Cada persona habita en una burbuja social, un círculo íntimo que lo recuerda, lo piensa, lo mantiene vivo en su memoria cotidiana. Ese círculo es suficiente para sostener la identidad, para dar calor y pertenencia.
La fama, en cambio, amplía ese círculo hasta hacerlo irreconocible. El individuo deja de ser un rostro concreto y se convierte en una figura difusa que existe en la mente de quién sabe cuántos, de quien sabe quienes. Esa expansión genera una paradoja: cuanto más grande es el grupo que te recuerda, menos precisa es la imagen que tienen de ti. Sin embargo, esa imprecisión no resta poder; al contrario, permite que el yo se afirme, que la personalidad se exalte, en ocasiones, hasta el delirio.
En una realidad que constantemente nos recuerda nuestra insignificancia, sentirse relevante es un placer raro y poderoso y en esa medida adictivo. Necesitamos un testigo de nuestra existencia, y la relevancia, aunque sea efímera o construida en la mente de otros, funciona como un refugio contra la sensación de intrascendencia. La fama antes era un problema de pocos, la fama requería incluso un "talento" sobresaliente. Hoy cualquiera puede buscar ese "chute" de relevancia desde su teléfono. El yo se convierte en un producto que se vende por likes, lanzando una opinión incluso con faltas de ortografía. Quizá por eso tantos buscan la exposición: porque existir en la cabeza de los demás, aunque sea de manera borrosa, es una forma de resistencia contra la tristeza de no ser algo, de ser nada, de ser absolutamente nada.
El problema de la fama es que al igual que las drogas duras es terriblemente adictiva y necesita una dosis nueva en vertiginosos ciclos. Eso implica entregar la llave de tu dicha a una manada de perfectos extraños con probado comportamiento sicótico. El precio de apostar por "existir en la cabeza de los demás" es dejar de pertenecerse a uno mismo, porque la imagen que tienen de ti afecta la imagen que tienes de ti. Seguramente por eso un viejo amigo me dijo un día: Me tranquiliza ser un don nadie, que no me tomen en serio, porque de otra manera me arrastrarían a su cancha. Podría ser invitado a fiestas quizá interesantes, sí, pero yo no sé bailar la Macarena: soy el tipo que solito se jaranea.
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