sábado, septiembre 17, 2005
El pan de yema y el Pibe
Un niño llevó una tibia porción de pan de yema al jardín de infancia. Investigué el origen de aquel bocado. Su progenitora horneaba panecillos. Imaginé que aquella madre era tierna y dulce y de piel vivamente aromática. La verdad, como es usual, no encajaba exactamente en la realidad. La mujer era tierna y dulce, y aunque nunca averigüé si su piel era balsámica, una tarde, al visitar a mi amigo, descubrí que los panes no eran amasados y horneados por una mujer demasiado hermosa. Mi condiscípulo, por otro lado, era un sujeto que se había amargado tempranamente al descubrir que hace falta toda una vida para aprender a vivir (y todo eso), pero quedará siempre en alguna parte de mi memoria porque tuvo el detalle de obsequiarme con un panecillo de yema de excelente sabor. Yo tenía cuatro años y aún no había adquirido la terrible adicción a los mariscos marinados en jugo de limón.
Otro impacto memorable en mi remota infancia fue el Pibe, un helado de vainilla de Donofrio. Yo estaba acostumbrado a engullir chupetes rojos, verdes y anaranjados que se fabricaban en un local de la calle Jerusalén, frente al colegio San Francisco. Los chupetes rojos eran de fresa, los anaranjados de naranja y los verdes de manzana. Alguien me contó que existían los azules, pero esos excedían todo límite y toda expectativa. Eran muy dulces y muy fríos. Yo había devorado miles de chupetes de todos los colores antes de probar el primer pibe de Donofrio. Aquel helado de crema con sabor a vainilla fue el indicio fundador de que existía un mundo inédito y gratificante más allá de los confines de mi aldea natal.
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