En cierta ocasión conocí a una persona afectuosa muy admirada por su estilo, su personalidad e inteligencia. Era una de esas personas de carisma poderoso que destacan por encima de los demás. Sin embargo, con una constancia asombrosa, esta persona hacía demostraciones letales de su poder. Pronto adiviné que una modalidad del odio estaba en el centro mismo de su territorio interior.
A todos nos gusta pensar que el mal habita en otra especie. Que todos los malditos, los psicópatas, los criminales, pertenecen a una categoría aparte, separada de nosotros por un abismo biológico o moral. Nosotros, los normales, cometemos errores, sí, pero nuestras faltas son veniales, casi decorativas. El mal, se nos ocurre, es cosa de otros.
Pero basta con observar con una dosis de honestidad para sospechar que esa frontera es una ficción reconfortante. En cada ser humano yace, latente, un individuo peligroso. No es una metáfora: es una posibilidad siempre disponible, un repertorio de impulsos crueles, manipuladores, indiferentes al dolor ajeno, que conviven silenciosamente con los impulsos generosos, empáticos, luminosos. Todo lo bueno y todo lo malo prospera en el mismo territorio interior. La vida entera es, en algún sentido, una batalla librada en ese ámbito: una negociación constante entre lo que queremos enaltecer y lo que preferimos sepultar.
El error común no es tener esa oscuridad, eso es inevitable, sino creer que es solo un travieso impulso, que puede eliminarse, que en el fondo no existe. En el mejor de los casos, esos impulsos quedan inactivos, adormecidos bajo capas de educación, afecto y vertiginoso autocontrol. Pero inactivo no es lo mismo que inexistente. Confundir ambas cosas es peligroso, porque negar el lado oscuro no lo hace desaparecer: lo obliga a enmascararse, a buscar vías más sutiles, más difíciles de reconocer hasta que ya han lanzado su dardo envenenado.
Una de las figuras más inquietantes es la del psicópata que, al mismo tiempo, es una persona cariñosa, leal y generosa. No el borrascoso monstruo de las películas, sino la persona amable que un día, sin aviso, comete una vileza y de inmediato recompone el gesto, muestra su perfil entrañable. Esa alternancia es lo que desarma: la mente busca reconciliar la herida con la sonrisa y no logra hacerlo, porque ambas son genuinas. Ahí no hay actuación pura: hay, más bien, dos regiones de un mismo territorio que se turnan el mando sin que la conciencia logre integrarlas del todo.
Tendríamos que reconocer que la línea entre nosotros y "ellos" es más delgada de lo que la vanidad nos permite admitir. Aceptar que somos potencialmente unos despreciables villanos es casi insoportable. Pero la virtud no consiste en no tener oscuridad, sino en saber que la tenemos y mantener las riendas bien firmes entre las manos.
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