Soy un tipo con algunas complicaciones. No es algo particularmente dramático ya que, como dice el conocido graffiti, «Todos somos raros». Sin embargo, tengo registradas fobias de catálogo y alguna que otra de edición limitada. Por ejemplo, sufro de escriptofobia, de friggatriscaidecafobia y de agorafobia. No debemos olvidar, sin embargo, la hipopotomonstrosesquipedaliofobia, que siempre me ataca en el escritorio. Pero lo que más me altera, sin embargo, es la simple existencia de los otros. Socializar para mí es un asunto que requiere planificación, y suelo calcular al detalle la mejor ruta de escape. En general, tengo que reconocerlo, mantengo con la experiencia de la vida una fascinante relación: casi nunca sé si quiero quedarme aquí o simplemente saltar por los aires. Durante años he recitado hasta el hastío la vieja frase: «¿De dónde venimos, a dónde vamos, qué somos?».
Hoy por la tarde terminé de leer Las nerviosas, de Rosa Chávez Yacila, donde se menciona a un experto que afirma que los fetos de madres estresadas o deprimidas muestran ritmos cardíacos extraordinarios. Al nacer, aparentemente, estos niños traen más cortisol y sus neurotransmisores quedan un poco desordenados. En resumen: Uno llega al mundo con el currículum emocional ya bastante garabateado.
Leí esas páginas y dije en voz alta: ¡Aja!.
Fui concebido en Lima. Durante meses, mientras yo navegaba impulsado por la hélice del ADN rumbo a eso que soy, mi santa madre solo pensaba en una cosa: volver a Arequipa. Un pensamiento fijo y tenaz que le inyectaba desasosiego en la sangre y que, durante una angustiosa eternidad -quién sabe con qué oscuros pensamientos- hizo del llanto parte de su rutina cotidiana.
En Lima, en el barrio de Lince, vivía en aquel tiempo la tía Imelda -la adorable hermana de mi padre- quien, conmovida por las penurias de su cuñada, le habló de San Hilarión, un santo que por entonces tenía fama de milagroso. Y así, una mañana, Ruth salió con su mantilla. Se hincó y, con los ojos anegados, suplicó.
Cuando faltaban pocas semanas para mi nacimiento, mi padre irrumpió con una noticia: había renunciado a su empleo en la empresa Maranganí. Y, con una hermosa sonrisa, exhibió, alzando la mano derecha, los pasajes recién comprados en Morales Moralitos.
Fue esta la razón por la que nací en Arequipa, el 21 de octubre de 1953, a unos trescientos metros de la plaza de Armas, en una habitación de la casa del abuelo Juan Francisco. Este incidente tuvo evidentes consecuencias en el curso de mi vida. La no menos interesante fue que, cuando mi emocionada madre vio la fecha y el santoral, comprendió que había allí una suerte de recriminación dirigida a ella. Cuentan que en ese momento empezó a insistir tercamente hasta que, con tinta indeleble, se registró en mi partida de nacimiento un tercer nombre.
Tal vez ese sea mi verdadero nombre.
Tal vez soy solo un caballo sin nombre.







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