jueves, enero 22, 2026
Certeza cívica
Dice Ruben Blades que eso de que hay que respetar las ideas ajenas es incorrecto. Las ideas ajenas no se respetan, lo que se respeta es el derecho de los otros a tener ideas estúpidas.
martes, enero 20, 2026
La juventud no está en el corazón
La percepción del futuro es lo que define el presente. Si en nuestra cabeza el futuro se extiende como algo probablemente emocionante, estamos en modo juventud. Pero si el futuro muestra su estricto entramado, estás acabado, compadre.
Siempre se dice que el joven vive inmerso en el presente. Esa desgraciada criatura hace eso solo porque tiene en sus manos un tiempo rebosante de futuro. El presente es un animal salvaje y voraz que se alimenta sin parar de una ficción, un ideal cualquiera. El contenido de una ficción es parte esencial del mobiliario del futuro. Cuándo el futuro aparece amarillento y sin objetos imantados, todo yace trabajosamente sobre la tierra.
Cuando todo yace trabajosamente sobre la tierra, estás acabado, compadre.
jueves, enero 15, 2026
La X de una ecuación desconocida
La mayoría de los personajes de Dostoyevski son temperamentos desenfrenados o patéticos que exhiben una erizada personalidad. Nabokov aseguraba que los personajes de su compatriota eran neuróticos, bipolares y algunos hasta siniestramente psicopáticos. Pero lo que los hace fascinantes es que en el núcleo del alma de estos desdichados bulle el bien y el mal, la furia y la piedad, la sed de sangre y la terrible luz del amor. Quizá por eso encontramos fascinantes esta galería de seres excesivos, quizá por eso Dostoyevski es un clásico vertiginoso.
Toda tragedia representa el conflicto, que genera dolor, entre dos situaciones irreconciliables. La tragedia se origina en la ruptura del curso ideal de las cosas a causa de algo que contradice nuestros deseos. Con frecuencia es producto de una tensión entre el libre albedrío y el determinismo. A diferencia de la tragedia griega que implicaba la destrucción total cuando el héroe se enfrentaba a fuerzas implacables como los dioses o el destino, Dostoievski deja una puerta abierta a la redención, aunque siempre a través del sufrimiento. Dostoyevski era irrevocablemente cristiano y consideraba que solo se podía alcanzar la gracia tratando de entender los insondables caminos del dolor.
martes, enero 13, 2026
La balada del imperfecto imbécil
viernes, diciembre 26, 2025
La mejor imagen de la semana
Mientras cantábamos villancicos el sistema solar se precipitaba a ochenta mil Kilómetros hacia el cúmulo Globular M13 de Hércules.
martes, diciembre 23, 2025
¿El alma pesa menos que un chocolate Sublime?
El problema de la navidad es que es absolutamente imperativo estar poseído por el espíritu navideño. Eso la hace deprimente para algunos desconfiados de las emociones generalizadas.
No recuerdo cuál fue la mejor navidad de mi vida. Lo que sí recuerdo es que, mientras fui esa cosa llamada niño, al llegar diciembre empezaba a percibir una arrolladora invasión de la felicidad. En primer lugar, porque luego del terrible examen final me esperaban tres inmensos meses de vacaciones. La navidad en realidad era el glorioso punto de partida para un verano dedicado exclusivamente a la vagancia.
Por más que lo intenté no pude jamás impresionarme por la noticia del advenimiento del Niño Jesús. Así que si bien la navidad resultaba la fiesta principal del año, lo era por razones menos sagradas de las mencionadas por las autoridades pertinentes. Unos días antes Alfredito, mi padre, sacaba las cajas donde guardaba, cuidadosamente envueltas, las muchas figuritas del nacimiento. Con grueso papel kraft había construido y pintado una escarpada montaña (que contradecía la geografía de Belén). La sagrada familia se ubicaba en una gruta y el niño reposaba sobre una paja ensortijada que fue precursora de las bolitas de tecnopor. En los alrededores se estacionaban no solo los personajes mencionados en la biblia, sino también figuras de todo tipo. Recuerdo que cierto año coloqué devotamente, junto al establo, la versión dinky toys del Aston Martin DB5, del agente 007 (que incluía un par de ametralladoras y el útil eyector para librarse del copiloto).
La navidad, si debo decir la verdad, se nutría de la simple ilusión. A diferencia de los cumpleaños, en navidad, los regalos eran un acontecimiento masivo. La tradición consistía en que nuestros padres, luego de confirmar que estábamos dormidos, colocaban los regalos al pie de nuestras camas. Por eso la mañana del veinticinco, no bien abríamos los ojos, éramos impulsados por un resorte. Inmediatamente después llegaba la hora de comparar. Recuerdo que salíamos a la calle y ahí estaban todos los niños del barrio, con sus inevitables pelotas de fútbol, con sus sombreros vaqueros, con sus pistolas de cebas, con los arcos con flechas con punta de goma, con los rojos carros bomberos que empezaban a aullar. Los juguetes son el verdadero espíritu de la navidad. Los juguetes nos permiten ejercitar el músculo de la imaginación. Los juguetes nos enseñan que la vida es un juego con varios niveles de complicación. Nos enseñan que el verdadero sentido de la existencia se da cuando enganchamos con una dinámica, cuando encendemos la mecha de lo lúdico. Los juguetes son un vehículo para la alegría del ser.
Cierto 25 de diciembre mi padrino, Hernán Pretto, apareció hacia media mañana con Frida Borja, su esposa, y me regalaron un pequeño Volkswagen rojo que se podía conducir remotamente a través de un cable. En aquellos tiempos lo máximo concebible era un camión de madera fabricado por presidiarios del penal de Siglo XX y entonces, ese carrito de bakelita con sus luces que se prendían y se apagaban, con sus ruedas que giraban a derecha e izquierda, nos dejó absolutamente deslumbrados. Todos los niños, que siempre éramos más de los que en realidad éramos, salimos al patio para entregarnos frenéticamente a la fascinación, al asombro, al delirio, al egoísmo, a la envidia. Los Padres y los padrinos quedaron en la sala tomando vermut con pisco y picando algo de queso con aceitunas hasta que, de pronto, me vieron aparecer en la puerta, con la cabeza inclinada en actitud doliente. ¡No le ha durado ni un día!, gritó la tía Frida.
El segundo gran regalo grabado en mi memoria era demasiado pesado. Recuerdo que cuando desperté esa nublada mañana dirigí mi ansiosa mirada hacia los pies de la cama y no vi nada. Un destello de desesperación se apoderó de mí hasta que, luego de pararme, vi que había una gran caja junto a la pata del catre. Allí se amontonaba el tesoro: un serrucho con hojas intercambiables, una segueta para calar triplay, prensas manuales, un hermoso cepillo de madera, un berbiquí, una gubia y muchas, muchas otras más cosas de hermoso metal. Lo que pasaba era que Roland, mi hermano el ingeniero, me había contagiado su fascinación por las herramientas y nuestro padre, atento a tan útiles manías, fue a la ferretería de un amigo suyo y consiguió todo a crédito, un regalo compartido. Demás está decir que la exaltación fue lo suficiente para dejarnos sin aliento, y durante meses estuvimos entregados a hacer proyectos (que rara vez terminábamos). Es necesario confesar, sin embargo, que nunca fui ni medianamente bueno con esos delicados instrumentos. Simplemente me parecían de una belleza irresistible.
El tercer regalo memorable fue el que se convirtió para siempre en mi objeto favorito. Es imprescindible reconocer, además, que en ese momento se estableció definitivamente mi reputación de bicho raro. Fue una navidad en la que, junto a mi pie derecho, perfectamente envuelta en papel verde con rojo, yacía extrañamente apacible la más famosa novela de Daniel Defoe. Ahí, entre páginas como esas, encontré el más emocionante de todos los juguetes.
lunes, diciembre 22, 2025
¿Por qué hablo en español?
Si no hubieran ocurrido un par de cosas, probablemente hoy estaría hablando quechua o puquina. Y si la historia hubiera tomado otros rumbos, quién sabe, tal vez estaría gesticulando en otro lugar, soltando palabras en inglés o en chino. Pero ¿por qué hablo español? ¿Por qué soy como soy?
Este idioma mío encierra una evidencia vital. Es cierto que lo hablo porque nací en él, porque me fue dado como el aire. Pero también lo hablo porque es un territorio compartido, un espacio donde cada palabra nos conecta con una memoria que no es solo la nuestra. En la voz de cada uno de nosotros resuenan los ecos de quienes lo hablaron antes, y la promesa de quienes lo hablarán después. Nuestra manera de usar el idioma contiene toda una historia. Y todas las historias contenidas en la Historia tienen mucho de feroz y de admirable, de salvaje y de civil. Corre sangre en nuestras venas: de intensidad, de dolor y de ilusión. Tanta energía emocional multiplica las formas del lenguaje y sus fascinantes extravíos.
El español, además, posee una versatilidad expresiva y una riqueza cultural que son fruto de su amplia distribución geográfica y de su profunda historia marcada por el mestizaje. Esta diversidad ha dado lugar a una enorme variedad de dialectos, modismos y matices que enriquecen su vocabulario y sus formas de expresión. Cada variante carga con su propia música, su propia manera de nombrar el mundo, su propia corporeidad.
Y es que el español destaca, sobre todo, por su capacidad de transmitir emociones con una musicalidad y una calidez únicas. Hay en él un sonido nítido que parece expresar a una carnalidad que late con contundencia a la hora de las derivas poéticas, a cierto destello en los globos oculares.
Siguiendo esta idea, tengo que concluir que esta mi ciudad funciona al mismo ritmo que su manera de hablar. Que este misterioso Perú se ama y se odia a sí mismo usando principalmente este lenguaje. Y que estos 500 millones de personas en toda la faz del planeta dejan escapar las mismas palabras de asombro por ser tan dolorosamente diferentes, y tan insoportablemente parecidos.
Pero el idioma también participa en nuestras más terribles aventuras. Muchos ya nos han advertido que cuando las palabras pierden su sentido, también se debilita nuestra capacidad de pensar. La advertencia no es menor: si dejamos que el idioma se disuelva, lo que ponemos en riesgo no es solo la belleza de la expresión, sino nuestra lucidez. Un lenguaje pobre engendra un pensamiento pobre. Y un pensamiento pobre, tarde o temprano, se convierte en una acción equivocada.
Es importante, entonces, no olvidar que la historia del idioma está siempre marcada por fuerzas poderosas. Con frecuencia, unas lenguas se imponen a otras. Y al hacerlo, sofocan memorias, clausuran formas de ver la realidad y hieren la dignidad de pueblos enteros. Cada palabra perdida no es solo un silencio: es un fantasma que va penando en la gran casa que hemos heredado. Recordar este hecho no nos debilita; al contrario, nos hace más conscientes de la responsabilidad que implica un idioma, atentos siempre a la complejidad de nuestras raíces.
Hace ya bastante tiempo que comprendimos que somos animales hechos de signos. Y los signos que conforman nuestra esencia pertenecen a un idioma que ha navegado por el turbulento río de la historia, asimilando insólitas raíces y resolviendo contradicciones. Nuestro idioma se ha convertido en un reflejo de lo que fue, de lo que es y de lo que será una parte enorme de este planeta. Y si hay algo que, por obvio, es francamente emocionante, es que el idioma es la nave mejor equipada para viajar hacia el otro: el despliegue de una mente que de pronto se encuentra con el despliegue de otra mente.
Entonces hablar español no es solo una situación accidental o geográfica. Es la coordenada esencial desde donde vemos y comprendemos el mundo. Porque en cada palabra que pronunciamos, se agita un fragmento de nosotros mismos. En el idioma late el pulso de una identidad que se niega a ser definida y que, por eso mismo, se llena de posibilidades. Al final, hablar español es habitar un territorio vasto y contradictorio. Es asumir que, en ese acto cotidiano, está cifrada una verdadera aventura de pertenencia, de memoria y creación.
Para terminar quisiera agregar que al final del día el lenguaje no es únicamente la herramienta de la lucidez; es también el vehículo de lo inefable. A veces, sirve para transmitir cosas tan urgentes como aquello de que "la alegría está en re mayor y lleva trompetas". Y es que cuando el idioma se pone la boina del poeta, deja de ser solo un medio de comunicación. La poesía se convierte en un espacio donde el lenguaje se transforma en un rito, en algo que se remite a ese tiempo en que lo usábamos para comunicarnos no solo con los demás, sino con eso que está por allá... más allá... justo en medio de ninguna parte.
martes, diciembre 16, 2025
Lo incontable es lo que cuenta
domingo, diciembre 14, 2025
Delitos de lesa modernidad
Un día un amigo me dijo que, en el fondo, soy un poeta místico, y que todo ese interés por la ciencia en mis textos es solo el toque que convierte mis poemas en una especie de plegarias paganas del siglo XXI. Y, la verdad, algo de razón tiene. Mucha gente ve el lenguaje científico y tecnológico no solo ajeno, sino hasta enemigo de la poesía. Pero cuando pongo esos metálicos conceptos al lado de imágenes tradicionales o de lo que solemos llamar “lo bello”, se produce un contraste interesante. Salta una chispa que transforma dos formas demasiado establecidas.
En realidad mi trabajo poético está en permanente modo interrogativo. Y una de las grandes preguntas es dónde mierda estoy parado.
Si me preguntan qué define a nuestra época, podría mencionar cosas como la tiranía del milisegundo, la superposición constante de todo o la famosa “modernidad líquida”. Pero creo que hay algo más simple y más cotidiano: la sorpresa. Nunca hemos vivido expuestos a tantos impactos inesperados, tantos estímulos, tantas noticias, tantos descubrimientos y cambios, y al final todo lo sorprendente se volvió rutina. La gran sorpresa es que seguimos sorprendidos de estar siempre sorprendidos. Ese ritmo lo han hecho posible la ciencia, la tecnología y la manera en que circula la información.
Por eso, sí: de algún modo las ciencias exactas sustentan mi relación con el lenguaje. Me dan un ambiente, un tono, una manera de mirar. Me permiten escribir desde ese lugar raro donde la lógica convive con lo misterioso, donde una ecuación puede llevarte a una emoción y una imagen poética puede salir de un algoritmo.
viernes, diciembre 12, 2025
Un fotón es luz que sale de la oscuridad del átomo
jueves, diciembre 11, 2025
Las complejas poleas conceptuales del Super Ratón
lunes, diciembre 08, 2025
¿Siempre dices todo lo que pasa por tu estúpida cabeza?
En una reciente intervención pública, Tarantino, dejando fluir sin freno su enorme ego, dijo lo que opinaba contra el actor Paul Dano. A partir de ese episodio volvió a circular el viejo argumento de que vivimos en un mundo donde la mayoría de las personas rara vez dice lo que realmente piensa y que, para remediarlo, todos deberían expresarse sin reservas. Pero si se me concede la franqueza que esta doctrina celebra, diré sin rodeos que tal premisa es una tontería monumental, propia de un pensamiento igualmente torpe.
¿Por qué? Porque si todos verbalizáramos sin filtro lo que se nos cruza por la mente, perderíamos algo mucho más sofisticado: la capacidad de leer más allá del lenguaje frontal. La convivencia no se sostiene en declaraciones literales, sino en matices, gestos, silencios y contextos; en ese tejido sutil de signos que revela lo que las palabras omiten. La clave no es exigir sinceridades brutales, sino desarrollar la perspicacia necesaria para comprender lo que ocurre bajo la superficie.
Los grupos donde cada cual dice todo lo que piensa no se vuelven más auténticos, sino más ininteligibles: la gente queda atrapada en posiciones ofensivas o defensivas, incapaz de escucharse, y la verdad, esa verdad que se supone emerge de la lengua desatada, termina diluyéndose. La comprensión profunda exige menos arrebatos de sinceridad y más inteligencia interpretativa.
Ilustración: Carlos Runcie Tanaka
Solo contestaré en presencia de mis abogados
No hace mucho en un bar una amiga dijo (usando un enérgico tono de voz) que los arequipeños tendríamos que preferir la cerveza arequipeña. E...
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