miércoles, mayo 23, 2018

Philip Roth/El teatro de Sabbath/p. 483/



Un argumento de la existencia de Dios son los orgasmos
(Que bailan en la cabeza de un alfiler)
La madre del microchip
El triunfo de la evolución
(Junto con la retina y la membrana timpánica)
La maquinaria de su éxtasis habría deslumbrado a Tomás de Aquino
(Si este hubiera sido capaz de experimentar su economía)
Usted (sí, usted) podría desarrollar algo similar
En medio de la frente
(Como el ojo del cíclope)
¿Para qué necesitan joyas las mujeres?
¿Qué es el rubí?
Y eso está ahí por ninguna razón
(Solo por la razón por la que está ahí)
No para que corra agua a su través
No para diseminar simiente
Un clítoris siempre incluido en el paquete
(Como el juguete en el fondo de la vieja caja de corn flakes)
El más simple regalo de cualquier Dios
(Y las chicas aclaman a su Hacedor)

(Un ser con auténtica debilidad por las damas)

sábado, mayo 19, 2018

El asesino

Sentí el impulso de saltar hacia adelante y sacudir, patear, destrozar. Los días pasaban como pasan los días. Con incidentes. Llenos de crímenes obligatorios. Y tal vez es imprescindible actuar porque alguna gente contiene un código potencialmente peligroso. O quizá alguien en lo alto de un edificio decide alcanzar “el voluptuoso coronamiento de ser a la vez víctima y agresor”. Hay amplios catálogos para toda ferocidad. Y todo ocurre en un día cualquiera, mientras las multitudes transitan con los periódicos extendidos. Y las horas de sus vidas, “en sus pequeños ataúdes”, van flotando detrás de cada individuo. De todos. Malditos criminales. Y yo estaba ahí, esperando como siempre. Persistiendo. Porque somos organismos tachonados de reflejos condicionados y el más importante de todos es uno que se refiere a la afirmación. Es un comando que dice: ¡Sigue! Y hay un mandamiento que ordena: ¡No matarás! Por eso cuando estuve seguro que aquel individuo jamás volvería a deambular en estado de gracia por las calles de Arequipa sentí desazón. Luego de dar un paso adelante se enciende una luz de emergencia. No hay nada más torturado que el corazón de un asesino. Más allá de los límites hay (siempre) un territorio alumbrado por un sol rojo.
Pero de pronto vislumbré que (en cierto modo) ese sujeto no era otro sino alguien que pesaba lo mismo que yo, que medía lo mismo que yo, que comía malaya frita y sarza de tolinas (lo mismo que yo). Ese alguien era alguien caído accidentalmente desde otro anillo de la intrincada geometría de las variaciones. Tal vez (entonces) la lucha clásica contra nuestros enemigos no es más que una licencia poética.
-¿Fue (entonces) un error realizar lo ineludible?
Ilustración: Blinky Palermo composiction with 8 red rectangles.

viernes, mayo 11, 2018

La leyenda de Edmundo de los Ríos II






En Arequipa no paraban de hablar de un tipo flaco que había sido galardonado en Cuba y México. Juan Rulfo le había dedicado una frase ígnea: Con Edmundo de los Ríos se inicia la literatura de la revolución. En todos los cenáculos culturales de los años setenta se hablaba y hablaba. En Arequipa los sitios eran tres. En primer lugar estaba El Capri, un bar restaurante que Guillermo Mercado había consagrado. Las diarias conversaciones eran cívicas y los mozos distribuían tacitas de café y, solo para los más peligrosos, vasos con una dosis precisa de pisco con vermuth. Tengo entendido que Edmundo de los Ríos solía atusarse el bigote en una silla contigua a la de Guillermo Mercado. El segundo lugar que imantaba intelectuales era la casa de don Pepe Ruiz Rosas, en la calle Villaba. Fue probablemente ahí donde me presentaron al novelista. La casa de don Pepe era el lugar donde cada 14 de mayo se podían encontrar los miembros de todas las generaciones. Una pierna de cordero al romero salía del horno en un momento de jolgorio, y Edmundo de los Ríos alzaba su tinto soltando exclamaciones. El tercer lugar  era donde los debates filosóficos alcanzaban conclusiones universales. En realidad el tercer lugar no era un lugar sino varios: en la plaza de armas estaban el Far West y el Room dairy. Cerca de ahí El Barcelona. Y al final de la calle Mercaderes El Bangú y el Todos Vuelven. Salvo el Far west todos eran bares con mesas de fórmica. El Far West se distinguía porque era un salón de té europeo que incluía sillas vienesas, posters de Pan-Am, y una anciana suiza muy malgeniada. Los otros bares eran  lugares de belleza puramente interior. La épica y la lírica, la cerveza arequipeña y los piscos adulterados conspiraban para generar una hermosa euforia provinciana.
Edmundo de la Ríos tenía un sentido del humor de espadachín. Literalmente. Cuando la argumentación se empantanaba alzaba la nariz y retaba a un duelo justo al eventual discutidor. Edmundo era flaco y de piernas muy largas y solía entonces alzar sus grandes zapatos. Normalmente nadie quedaba demasiado herido porque el impacto solía ser controlado (y porque el resto de celebridades insistían en armisticios). Pero en cierta ocasión, en el Capri, nada menos, un poeta de saco y corbata se levantó indignado y desapareció. Cuando todos ya habían recobrado la alegría el poeta empujó la puerta batiente y esgrimió su Colt 45.
Edmundo de los Ríos leía muchísimo. Siempre aparecía con un libro entre manos y, con voz devota, recitaba los pasajes más brillantes, esos que valían no solo como letra, sino también como música. Cuando pasaba las páginas parecía que las acariciaba. Pero no solo amaba los innumerables libros que tenía, sino que codiciaba los que no poseía. Recuerdo que al visitar mi biblioteca se encaprichó con Literaturas germánicas medievales, un librito de Borges que yo había conseguido en tapa dura. Me ofreció a cambio una botella de ron Pomalca y, como bonus, La Torre de las paradojas, de César Atahualpa Rodríguez.   Luego, por alguna razón, me persiguió durante semanas para convencerme de que le venda la Fenomenología del espíritu, de Hegel, libro que, como todo el mundo sabe, está infectado por el oscurantismo retórico.
Edmundo de los Ríos escribía mucho. Viajaba intempestivamente, se paraba en la Variante de Uchumayo y trepaba al primer camión. Los choferes se entretenían contándole su vida y, en cierta época, anunció oficialmente que sobre su escritorio bullía una novela sobre camioneros. De esta manera Edmundo recorrió la Panamericana buscando sitios para levantar su campamento. Recuerdo que contó los detalles de su larga estadía en una caleta de pescadores donde escribió mucho y se hizo marinero.
Una mañana regresó de uno de sus viajes con el manuscrito de Los locos caballos colorados. Era un montón de páginas escritas en papel biblia llenas de garabatos. Me dijo que podía echarle un vistazo pero que, lamentablemente, no podía dejarlas a mí cuidado por más de 10 o 15 minutos. Quizá media hora. Es que su obra estaba siempre en progreso. No acababa de escribir algo, cuando ya estaba viendo otra posibilidad. Y la cosa era complicada porque este libro estaba escrito en un lenguaje que él había inventado en noches estrelladas. Un lenguaje con una extraña gramática que seguramente se usaba regularmente en un universo alternativo, en uno de esos mundos con personajes de rostros afilados. No sé, pero las pocas páginas que me fueron permitidas me dejaron una fuerte  impresión. El narrador parecía usar el castellano con deliberada torpeza, como un pintor vanguardista que está ya harto del trazo virtuoso. Me di cuenta entonces que Edmundo era el escritor más extraño de la literatura peruana. Y eso es algo en un  territorio donde proliferan los tipos raros.
Se afirma que hay espíritus que pertenecen a otras épocas, a otros mundos, pero en el caso de Edmundo de los Ríos otras épocas y otros mundos de apiñaban dentro de su flaca anatomía. A  veces, por ejemplo, él era un penitente medieval. Recuerdo que cierta mañana fui a visitarlo y lo encontré con la cabeza rapada. Parecía que alguien, con un cuchillo herrumbroso, le había cortado, mechón a mechón, su negra cabellera de cacique. Era, sin duda,  el condenado que se preparaba para la hoguera purificadora. No me contó nada particularmente esclarecedor, pero pude entender que en ocasiones visitaba el infierno. Edmundo, sin embargo, era también un maestro renacentista. Luego de renunciar a un cómodo puesto gubernamental se confinó en una pequeña habitación muy cerca del río, en el barrio de Vallecito, ansioso por trabajar con Los locos caballos colorados. En esa habitación recibía regiamente a sus invitados. Las cuatro paredes estaban cubiertas de libros y, en  los lugares libres, acomodaba su preciosa colección de objetos litúrgicos. Digo litúrgicos porque cada cosa -una pipa, la mano derecha de un cristo de madera, un tenedor decimonónico, el fragmento de un huaco prehispánico-,  se transformaba entre sus largos dedos en algo intransferible, perfectamente singular. Coleccionaba también, claro, objetos redundantes, como un cáliz consagrado, una mitra arzobispal y hasta algo que parecía un báculo. Pero su tesoro más preciado era la llave de la catedral. La leyenda cuenta que Edmundo iba cada día a la plaza de armas a tomar sol, a pensar, a imaginar el fusilamiento de Felipe Santiago Salaverry, la asonada del 50, el idéntico tránsito peatonal de los hermanos Vargas. Se sentaba en una de las viejas bancas y dejaba pasar las horas vigilando, de cuando en cuando, el abaleado reloj de la torre de la catedral, mientras tomaba notas en su ajada libreta con tapa de cuero. En esas estaba cuando vio que el padre Coca-Cola, un sacerdote que no sobrepasaba el metro cincuenta y que se afanaba como sacristán, llegó hasta el gran portón del templo y, luego de trabajosa maniobra, consiguió abrirlo y desaparecer. Pero el ojo de águila de Edmundo notó algo. El diminuto clérigo había dejado la llave olvidada en la cerradura. No lo pensó dos veces y con sus largas piernas huesudas avanzó con rapidez. Su corazón, no más grande que el puño de su mano derecha, latió con inusitada violencia. Tal vez se contemplaba a sí mismo observando aquel objeto. Tal vez se asombraba por el extraño curso de los acontecimientos. Tal vez se preguntaba qué quería Dios. El asunto es que con un movimiento lleno de gracia arrancó la enorme llave del viejo portón y la escondió en el fondo de su largo gabán. Y se dirigió a su casa iluminado por una sonrisa gigantesca. Parecía haber olvidado incluso que no hay llave que abra el paraíso en este viejo valle de lágrimas.

sábado, abril 28, 2018

Wiñaypacha



Tres son las tentaciones en las que no cae Oscar Catacora haciendo posible que su película sea un verdadero logro cinematográfico. En primer lugar ésta simple historia de amor y desamparo podría fácilmente haber sido mancillada por el melodrama en busca de la emoción fácil. Pero no, el fuerte juego de sentimientos es manejado con trazo limpio. En segundo lugar el paisaje, de cruel esplendor, sin duda es un protagonista principal, pero el director mantiene el control, y solo abre la cámara para alcanzar la precisa dosis de belleza.  En tercer lugar el tema. Ciertamente hay espacio para una lectura sociológica y antropológica y hasta ideológica, pero esa mirada dejaría de lado lo más importante. Esta cinta tiene potencial universal porque el director la ha compuesto con una intensidad que nos remite a cosas como el destino, la fatalidad, y el sordo desamparo que es el escenario del discurrir de la vida. Con un lirismo estoico, Oscar Catacora ha realizado con enorme sensibilidad y pulso firme una tragedia  que apunta hacia lo más hondo.

martes, abril 17, 2018

Un martes 11



Era un joven ejecutivo de gestión de capitales. Estaban en su luminosa oficina del piso 77. Leía con voz clara y vibrante poemas de William Carlos Williams. Leía recostado en un cómodo sofá con el pantalón en las rodillas. La mujer era hermosa y la cabellera ensortijada brillaba en su negro azabache mientras le lamía los testículos. Cuando el ejecutivo se dejó llevar por un énfasis retórico, ella llenó golosamente su boca untada de rouge. Ya casi habían acabado de disfrutar los delicados poemas de William Carlos Williams cuando el hombre alzó la vista por encima del borde del libro y vio el enorme Boeing 767 que seguía una ruta de colisión hacia su amplio ventanal. Soltó una exclamación (y ella tragó todo lo que pudo).


Ilustración: Mark Chadwick

sábado, abril 14, 2018

El Motor de Combustión Interna



El cromado megáfono de mi destino

Tempranamente me di cuenta que esta tierra no es mi tierra
Que estas palabras no dicen exactamente lo que sale de mi boca
Por eso alcé los ojos hacia la bóveda celeste
Y lancé mi alma de un modo imperativo
Pero mi alma no llegaba a su destino
Mi alma no alcanzaba la coordenada precisa
Ese punto etéreo que me permitiría vivir por encima de mí
Que es el sitio exacto para mí

No sé cómo decir esto
Debo confesar que en ocasiones he realizado viajes siderales
Esa es la razón por la cual tengo problemas en mis interacciones sociales
He pasado demasiado tiempo metido en una cápsula espacial
Iba sentado en un mullido sillón giratorio mirando a derecha e izquierda
La materia ígnea
Los planetas que guiñan
La superficie calcárea
Que cruje y revela un núcleo enceguecedor que transmite una señal
Y por ahí un simple algoritmo suficiente para entenderlo todo
Suficiente para lanzar un punto de luz
Cuando todo se transforma (otra vez) ¿en qué?
Y así ser y volver a ser (cada día) este extraño personaje
Trastornado por la radioactividad
Con esta mente irritante
Que no sabe cómo digitar la contraseña del reino de este mundo
Con estos ojos que no pueden cerrarse
Where is Mae West when we need her?

Where is her?



EL MOTOR DE COMBUSTIÓN INTERNA. Oswaldo Chanove. Fondo de Cultura Económica. Lima 2018.
Ilustración de carátula: The Guardian, por Robert y Shana ParkeHarrison.

viernes, febrero 23, 2018

La mujer más fea del mundo



Pastrana visitó las principales metrópolis del mundo occidental deslumbrando con los acuáticos ajetreos de su vals, con el timbre de su  voz, con el prodigio de su risa. Pastrana fue requerida de amores por veinte individuos y, cuando se corporizó el inevitable hombre de prensa, ella alegó que ninguno era lo suficientemente rico. Pastrana llegó a alzarse 1.34 metros sobre la superficie del suelo y fue vista en este planeta más tiempo del que corresponde, más tiempo de lo humanamente soportable. Su historia empezó en Sinaloa, México. Se dice que una india llamada Espinosa había desaparecido repentinamente en 1830 y que solo años después fue encontrada, casualmente, por unos vaqueros. Espinosa habría asegurado haber sido encerrada en una cueva por un grupo de hostiles, en una zona atestada de animales enfurecidos. Espinosa iba acompañada de una niña de 2 años llamada Pastrana. Y cuando Espinosa repentinamente dejó este mundo Pastrana optó por trabajar como sirvienta. Sin embargo, en abril de 1854, deseosa de exorcizar su nostalgia, decidió volver a sus serranías. El viaje fue largo y claramente laberíntico. Recién arribó a la aldea de sus ancestros el 13 de febrero del 2013, en medio de una insólita ceremonia en la que participaron autoridades y miembros de la prensa local, nacional e internacional. ¿Qué ocurrió?
En el camino se topó con un norteamericano. Un tipo de ojos elocuentes y boca grande y pálida que le hizo una propuesta irresistible. Y así visitaron Cleveland y asistieron a galas militares. Se dice que soldados bravos y extremadamente apuestos hacían cola para bailar con ella. Se dice que ella giraba, que brotaba música. Pero en el momento más elevado de su notoriedad Pastrana se animó a cruzar el océano. Charles Darwin escribió entonces:   «Pastrana es una mujer extraordinariamente fina pero tiene una gruesa barba y frente velluda. Tiene en ambas quijadas, superior e inferior, una irregular doble hilera de dientes. Una hilera colocada dentro de la otra, de la cual el doctor Purland ha tomado una muestra. Debido al exceso de dientes, su boca se proyecta hacia adelante.» [1] (Es probable que el momento más desconcertante de la vida de Pastrana ocurriera cuando alguien sugirió que era completamente ajena a la especia humana.) Continuando su gira, en Leipzig protagonizó Der curierte Meyer, una obra de teatro escrita especialmente para ella. Trataba de un hombre que se enamoraba de una tapada limeña. Cuando el pretendiente no estaba en escena Pastrana descubría una sonrisa.  El público estaba obligado entonces a sofocar su regocijo. Pero la policía alemana puso espías en la sala y el teatro fue finalmente clausurado. En 1857 su manager reapareció luego de un fin de semana perdido y exigió, finalmente, la mano de Pastrana.  En Viena, crecientemente posesivo, la incitó a someterse a exámenes fisiológicos. Luego le prohibió, terminantemente, salir a plena la luz del sol. Cuando por fin llegaron a Moscú, en medio de aquella zarandeada gira, Pastrana dio a luz a un bebé peludo que falleció a las 35 horas. Tristemente Pastrana lo siguió cinco días después.
Momentáneamente desconcertado, el marido solo atinó a vender los cadáveres. El profesor Sukolov,  de la Universidad de Moscú, luego de algunas insólitas anotaciones para la historia de la medicina, optó por aplicarles un tratamiento de su invención. A diferencia de las momias del antiguo Egipto, la de Pastrana y su pequeño hijo retenían su color, forma y apariencia, creando  la ilusión de un beatífico sueño eterno. Sukolov las acomodó en el museo de la Universidad, ella ataviada con uno de sus lujosos trajes de baile, él como un marinerito. Las multitudes, sin embargo, atrajeron también al manager, que rápidamente extrajo su certificado de matrimonio. Con su familia nuevamente reunida tomó la decisión de regresar a Inglaterra con ilusiones renovadas. Y es así que en 1864 este afortunado individuo conoce a una mujer con una condición similar a la de Pastrana y la pide en matrimonio. El espectáculo se anunciaba como la hermana de Pastrana velando el sueño de Pastrana. O tal vez como Pastrana renacida contemplando su antigua manifestación. Por desgracia en 1880 el manager sufrió un ataque de nervios y fue retirado a un manicomio. Los restos de la mujer más fea del mundo, sin embargo, continuaron su camino. Circos, cámaras de los horrores, museos de cera, hasta arribar finalmente a algún polvoriento depósito de alguna universidad de Noruega. Allí, durante décadas, permaneció Julia Pastrana contemplando a los roedores. Finalmente, por iniciativa de algún bienaventurado,  en Febrero de 2013, sus restos fueron oficialmente entregados a las autoridades Mexicanas. Yacen en lo alto de un cerro (con vista a su soleada aldea natal).

[1] En  The Variation of Animals and Plants Under Domestication, vol. II. John Murray. Londres. 1868. P. 328.
(El Hueso puede adquirirse haciendo clic aquí.)

lunes, febrero 05, 2018

El poema es más profundo que el vino


¿Es el intelecto o la inspiración el elemento decisivo entre la excelencia y la mediocridad? Un fornido intelecto nos permite manejar con solvencia la técnica además de navegar en el amplio espacio de las referencias y en el diálogo con las voces que emiten las bibliotecas. El intelecto nos permite reflexionar sobre la realidad para luego componer una interpretación. La inspiración es mucho más difícil de definir. Los que la han experimentado afirman que parece ser el nombre contemporáneo del arcaico delirio sagrado. Algo que permite hacer un viaje a la locura y regresar para contarlo. En esa épica aventura el poeta se enfrenta a lo más inquietante del universo: las cosas sin nombre.
Los humanos solemos definirnos como seres racionales, porque de esta manera pretendemos que nuestra aventura vital tiene sentido, que hay una inteligencia que la rige. Pero eso es una voluntariosa mentira.
En 1957 Leon Festinger acuñó el concepto de disonancia cognitiva, señalando que nuestro sistema de pensamiento, creencias y emociones con frecuencia está sometido al ponzoñoso conflicto de ideas opuestas aceptadas simultáneamente. Lo incompatible es un elemento extrañamente activo y protagónico en nuestras vidas.  Pero la colisión de dos elementos opuestos genera siempre algo nuevo: un mutante, un engendro, una distorsión, un dolor.
El intelecto tiene un grave problema para manejarse en el ámbito de la disonancia cognitiva. Todo el asunto es ilógico y se revela como una cuestión perfectamente torturada. Pero el intelecto suele sentirse en la obligación de decir la palabra final. Obligado por presiones intolerables, el intelecto fuerza una interpretación y compone entonces una muy coherente pieza de retórica. Pero hay que denunciarlo: todo no es más que un lindo artificio, una patética falsedad. Y la falsedad es algo que jamás logra sostenerse si no desarrolla un cable que la conecte a lo real, que eche raíces en ese territorio demasiado desconocido.
Y solo cuando la falsedad se convierte en ficción es recién el momento en que la situación conflictiva puede encaminarse hacia una solución reveladora, iluminadora y hasta liberadora. Porque la ficción es un ritual para hablar en el idioma de lo que está más allá. Porque la ficción que ha alcanzado el nivel de poesía logra lo inconcebible, revelando lo verosímil en lo inverosímil. Y esto solo se puede realizar cuando el intelecto rinde su músculo al servicio de esa zona oscura que no tiene etiqueta convincente y que provoca el delirio sagrado. La locura como piloto de los tantos caballos de fuerza de la inteligencia convierte así al monstruo en un ser de rara belleza que hace transmisiones. Algo que mágicamente convoca la curva que hay en toda recta.


miércoles, enero 17, 2018

El hijo pródigo

En las misas, a la hora del sermón, la historia del hijo pródigo es una de las favoritas. Todos pecamos un mínimo de siete veces al día, así que es claro que sin problema podemos identificarnos con el granuja en vez de con el hijo leal. Hay más regocijo en el Reino de Dios por una oveja redimida que por los noventa y nueve del apretado rebaño.
¿Pero esta historia es una muestra de bondad infinita o más bien el germen de una inquietante estrategia? ¿Acaso no se bendice de esta manera a los creyentes en la crónica agonía de pecado y arrepentimiento sobre la que se construye la alegría del cristianismo? ¿El histórico y masivo éxito de esta religión no tendrá su explicación en la disonancia esencial de los humanos? ¿Acaso esta especie animal no se ha expandido desmesuradamente conciliando milagrosamente su voracidad de depredador con ensoñaciones de perfección espiritual? 
Ilustración: Johan Muyle