Dice Keynes que a largo plazo todos estaremos muertos, pero en el corto plazo estamos vivos. Así, hilo a hilo, el tiempo teje eso llamado vida. Es justamente ese condicionamiento a lo temporal lo que nos hace singulares. El corto plazo es nuestro territorio sagrado. Estar atados a lo temporal nos condena a la muerte, pero ese mortal destino tiene un extraño esplendor. Ese esplendor —una vitalidad que en su núcleo guarda una agonía— es nuestra manera doméstica y artesanal de plantarle cara al infinito. La poética paradoja es que somos seres insignificantes que participamos de la dinámica de lo inmenso generando tercamente todo lo efímero, haciendo el milagro de encontrar vertiginoso sentido en lo que no tiene sentido. De esa terquedad nace la historia. Pero hay algo extraño en esto: para nosotros, la historia es apenas una abstracción — y esa misma abstracción, al mirarnos desde el largo plazo, termina por convertir a cada individuo en una figura difusa, irremediablemente anónima. El que vive se diluye. Aun así, fundir nuestras pequeñas agonías en ese gran misterio que llamamos 'nosotros' nos permite aproximarnos a la paradójica complejidad de lo humano. Al final, abstracción somos y en abstracción nos convertiremos. Pero mientras tanto, un día sí y otro también, elegimos encarnarla.
Ilustración: Kazimir Malévich
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