lunes, junio 23, 2008

El extraño caso de la dra. Jill Bolte Taylor


Hay ocasiones en que caer enfermo no es una completa desgracia. Andre Gide decía en su diario que las enfermedades son llaves que nos pueden abrir ciertas puertas. Termina su frase con un martillo: Nunca he encontrado a uno de esos que se jactan de salud perfecta que no sea un poco tonto por algún lado. No todos estaremos de acuerdo con Gide, pero sin duda la neuroanatomista Jill Bolte Taylor tiene buenas razones para concordar. Quizá no tanto por la repentina celebridad que le concede un privilegiado lugar en la lista de best sellers del New York Times (en la categoría de no ficción) sino porque parece haber quedado definitivamente inflamada por su visita al paraíso perdido.
Todo empezó la mañana del 10 de diciembre de 1996, cuando un vaso sanguíneo estalló en la laboriosa masa encefálica de la joven doctora. Todo empezó con un matutino y muy agudo dolorcito detrás del ojo izquierdo. Años después explicaría al entusiasta público reunido en California por TED (Ideas worth spreading) que no fue algo exagerado, que solo fue como si le hubiese dado un mordisco a un helado recién sacado del fondo del freezer. Hasta ese momento la Dra. Jill Bolte Taylor había dedicado su vida al estudio del cerebro humano, y era ya una de esas académicas altamente competitivas de la universidad de Harvard. En su relato cuenta que llegó a la conclusión que dado que el dolor era intermitente prefirió creer que este se disiparía tan misteriosamente como había aparecido. Así que sin darle demasiadas vueltas al asunto se embarcó en su rutina. Pero de pronto, mientras se afanaba sobre la máquina de gimnasia, observó sus manos. No eran manos, eran garras. Y entonces miró su cuerpo. Que cosa tan rara que soy, se dijo a sí misma. Decidió ducharse para que se la pase la locura, y mientras avanzaba por el departamento con pasos extremadamente deliberados se tambaleó, trastabilló, apoyándose contra la pared. Fue entonces cuando notó algo que jamás había advertido: no existían límites entre su cuerpo y la pared. Su cuerpo no tenía un comienzo ni un final. Todo era una constelación de átomos y moléculas. Ella era energía sin forma. Y justo en ese preciso momento –como si alguien hubiese puesto “mute” en el control remoto- se hizo el más absoluto de los silencios. Como le era imposible distinguir los límites de su cuerpo la Dra. Bolte se sintió –nada menos- como un genio recién rescatado de su botella. Y su espíritu viajó libre como una gran ballena en un mar de euforia silenciosa. Una idea fue abriéndose paso lentamente: no había manera en que pudiese volver a meter esa enormidad dentro del cuerpo de tan mezquinas proporciones que le había tocado en suerte. La magnificencia de lo que la rodeaba la sumió entonces en un estado de éxtasis absoluto hasta que, de pronto, desde el fondo, una voz interior se puso desesperadamente en línea: ¡Tenemos un problema! ¡Tenemos un problema! ¡Busquemos ayuda! ¡Es un ataque cerebral! Su agónica y vieja mente saturada de todo lo aprendido trataba de recuperar el terreno perdido en el sangriento accidente de su encéfalo. Y la angustiada científica, luego de una hora de increíbles esfuerzos, consiguió por fin gruñir, o graznar, o ladrar (porque había olvidado el lenguaje) y envió su mensaje. Poco después los cirujanos le arrancaron del lado izquierdo de su cabeza un coagulo del tamaño de una bola de golf. Y pasó los siguientes nueve años sometida a agotadores ejercicios de rehabilitación. ¿Pero porqué había tenido esa tan conmovedora visión de un universo no fragmentado? ¿Cómo había alcanzado esa comunión espiritual, ese nirvana?
La explicación, como la cuenta la Dra. Jill Bolte Taylor (en su ya famoso libro My stroke of insight), es el fascinante testimonio de lo que hay más allá del territorio urbanizado por el lenguaje y la racionalidad. Ocurre que el cerebro está básicamente dividido en dos hemisferios asimétricos que resuelven cosas diferentes y que en consecuencia tienen “personalidades” disparejas. El derecho es un procesador en paralelo y su exclusivo tema es la crónica del instante. Su estilo es la sensualidad (aprende a través del movimiento del cuerpo) y su modo de expresión son las imágenes, que usualmente se despliegan en un inmenso collage de arte moderno. Para este lado el universo es único e indivisible y nosotros estamos inmersos en eso, somos eso. Para el lado izquierdo en cambio existe la famosa dicotomía entre uno y el universo. El Izquierdo entonces es un procesador en serie: piensa lineal y metódicamente, analiza detalles y ordena, clasifica y organiza. Asocia lo inmediatamente registrado con todo lo aprendido anteriormente y lo proyecta hacia el futuro. Piensa en lenguaje, en conceptos. Al final desarrolla una interpretación que es un domicilio mental (chiquito pero con todas las comodidades) donde uno puede vivir tranquilamente. El lado izquierdo de nuestra testa es donde se origina entonces esa voz interior que desarrolla el monologo interior. Esa voz que dice: Yo soy, yo soy, yo soy. El lado izquierdo es en consecuencia (también) el nido donde empolla la soledad.
Cuando uno baja el popularísimo video de YouTube (en http://mx.youtube.com/user/dotcom97) donde la dra. Jill Bolte Taylor cuenta su experiencia lo primero que llama la atención es el tono exaltado, de auténtica iluminada. Lo que pasa es que tal vez esta científica tan rigurosa de pronto se dio cuenta que, en cierto modo, el origen de todo lo humano está en ese trozo de materia cerebral ubicado a la izquierda, y que a la derecha reside nada menos que Dios en todo su salvaje esplendor. Uno hasta podría pintar un icono para colgarlo en la cabecera de la cama.
Ilustración: Women and Bicycle, por Willem De Kooning.