martes, agosto 18, 2015

La mandíbula de Westphalen








Durante mi primer viaje a Roma, en 1974, tuve al mejor guía que uno pudiera concebir. Onassis no habría sabido pagarse un cicerone de esa calidad. Porque el agregado cultural de la embajada del Perú era Emilio Adolfo Westphalen, a quien había frecuentado el año 70 en Lima. Emilio, gran poeta, hombre de la rica y mal conocida vanguardia estética sudamericana, era también un latinista y un enamorado de la historia de Roma. Caminamos por las viejas piedras capitolinas y me habló con emoción de Julio César, de los poetas Horacio y Virgilio, del emperador Augusto, de muchos otros. Conocía de memoria los lugares claves, las grandes encrucijadas. El poeta hablaba con una curiosa vacilación, con un temblor erudito y lírico, y los datos, los versos, los maravillosos encuentros de personajes, se iban desgranando a lo largo del paseo, que recuerdo como uno de los mejores de mi vida. Al final entramos a una trattoria que él conocía bien, me parece que en el barrio del Trastevere, y devoramos unos tallarines sencillamente inolvidables. A Emilio le chorreaba la salsa, no sé si de pesto, carbonara, bolognesa, y la mandíbula le temblaba de felicidad pura.
(Jorge Edwards. La muerte de Montaigne. Tusquets 2011)