viernes, mayo 01, 2026

Los soldados del silencio


 Un fascinante misterio es el escritor que escribe, pero uno mucho mayor es aquel que no escribe. Es cierto que, de una u otra manera, todos estamos condenados a la expresión; lo hacemos a través de los múltiples lenguajes que el cuerpo ofrece de manera natural. Se dice, por ejemplo, que en el fondo de los ojos yace un manuscrito que indica el sendero hacia el fondo del alma. Incluso es bien sabido que las comisuras caídas de una boca pueden ser un mensaje rabiosamente expresivo. Sin embargo es la nariz la que encierra el código inesperado: una guía central sobre asuntos que trascienden la belleza, un mensaje que ni los más avanzados criptógrafos logran descifrar, aunque su impacto sea verdaderamente abismal. 

Si hasta nuestra anatomía es un libro abierto que delata información urgente, ¿cómo entender entonces a esa tribu que llamamos «escritores»? A diferencia del resto, el escritor prefiere trabajar preferentemente sobre el artificio y las convenciones del lenguaje escrito, ese tejido gramatical creado íntegramente por el homosapiens. Algunos individuos se lanzan a la tarea de soltar opiniones en miles de páginas, irritándonos o sorprendiéndonos con su flujo incesante. Otros, en cambio, dejan escapar apenas unos párrafos con esfuerzo agónico; textos que luego se aventuran en páginas y terminan alzándose, sudorosos, en forma de libros.

Y de pronto, se callan.

Es en ese vacío donde resuena la pregunta inevitable: ¿Esos malditos mudos que nos ocultan, que están siempre a punto de decir? ¿Qué es lo que nos esconden tras el muro de su impotencia? Y no sabemos si la tragedia está en que ellos no soportan el dolor de ya no poder escribir, o si lo verdaderamente trágico es que nosotros somos incapaces de descifrar el lenguaje del silencio. ¿Pero y si todos los que escribimos y escribimos solo somos peces agitándose frenéticamente fuera del agua? ¿Y qué si solo hay unas pocas palabras para decirlo todo? 

Ilustración: Vasily Kandinsky.


Los soldados del silencio

 Un fascinante misterio es el escritor que escribe, pero uno mucho mayor es aquel que no escribe. Es cierto que, de una u otra manera, todos...