Cuando era joven y alguien lo saludaba con eso de "Hola, ¿cómo estás?" él respondía con "Mejor que ayer peor que mañana". Décadas después, no consiguió actualizar aquella frase. Y es que él pensaba que una de las cosas menos elegantes de la vida es que, después de tanto esfuerzo por vivir, al envejecer no nos volvemos mejores. Solo acumulamos trucos para sobrellevar el desencanto, decía. Tal vez uno se vuelve más realista, tal vez uno puede procesar eso llamado experiencia e intentar llegar a algunas conclusiones. Y hasta a veces uno está a punto de patéticamente suscribir eso de que la juventud se desperdicia con los jóvenes, agregaba. Sin embargo, lo peor es mirar alrededor y contemplar como lo luminoso se hace opaco, se lamentaba. Él creía que los viejos solo soportan ser viejos porque no saben cuando es un buen día para morir. O tal vez sí lo saben, pero el miedo a acertar es peor que el miedo a equivocarse.
Ilustración: Frederick Hammersley
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