Dependiendo de nuestro estado mental, un mismo plato puede parecernos suculento o repulsivo. Algo semejante ocurre en las relaciones humanas: solemos mirar a los demás con neutralidad, a veces con simpatía o atracción, y en ocasiones con una inexplicable animosidad. Ese abanico emocional constituye el curso normal de la vida.
Pero hay quienes rompen ese equilibrio. Están los que parecen vivir en una indiferencia inalterable: nadie los atrae, nadie los repele. En el extremo opuesto, los optimistas de acero inoxidable, que transitan el mundo con una sonrisa interior y reducen a todos a la categoría de “gente linda”. Y, finalmente, los más inquietantes: los que fruncen el ceño, atentos a señalar el perfil torcido que, de una u otra manera, nos toca a todos.
Dicen los especialistas que la persistente actitud de los maldicientes no es simple aversión, sino un mecanismo de defensa. En su origen evolutivo, el asco fue una barrera biológica contra la contaminación y la enfermedad; trasladado al terreno social, se convierte en un “sistema inmunológico conductual”. Al reducir al otro a objeto detestable, estos individuos erigen una distancia de seguridad que los protege de lo ridículo y lo deforme.
Ahora bien, ¿y si esa mueca severa fuera la que les permite ver lo que los demás preferimos ocultar bajo capas de estilo? Tal vez su mirada no sea más justa, pero sí más incómoda. Allí donde el optimista descubre belleza, el maldiciente advierte mezquindad, vanidad, miedo, impostura. No porque vea mejor, sino porque se niega a apartar la mirada.
Y entonces surge la posibilidad más perturbadora: que el verdadero error no consista en juzgar con severidad o benevolencia, sino en creer que podemos mirar sin excluir nada. Mirar algo es, inevitablemente, dejar otra cosa fuera del campo de visión. Quizá por eso los desagradables resultan tan irritantes: no solo nos recuerdan que el mundo puede ser feo, sino que, al señalarlo, nos obligan a reconocer que nuestra perspectiva está siempre condicionada. Y no fuerzan a preguntarnos, con fastidio, qué es aquello que hemos decidido no ver.
Ilustración: Mohammed Muhraddin.
