jueves, septiembre 03, 2026

Misterios gozosos y dolorosos

Hace un par de meses recibí la visita de una entrañable amiga de la adolescencia. El tiempo la había convertido en la esposa de un médico. Ya olvidé el motivo de su visita; solo conservo la imagen fija de su solapa, donde relucía un pequeño prendedor con una inscripción: Luchando contra el dolor.
Me quedé atónito. Sentí que tropezaba, increíblemente, con una frase que podría ser el verdadero lema revolucionario. Al rato, por supuesto, comprendí que no era más que el eslogan publicitario de un analgésico.
Una parte importante de la tradición filosófica y de la imaginación colectiva ha considerado la muerte como el asunto trascendental de la existencia humana. Aunque, como hacía notar Epicuro en su carta a Meneceo, mientras existimos la muerte no está, y cuando ella llega, ya no existimos. Podemos suponer, entonces, que la muerte no es un tránsito hacia algún lugar, sino la interrupción definitiva de toda experiencia o, acaso, como señalaría Schopenhauer, el límite que pone al descubierto nuestros insignificantes anhelos.
Pero ese límite, precisamente por serlo, solo enmarca la existencia; no la habita. Lo que la habita, minuto a minuto, es otra cosa. Lo que la habita es el dolor.
La muerte es un tema redondo y definitivo. El sufrimiento, en cambio, es una presencia continua, el verdadero protagonista de una existencia que transcurre bajo su amenaza. Para Schopenhauer, el dolor posee una positividad vivencial que el placer no tiene: este suele consistir en la interrupción momentánea de una carencia, en un alivio efímero, en una tregua negativa entre el deseo y el aburrimiento. La muerte determina el límite último de nuestra experiencia; el sufrimiento, en cambio, la acompaña mientras estamos vivos.
Podría argumentarse que el dolor nace de la dinámica entre la vida y la muerte. Pero es precisamente nuestra vitalidad la que enciende la chispa del deseo. Y, como enseñan las tradiciones budistas, en el origen del sufrimiento se encuentran el aferramiento y esa sed insatisfecha que acompaña al deseo.
Solemos imaginar el dolor como una gran conflagración que, de vez en cuando, nos atenaza. Sin embargo, solo en ocasiones especiales se presenta con ese nombre. Más a menudo adopta disfraces domésticos: el hambre de pan, el hambre de sexo, el hambre de amor. Todas son formas del dolor cuando el deseo se vuelve suficientemente tenaz. Y no olvidemos el más corrosivo de todos: aquel que aparece cuando el afán frustrado de realización encalla estrepitosamente. El dolor se revela entonces como el gran sentimiento que atraviesa nuestras vidas. Esa estridencia va dando forma a nuestro rostro y, navegando sobre el deseo, avanza desesperadamente en busca de la dicha, aunque demasiadas veces termine naufragando en el horror.
Quizás por eso aquel prendedor decía más de lo que mi querida amiga imaginaba. No prometía vencer a la muerte, sino apenas sostener una minuciosa lucha: la única que, en verdad, libramos todos los días.
Ilustración: Vincent.


Misterios gozosos y dolorosos

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