martes, diciembre 09, 2008

la trágica imposibilidad de la locura


La obra más lúcida escrita por el hombre probablemente sea Hamlet. Shakespeare desliza ahí dos asuntos terriblemente radicales: que la vida es una experiencia esencialmente negativa, y que la condición humana por excelencia implica un cierto estado de enajenación (en el que superponemos la ficción a lo real, la impostura a la autenticidad). El sorprendente amor por la vida que gastan los seres humanos sólo encontraría una explicación en la demencia estructural del universo humano. El príncipe Hamlet es alguien cansado de querer encontrar un sentido a lo dolorosamente disparatado de la existencia. El conocido graffiti "La vida es una enfermedad que se transmite sexualmente" podría haber sido pintado en un muro de Elsinor.
Hamlet no sólo considera que la vida mancilla de hecho toda castidad sino que el desencanto de Hamlet tiene amplio registro y va más allá de lo incidental proyectándose hacia todo lo posible. Porque Hamlet no queda impactado por una circunstancia infeliz, sino que su mirada es honda y abismal, y juzga a la existencia como un todo en el que objetivamente no hay esperanza.
Pero Hamlet no llega a proponer que la vida es en realidad el infierno ideado por una astuta deidad. Más bien sugiere que la calcinante disfuncionalidad de lo humano radica en el hecho de ser avasallados por la maquina implacable que es ese cosmos donde lo nítido esta fuera de nuestro alcance, donde no hay certezas salvadoras, donde (salvo que nos engañemos) todo está lejos de nuestro entendimiento (más cosas hay en el cielo y en la tierra de las que sueña tu filosofía). La lucidez de Hamlet tiene tal alcance que lo lleva a un muy coherente colapso. La vida, como la conocemos los humanos, es una forma de locura. Pero Hamlet es incapaz de encontrar convicción en su pantomima. Se hace el loco porque no puede ser loco. Sus últimas palabras cuando por fin es salvado por la tragedia se remiten a la ausencia de lenguaje: el resto es silencio. Por fin.

martes, julio 15, 2008

Beata Beatrix


Erraba Dante Aligheri por las calles de Florencia cuando avistó a Beatriz. Ambos tenían nueve años. Como es natural el pequeño Dante no tomó plena conciencia que aquel instante se apoderaría poco a poco de todo el universo. Que sería un instante que brillaría entre los granos de arena de la playa. Esa hermosa mañana de julio de 1274 Beatriz lucía un vestido profundamente rojo. Fue el nacimiento de una nueva religión. Nueve años después, exactamente a las nueve de la mañana, Dante se topó una vez más con Beatriz. En esta ocasión vestía de blanco y le hizo una seña a manera de saludo. Dante regresó calmadamente a su casa y tuvo un sueño: Beatriz yacía desnuda ante él ostentando (cruelmente) los signos despóticos de la simetría.
Ilustración: Dante Gabriel Rossetti, Beata Beatrix.

sábado, julio 05, 2008

José Ruiz Rosas



Un artista verdadero siempre mira hacia atrás,
para ser capaz de ir hacia delante.
Miles Davies

Hace miles de años, cuando yo era sólo un niño, entré a la librería Trilce, en la calle Palacio Viejo, muy cerca del cine Azul. Un joven empleado me atendió y luego de escuchar mis absurdas pesquisas me mostró, sin ocultar su impaciencia, la ruta hacia la calle. Cuando ya me disponía a abandonar tristemente aquel extraño local, observé como un sujeto barbado atravesaba raudamente la habitación. Era don Pepe, que por primera y única vez en su vida me confundió con un adulto, y que, para mi desconcierto, ocupó los siguientes treinta minutos mostrándome libro tras libro, no sólo sobre los extravagantes asuntos que me interesaban en aquellos tiempos, sino sobre otras cosas no desprovistas de interés. Fue así como aprendí que los libros eran máquinas de papel que, por medio de un proceso alquímico, daban forma humana al territorio desconocido del espacio exterior (e interior).
Años después, cuando me junté con algunos amigos para fundar la revista Roña (lo mejor de nuestros calcetines) lo primero que hicimos fue ir a tocar la puerta de Villalba 426. Recuerdo que cada uno cargaba un mugriento fólder con abundante material lírico, y recuerdo que éramos muy jóvenes y muy conchudos. Mientras exponíamos vigorosamente nuestra arte poética espiábamos, entre frase y frase, las reacciones de don Pepe, sin poder sacar absolutamente nada en claro. El legendario poeta nos escuchaba con los ojos entrecerrados: una vaga sonrisa flotaba amablemente entre sus barbas. En aquellos tiempos todos estábamos seguros que había algo urgente que descubrir en cada uno de nosotros, en lo que hablábamos, en lo que escribíamos. Todos ansiábamos desesperadamente una seña, una simple seña de reconocimiento. Pero el bardo, nuestra única esperanza en este mundo, no parecía demasiado interesado. Cuando finalmente bajamos la cabeza pensando que quizá había sido una mala idea molestar a aquel señor, don Pepe bruscamente se incorporó y sin decir una palabra, abandonó la habitación. Demoró un buen rato, hay que decirlo, y justo cuando ya estábamos contemplando la idea de deslizarnos subrepticiamente hacia la puerta, se materializó frente a nosotros con un montón de libros. A cada uno le tocó el material exacto de lectura, autores que eran coherentes con lo que estábamos trabajando, autores que inmediatamente se sumaron a don Pepe como imprescindibles maestros. Recuerdo que cuando salimos, felices, uno de nosotros exclamó: “Ese viejo escucha hasta cuando parece que no escucha”.

La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre, afirmaba Luis Cardoza y Aragón. Y, fuera de bromas, a pesar del escaso interés que despierta entre las mayorías, la poesía es sin duda la forma más sofisticada del lenguaje. Y el lenguaje articulado, qué duda cabe, es el atributo humano por excelencia, la razón por la cual el hombre ha podido inventar un nuevo universo. Desde que tengo memoria la materialización, la viva imagen del poeta ha sido José Ruiz Rosas. Ciertamente han ayudado a esa identificación los diversos lauros alcanzados y su generosa participación en la cultura pero, claro, el elemento concluyente ha sido la elevada calidad de su obra.
Algunos críticos han puesto el énfasis al analizar la obra de Ruiz Rosas en la porfiada apuesta por formas arcaizantes que, nos aseguran, implica un deseo de insertarse en la tradición española. Tal vez, pero yo me atrevería a asegurar que su opción particular revela no sólo una forma de conjurar el caos, sino que en la práctica implica una confrontación, una franca rebeldía, contra la tiranía de las convenciones coyunturales. En la obra de José Ruiz Rosas se puede vislumbrar siempre el irónico resplandor de su mirada distante, siempre un poco al margen del mundanal ruido de la moda literaria, apuntando con métrica precisión a esa zona donde se vislumbra el drama cósmico de lo cotidiano. Sus sonetos, tan admirablemente diseñados, nos abren el camino a la mirada del poeta, una mirada conmovida, pero generosa, que jamás se anima a la violencia de juicios provocadores o imágenes chocantes. Seguramente en eso concuerda con el también barbado Nietzsche, que afirmaba que con truenos y fuegos de artificio hay que hablar a los sentidos flojos ya que la voz de la belleza habla quedo y sólo se insinúa en las almas más despiertas.
Pero la obra de José Ruiz Rosas, siendo un logro mayor y ejemplar, no se limita a la palabra escrita. Durante por lo menos tres décadas Arequipa, la ciudad que conquistó su corazón, se benefició de su inspiradora actividad como generoso anfitrión y como incansable promotor de la cultura. Recuerdo que cuando fue nombrado director del Instituto Nacional de Cultura de la región se consolidó un momento de florecimiento creativo sin precedentes. Insólitamente, esta excitación pareció inflamar a un público anteriormente reacio, que de pronto empezó a acudir con regularidad a cada evento. La dimensión intelectual de José Ruiz Rosas atrajo a muchos de los más grandes escritores y artistas nacionales, algunos de los cuales hasta se alojaron en la legendaria casa de la calle Villalba. Esta casa, sin duda, merece mención especial, porque durante varios lustros fue el centro informal de la cultura arequipeña. Allí se planearon libros, revistas, exposiciones y hasta conciertos. El debate, en busca de solucionar interrogantes, fue fluido y nutritivo.

José Ruiz Rosas es sin duda uno de los poetas peruanos clave del siglo XX y su influencia, especialmente en su amada Arequipa, es algo que se procesará en este nuevo siglo.

Foto: Sergio Carrasco.

lunes, junio 23, 2008

El extraño caso de la dra. Jill Bolte Taylor


Hay ocasiones en que caer enfermo no es una completa desgracia. Andre Gide decía en su diario que las enfermedades son llaves que nos pueden abrir ciertas puertas. Termina su frase con un martillo: Nunca he encontrado a uno de esos que se jactan de salud perfecta que no sea un poco tonto por algún lado. No todos estaremos de acuerdo con Gide, pero sin duda la neuroanatomista Jill Bolte Taylor tiene buenas razones para concordar. Quizá no tanto por la repentina celebridad que le concede un privilegiado lugar en la lista de best sellers del New York Times (en la categoría de no ficción) sino porque parece haber quedado definitivamente inflamada por su visita al paraíso perdido.
Todo empezó la mañana del 10 de diciembre de 1996, cuando un vaso sanguíneo estalló en la laboriosa masa encefálica de la joven doctora. Todo empezó con un matutino y muy agudo dolorcito detrás del ojo izquierdo. Años después explicaría al entusiasta público reunido en California por TED (Ideas worth spreading) que no fue algo exagerado, que solo fue como si le hubiese dado un mordisco a un helado recién sacado del fondo del freezer. Hasta ese momento la Dra. Jill Bolte Taylor había dedicado su vida al estudio del cerebro humano, y era ya una de esas académicas altamente competitivas de la universidad de Harvard. En su relato cuenta que llegó a la conclusión que dado que el dolor era intermitente prefirió creer que este se disiparía tan misteriosamente como había aparecido. Así que sin darle demasiadas vueltas al asunto se embarcó en su rutina. Pero de pronto, mientras se afanaba sobre la máquina de gimnasia, observó sus manos. No eran manos, eran garras. Y entonces miró su cuerpo. Que cosa tan rara que soy, se dijo a sí misma. Decidió ducharse para que se la pase la locura, y mientras avanzaba por el departamento con pasos extremadamente deliberados se tambaleó, trastabilló, apoyándose contra la pared. Fue entonces cuando notó algo que jamás había advertido: no existían límites entre su cuerpo y la pared. Su cuerpo no tenía un comienzo ni un final. Todo era una constelación de átomos y moléculas. Ella era energía sin forma. Y justo en ese preciso momento –como si alguien hubiese puesto “mute” en el control remoto- se hizo el más absoluto de los silencios. Como le era imposible distinguir los límites de su cuerpo la Dra. Bolte se sintió –nada menos- como un genio recién rescatado de su botella. Y su espíritu viajó libre como una gran ballena en un mar de euforia silenciosa. Una idea fue abriéndose paso lentamente: no había manera en que pudiese volver a meter esa enormidad dentro del cuerpo de tan mezquinas proporciones que le había tocado en suerte. La magnificencia de lo que la rodeaba la sumió entonces en un estado de éxtasis absoluto hasta que, de pronto, desde el fondo, una voz interior se puso desesperadamente en línea: ¡Tenemos un problema! ¡Tenemos un problema! ¡Busquemos ayuda! ¡Es un ataque cerebral! Su agónica y vieja mente saturada de todo lo aprendido trataba de recuperar el terreno perdido en el sangriento accidente de su encéfalo. Y la angustiada científica, luego de una hora de increíbles esfuerzos, consiguió por fin gruñir, o graznar, o ladrar (porque había olvidado el lenguaje) y envió su mensaje. Poco después los cirujanos le arrancaron del lado izquierdo de su cabeza un coagulo del tamaño de una bola de golf. Y pasó los siguientes nueve años sometida a agotadores ejercicios de rehabilitación. ¿Pero porqué había tenido esa tan conmovedora visión de un universo no fragmentado? ¿Cómo había alcanzado esa comunión espiritual, ese nirvana?
La explicación, como la cuenta la Dra. Jill Bolte Taylor (en su ya famoso libro My stroke of insight), es el fascinante testimonio de lo que hay más allá del territorio urbanizado por el lenguaje y la racionalidad. Ocurre que el cerebro está básicamente dividido en dos hemisferios asimétricos que resuelven cosas diferentes y que en consecuencia tienen “personalidades” disparejas. El derecho es un procesador en paralelo y su exclusivo tema es la crónica del instante. Su estilo es la sensualidad (aprende a través del movimiento del cuerpo) y su modo de expresión son las imágenes, que usualmente se despliegan en un inmenso collage de arte moderno. Para este lado el universo es único e indivisible y nosotros estamos inmersos en eso, somos eso. Para el lado izquierdo en cambio existe la famosa dicotomía entre uno y el universo. El Izquierdo entonces es un procesador en serie: piensa lineal y metódicamente, analiza detalles y ordena, clasifica y organiza. Asocia lo inmediatamente registrado con todo lo aprendido anteriormente y lo proyecta hacia el futuro. Piensa en lenguaje, en conceptos. Al final desarrolla una interpretación que es un domicilio mental (chiquito pero con todas las comodidades) donde uno puede vivir tranquilamente. El lado izquierdo de nuestra testa es donde se origina entonces esa voz interior que desarrolla el monologo interior. Esa voz que dice: Yo soy, yo soy, yo soy. El lado izquierdo es en consecuencia (también) el nido donde empolla la soledad.
Cuando uno baja el popularísimo video de YouTube (en http://mx.youtube.com/user/dotcom97) donde la dra. Jill Bolte Taylor cuenta su experiencia lo primero que llama la atención es el tono exaltado, de auténtica iluminada. Lo que pasa es que tal vez esta científica tan rigurosa de pronto se dio cuenta que, en cierto modo, el origen de todo lo humano está en ese trozo de materia cerebral ubicado a la izquierda, y que a la derecha reside nada menos que Dios en todo su salvaje esplendor. Uno hasta podría pintar un icono para colgarlo en la cabecera de la cama.
Ilustración: Women and Bicycle, por Willem De Kooning.

A título personal

  Era popularmente conocido como "Diecinueve", porque fue el último y el más alegre de los  vástagos que tuvo el músico de la alde...