha desarrollado al mismo tiempo una conciencia que examina ese mecanismo con franca suspicacia.
Al final del día, el sujeto que conduce el vehículo se estaciona en una zona altamente contaminada, la escultora sale a la noche con el rostro empapado, y el individuo inclinado sobre la pantalla brillante se incorpora y abre una ventana para contemplar a la vieja y malvada luna. Y mañana quizá, tal vez, alguno de ellos se levante anunciando que ha alcanzado alguna enloquecedora convicción que lo resolverá todo. Porque la maquinaria nunca se detiene.
lunes, marzo 02, 2026
Una quena en el Perú
Juan Cruz: ¿Y como ser humano qué le parecía Cortázar?
Juan Carlos Onetti: acá entramos en un problema… él siempre se mostró como un hombre muy humilde, muy desinteresado, pero no era nada de eso… era de una vanidad tremenda y lo muestra la polémica que tuvo con mi amigo peruano José María Arguedas, el autor de Los Ríos Profundos… (...) En una declaración Arguedas elogió el talento de Cortázar, pero lamentaba que este no se preocupara por la gente pobre, sobre todo por los indígenas de Latinoamérica. Y Cortázar le contestó de una manera muy desagradable para mí, diciéndole: “usted está tocando una quena en el Perú y yo dirijo una orquesta sinfónica en París…” es una grosería, sobre todo conociendo a este peruano, que era uno de los hombres más dulces que he conocido. ¿Y qué fue lo que le dijo a Cortázar? No era ofensivo, era como una invitación a que lo hiciera, aquello fue una miseria… (Juan Cruz. Entrevistas. Secreto y Pasión de la Literatura. Tusquets Editores S.A. 2025)
Larga jornada hacia la noche
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