Si hasta nuestra anatomía es un libro abierto que delata información urgente, ¿cómo entender entonces a esa tribu que llamamos «escritores»? A diferencia del resto, el escritor prefiere trabajar preferentemente sobre el artificio y las convenciones del lenguaje escrito, ese tejido gramatical creado íntegramente por el homosapiens. Algunos individuos se lanzan a la tarea de soltar opiniones en miles de páginas, irritándonos o sorprendiéndonos con su flujo incesante. Otros, en cambio, dejan escapar apenas unos párrafos con esfuerzo agónico; textos que luego se aventuran en páginas y terminan alzándose, sudorosos, en forma de libros.
Y de pronto, se callan.
Es en ese vacío donde resuena la pregunta inevitable: ¿Esos malditos mudos que nos ocultan, que están siempre a punto de decir? ¿Qué es lo que nos esconden tras el muro de su impotencia? Y no sabemos si la tragedia está en que ellos no soportan el dolor de ya no poder escribir, o si lo verdaderamente trágico es que nosotros somos incapaces de descifrar el lenguaje del silencio. ¿Pero y si todos los que escribimos y escribimos solo somos peces agitándose frenéticamente fuera del agua? ¿Y qué si solo hay unas pocas palabras para decirlo todo?
Ilustración: Vasily Kandinsky.
