A los treinta me tocó
amar a una mujer que por coincidencia también me amaba bastante. Siempre
estábamos a la caza de momentos perfectos.
Era un día azul y soleado en la playa de Mollendo. Teníamos música. Un sauvignon
blanc Santa Emiliana muy frío. Teníamos queso y jamón. La estrella era, sin embargo, un
salmón ahumado que ubicamos en una mesa baja, a un costado. Brindamos una y
otra vez y cuando, hambrientos, buscamos el pescado, notamos que, justo ahí, un
maldito perro callejero se relamía radiante. Vacilamos sólo un instante antes
de soltar la carcajada. Después de todo los tres éramos completamente felices.
