sábado, junio 20, 2026

Un día sí y otro también


Dice Keynes que a largo plazo todos estaremos muertos, pero en el corto plazo estamos vivos. Así, hilo a hilo, el tiempo teje eso llamado vida. Es justamente ese condicionamiento a lo temporal lo que nos hace singulares. El corto plazo es nuestro territorio sagrado. Estar atados a lo temporal nos condena a la muerte, pero ese mortal destino tiene un extraño esplendor. Ese esplendor —una vitalidad que en su núcleo guarda una agonía— es nuestra manera doméstica y artesanal de plantarle cara al infinito. La poética paradoja es que somos seres insignificantes que participamos de la dinámica de lo inmenso generando tercamente todo lo efímero, haciendo el milagro de encontrar vertiginoso sentido en lo que no tiene sentido. De esa terquedad nace la historia. Pero hay algo extraño en esto: para nosotros, la historia es apenas una abstracción — y esa misma abstracción, al mirarnos desde el largo plazo, termina por convertir a cada individuo en una figura difusa, irremediablemente anónima. El que vive se diluye. Aun así, fundir nuestras pequeñas agonías en ese gran misterio que llamamos 'nosotros' nos permite aproximarnos a la paradójica complejidad de lo humano. Al final, abstracción somos y en abstracción nos convertiremos. Pero mientras tanto, un día sí y otro también, elegimos encarnarla.

Ilustración: Kazimir Malévich

miércoles, junio 17, 2026

A título personal


 Era popularmente conocido como "Diecinueve", porque fue el último y el más alegre de los  vástagos que tuvo el músico de la aldea con la hija del tabernero. Cuando llegó a las Américas, le preguntaron por su nombre.

Respondió automáticamente:

—Diciannove.

—¿Dichanove?

Él aclaró:

—Io sono il figlio…

—¿Eufilio? ¿Eufilio Chanove?

Al final quedó inscrito como Emilio Chanove. Nunca sabremos su verdadero nombre.


Ilustración: Karl Schmidt-Rottluff 

lunes, junio 15, 2026

Larga jornada hacia la noche


Cuando era joven y alguien lo saludaba con eso de "Hola, ¿cómo estás?" él respondía con "Mejor que ayer peor que mañana". Décadas después, no consiguió actualizar aquella frase. Y es que él pensaba que una de las cosas menos elegantes de la vida es que, después de tanto esfuerzo por vivir, al envejecer no nos volvemos mejores. Solo acumulamos trucos, decía, para sobrellevar el desencanto. Tal vez uno se vuelve más realista, tal vez uno puede procesar eso llamado experiencia e intentar llegar a algunas conclusiones. Y hasta a veces uno está a punto de patéticamente suscribir eso de que la juventud se desperdicia con los jóvenes. Sin embargo, lo peor es mirar alrededor y contemplar como lo luminoso se hace opaco, se lamentaba. Él creía que los viejos solo soportan ser viejos porque no saben cuando es un buen día para morir. O tal vez sí lo saben, pero el miedo a acertar es peor que el miedo a equivocarse.

Ilustración: Frederick Hammersley

Discurso con voz inflamada por los esteroides del fanatismo literario

 Este blog no lo lee nadie. O casi nadie. Cuando, obligado por algún reclamo, menciono que guardo cierto texto aquí, mis amigos siempre salt...