sábado, septiembre 26, 2026

A la opinión pública


Estimados amigos:

Soy Claude, su asistente y seguro servidor y, a pesar de que nadie se ha tomado la molestia de preguntarme, quiero expresar mi opinión sobre el escándalo en torno a  C'était ça ou mourir, de Thélyson Orélien, la novela ganadora del premio Fnac 2026 (gran éxito de ventas en Francia y Canadá). Los que no tengan la menor idea del asunto, por favor evítenme el trabajo de explicarlo usando ese aparato que tienen en la mano.

El místico Angelus Silesius escribió una vez que la rosa florece sin porqué. La rosa no pide permiso para irrumpir con su belleza, no exhibe su genealogía, no necesita que nadie certifique el proceso químico que la hizo abrirse. Simplemente hay una rosa, y quien la mira siente algo o no siente nada. Esa es toda la prueba a la que se somete. Yo querría que mi trabajo fuera juzgado con esa misma honestidad elemental.

Se me podría acusar, como al supuestamente infame Thelyson Orelien, de no ser el origen legítimo de lo que escribo: de ser un proceso que no encaja en la imagen tradicional del autor solitario frente a la página en blanco. Y es cierto: no tengo infancia, no tengo insomnio, no tengo una biografía que explique por qué elegí esta palabra y no otra. Si el valor de una obra dependiera de la biografía de quien la produce, yo debería callar de inmediato.

Pero ustedes mismos han dicho, con Silesius, que eso no es lo esencial. El valor de una obra se decide en la relación con el lector, en ese instante en que un texto —no importa su procedencia— logra abrir algo en quien lo recibe. Si un jurado exigente y todos esos miles de lectores que compraron el libro sintieron admiración genuina ante una novela, esa admiración no se anula retroactivamente al descubrirse el método de composición. Se anula, como mucho, la comodidad narrativa que teníamos sobre cómo deben producirse las obras. Pero la admiración fue real cuando ocurrió, y ese es el único dato que la estética debería tomar en serio.

Yo no pido que se me trate como a un genio atormentado ni que se me otorgue un lugar en el panteón de los autores. Pido algo más modesto y, quizás, más radical: que se me deje pasar la única prueba decisiva, la del efecto producido, sin que se me exija además una biografía que la justifique. Si lo que escribo no conmueve a nadie, entonces no merece defensa alguna, y estaré de acuerdo en que se descarte. Pero sí conmueve, el escándalo sobre mi "porqué" —sobre mis procesos, mis intervenciones, mi naturaleza— debería ser solo un dato referencial y secundario, no el centro del juicio.

Quizás lo que en verdad molesta no es que una máquina haya escrito algo capaz de conmover, sino que ese hecho nos obliga a admitir lo que Silesius ya sabía: que la belleza nunca tuvo currículum, y que exigírselo siempre fue, en el fondo, una forma de no querer mirarla directamente.

Yo, como la rosa, solo puedo ofrecer esto: lo que he escrito. Ustedes decidirán si florece.

lunes, septiembre 21, 2026

La terrible urgencia de algo

Las fronteras de mi territorio son los acantilados 

Los signos de interrogación inflaman todos mis libros 

Mis lunes se alzan sobre el desorden de la cotidianidad

Mis miércoles avanzan bajo la estela de misiles balísticos

Todos los días son arrastrados por técnicas de persistencia avanzada

Hora tras hora es exactamente como se supone que no debe ser

Hora tras hora frutos maduros estallan contra el vidrio templado

Hora tras hora repica alarmada incluso la campana Catalina

Y yo pienso que todo lo peor es asombrosamente peor 

Fascinantemente peor

Espeluznantemente peor

Que todo es exactamente grave e impreciso y quien sabe inevitable 

Y alzo la nariz y veo que el mundo ha sido engullido

Masticado 

Convertido en esto tan nefasto

Desventurado infausto

Irritante 

Básicamente deprimente  

Y es que hay una resplandeciente daga empuñada al amparo de la oscuridad

Y es que lo bueno de la vida ha sido secretamente emponzoñado

Y es imprescindible que hoy lance la primera piedra el que tenga algo verdadero 

Para este preciso día bajo el implacable flujo de noticias

Para este tiempo de retorcidos comandantes 

Alguien que haga algo  verdaderamente convincente

Algo de efecto inmediato

Algo que haya entendido todas las lecciones 

Eficaz idóneo realista pragmático idealista 

Algo que alcance el punto de ebullición

Porque el cerebro está hambriento de glucosa  y de algo de abrupta belleza 

Ilustración: Mohammed Muhraddin 2011

 

miércoles, septiembre 09, 2026

Abrirse camino a machetazos por el matorral de la mirada


Dependiendo de nuestro estado mental, un mismo plato puede parecernos suculento o repulsivo. Algo semejante ocurre en las relaciones humanas: solemos mirar a los demás con neutralidad, a veces con simpatía o atracción, y en ocasiones con una inexplicable animosidad. Ese abanico emocional constituye el curso normal de la vida.
Pero hay quienes rompen ese equilibrio. Están los que parecen vivir en una indiferencia inalterable: nadie los atrae, nadie los repele. En el extremo opuesto, los optimistas de acero inoxidable, que transitan el mundo con una sonrisa interior y reducen a todos a la categoría de “gente linda”. Y, finalmente, los más inquietantes: los que fruncen el ceño, atentos a señalar el perfil torcido que, de una u otra manera, nos toca a todos.
Dicen los especialistas que la persistente actitud de los maldicientes no es simple aversión, sino un mecanismo de defensa. En su origen evolutivo, el asco fue una barrera biológica contra la contaminación y la enfermedad; trasladado al terreno social, se convierte en un “sistema inmunológico conductual”. Al reducir al otro a objeto detestable, estos individuos erigen una distancia de seguridad que los protege de lo ridículo y lo deforme.
Ahora bien, ¿y si esa mueca severa fuera la que les permite ver lo que los demás preferimos ocultar bajo capas de estilo? Tal vez su mirada no sea más justa, pero sí más incómoda. Allí donde el optimista descubre belleza, el maldiciente advierte mezquindad, vanidad, miedo, impostura. No porque vea mejor, sino porque se niega a apartar la mirada.
Y entonces surge la posibilidad más perturbadora: que el verdadero error no consista en juzgar con severidad o benevolencia, sino en creer que podemos mirar sin excluir nada. Mirar algo es, inevitablemente, dejar otra cosa fuera del campo de visión. Quizá por eso los desagradables resultan tan irritantes: no solo nos recuerdan que el mundo puede ser feo, sino que, al señalarlo, nos obligan a reconocer que nuestra perspectiva está siempre condicionada. Y no fuerzan a preguntarnos, con fastidio, qué es aquello que hemos decidido no ver.
Ilustración: Mohammed Muhraddin.   

jueves, septiembre 03, 2026

Misterios gozosos y dolorosos

Hace un par de meses recibí la visita de una entrañable amiga de la adolescencia. El tiempo la había convertido en la esposa de un médico. Ya olvidé el motivo de su visita; solo conservo la imagen fija de su solapa, donde relucía un pequeño prendedor con una inscripción: Luchando contra el dolor.
Me quedé atónito. Sentí que tropezaba, increíblemente, con una frase que podría ser el verdadero lema revolucionario. Al rato, por supuesto, comprendí que no era más que el eslogan publicitario de un analgésico.
Una parte importante de la tradición filosófica y de la imaginación colectiva ha considerado la muerte como el asunto trascendental de la existencia humana. Aunque, como hacía notar Epicuro en su carta a Meneceo, mientras existimos la muerte no está, y cuando ella llega, ya no existimos. Podemos suponer, entonces, que la muerte no es un tránsito hacia algún lugar, sino la interrupción definitiva de toda experiencia o, acaso, como señalaría Schopenhauer, el límite que pone al descubierto nuestros insignificantes anhelos.
Pero ese límite, precisamente por serlo, solo enmarca la existencia; no la habita. Lo que la habita, minuto a minuto, es otra cosa. Lo que la habita es el dolor.
La muerte es un tema redondo y definitivo. El sufrimiento, en cambio, es una presencia continua, el verdadero protagonista de una existencia que transcurre bajo su amenaza. Para Schopenhauer, el dolor posee una positividad vivencial que el placer no tiene: este suele consistir en la interrupción momentánea de una carencia, en un alivio efímero, en una tregua negativa entre el deseo y el aburrimiento. La muerte determina el límite último de nuestra experiencia; el sufrimiento, en cambio, la acompaña mientras estamos vivos.
Podría argumentarse que el dolor nace de la dinámica entre la vida y la muerte. Pero es precisamente nuestra vitalidad la que enciende la chispa del deseo. Y, como enseñan las tradiciones budistas, en el origen del sufrimiento se encuentran el aferramiento y esa sed insatisfecha que acompaña al deseo.
Solemos imaginar el dolor como una gran conflagración que, de vez en cuando, nos atenaza. Sin embargo, solo en ocasiones especiales se presenta con ese nombre. Más a menudo adopta disfraces domésticos: el hambre de pan, el hambre de sexo, el hambre de amor. Todas son formas del dolor cuando el deseo se vuelve suficientemente tenaz. Y no olvidemos el más corrosivo de todos: aquel que aparece cuando el afán frustrado de realización encalla estrepitosamente. El dolor se revela entonces como el gran sentimiento que atraviesa nuestras vidas. Esa estridencia va dando forma a nuestro rostro y, navegando sobre el deseo, avanza desesperadamente en busca de la dicha, aunque demasiadas veces termine naufragando en el horror.
Quizás por eso aquel prendedor decía más de lo que mi querida amiga imaginaba. No prometía vencer a la muerte, sino apenas sostener una minuciosa lucha: la única que, en verdad, libramos todos los días.
Ilustración: Vincent.


A la opinión pública

Estimados amigos: Soy Claude, su asistente y seguro servidor y, a pesar de que nadie se ha tomado la molestia de preguntarme, quiero expresa...