viernes, agosto 17, 2018

El silencio del decir


Fue diagnosticado con agorafobia. Esa condición lo obligaba a disfrutar del confinamiento. ¿Era un prisionero? Quién sabe. En su juventud se dejó llevar por la idea de que una persona normal debe mantener una activa vida social. Este mundo considera lo gregario como algo no solo prestigioso, sino incluso indispensable. Finalmente optó por resignarse frente a la fuerza gravitatoria y se confinó a sus habitaciones. A partir de ese instante sus eventuales y obligatorias incursiones en el mundo exterior le resultaron doblemente desconcertantes. Sin embargo, y tal vez precisamente por esto, sus días en la extrema soledad empezaron a florecer en intensidad y plenitud. La dicha es un arbusto que da flores pequeñas pero de colores profundos.
Una enfermedad es una dolencia cuando se asume como una circunstancia adversa. Cuando la enfermedad se revela como lo correcto, entonces deja de ser una enfermedad. El egocentrismo transmuta en lógico todo lo patológico. La palabra caos adquiere, en un destello, un novísimo significado.


Ilustración: Alan McDonald.

viernes, julio 06, 2018

Fútbol



El fútbol no es cuestión de vida o muerte; es mucho más que eso.
Bill Shankly

Cuando el equipo gana ocurre algo geométricamente opuesto al dolor
La dicha del ganador es interesante
Los brazos se extienden inventando el signo de algún absoluto
(Y frente a tanta luminosidad es inevitable la ceguera)
El punto más alto de la felicidad es una circunferencia perfecta
De fuego
El punto de la felicidad sucede cuando se alcanza algo difícil
Algo que coquetea con lo inalcanzable
En cierta ocasión un jugador de tenis le ganó a un sujeto legendario
El campeón del mundo
El jugador (cuyo nombre he olvidado) gritó:
¡Es imposible!
¡Es imposible que yo le haya ganado!

Pero cuando se pierde el dolor es insoportable
El desconsuelo del perdedor es considerablemente interesante
El instante que sigue a la derrota es grandiosamente dramático
Porque perder es vitalidad que se ha ejercitado con tajante esterilidad
Infructuosamente
(Al día siguiente se dirá siempre que no fue infructuosamente)
Pero perder es la demostración de que todo es potencialmente letal
Perder es comprobar que solo somos lo que somos
Algo  tan débil y pequeño como nos temíamos
Por eso cuando caemos frente a la verde inmensidad
Es imposible evitar ese asunto de las lágrimas


Ilustración: Sigmar Polke. 

viernes, junio 22, 2018

lunes, mayo 28, 2018

La Champions 2018/ Final



El coro entonaba
Como inculca el folklore del Liverpool
La iglesia protestante
El rojo sobre rojo de los hooligans
Repentinamente la diosa cegó al arquero Karius
Y la punta del borceguí de Benzema espoleó aquel balón
El árbitro pitó el final y el arquero perfiló su estampa pálida
Se dirigió a la hinchada
Juntando ambas palmas
Forgive me
Please forgive me


Ilustración: Julio Arriaga.

miércoles, mayo 23, 2018

Philip Roth/El teatro de Sabbath/p. 483/



Un argumento de la existencia de Dios son los orgasmos
(Que bailan en la cabeza de un alfiler)
La madre del microchip
El triunfo de la evolución
(Junto con la retina y la membrana timpánica)
La maquinaria de su éxtasis habría deslumbrado a Tomás de Aquino
(Si este hubiera sido capaz de experimentar su economía)
Usted (sí, usted) podría desarrollar algo similar
En medio de la frente
(Como el ojo del cíclope)
¿Para qué necesitan joyas las mujeres?
¿Qué es el rubí?
Y eso está ahí por ninguna razón
(Solo por la razón por la que está ahí)
No para que corra agua a su través
No para diseminar simiente
Un clítoris siempre incluido en el paquete
(Como el juguete en el fondo de la vieja caja de corn flakes)
El más simple regalo de cualquier Dios
(Y las chicas aclaman a su Hacedor)

(Un ser con auténtica debilidad por las damas)

sábado, mayo 19, 2018

El asesino

Sentí el impulso de saltar hacia adelante y sacudir, patear, destrozar. Los días pasaban como pasan los días. Con incidentes. Llenos de crímenes obligatorios. Y tal vez es imprescindible actuar porque alguna gente contiene un código potencialmente peligroso. O quizá alguien en lo alto de un edificio decide alcanzar “el voluptuoso coronamiento de ser a la vez víctima y agresor”. Hay amplios catálogos para toda ferocidad. Y todo ocurre en un día cualquiera, mientras las multitudes transitan con los periódicos extendidos. Y las horas de sus vidas, “en sus pequeños ataúdes”, van flotando detrás de cada individuo. De todos. Malditos criminales. Y yo estaba ahí, esperando como siempre. Persistiendo. Porque somos organismos tachonados de reflejos condicionados y el más importante de todos es uno que se refiere a la afirmación. Es un comando que dice: ¡Sigue! Y hay un mandamiento que ordena: ¡No matarás! Por eso cuando estuve seguro que aquel individuo jamás volvería a deambular en estado de gracia por las calles de Arequipa sentí desazón. Luego de dar un paso adelante se enciende una luz de emergencia. No hay nada más torturado que el corazón de un asesino. Más allá de los límites hay (siempre) un territorio alumbrado por un sol rojo.
Pero de pronto vislumbré que (en cierto modo) ese sujeto no era otro sino alguien que pesaba lo mismo que yo, que medía lo mismo que yo, que comía malaya frita y sarza de tolinas (lo mismo que yo). Ese alguien era alguien caído accidentalmente desde otro anillo de la intrincada geometría de las variaciones. Tal vez (entonces) la lucha clásica contra nuestros enemigos no es más que una licencia poética.
-¿Fue (entonces) un error realizar lo ineludible?
Ilustración: Blinky Palermo composiction with 8 red rectangles.

viernes, mayo 11, 2018

La leyenda de Edmundo de los Ríos II






En Arequipa no paraban de hablar de un tipo flaco que había sido galardonado en Cuba y México. Juan Rulfo le había dedicado una frase ígnea: Con Edmundo de los Ríos se inicia la literatura de la revolución. En todos los cenáculos culturales de los años setenta se hablaba y hablaba. En Arequipa los sitios eran tres. En primer lugar estaba El Capri, un bar restaurante que Guillermo Mercado había consagrado. Las diarias conversaciones eran cívicas y los mozos distribuían tacitas de café y, solo para los más peligrosos, vasos con una dosis precisa de pisco con vermuth. Tengo entendido que Edmundo de los Ríos solía atusarse el bigote en una silla contigua a la de Guillermo Mercado. El segundo lugar que imantaba intelectuales era la casa de don Pepe Ruiz Rosas, en la calle Villaba. Fue probablemente ahí donde me presentaron al novelista. La casa de don Pepe era el lugar donde cada 14 de mayo se podían encontrar los miembros de todas las generaciones. Una pierna de cordero al romero salía del horno en un momento de jolgorio, y Edmundo de los Ríos alzaba su tinto soltando exclamaciones. El tercer lugar  era donde los debates filosóficos alcanzaban conclusiones universales. En realidad el tercer lugar no era un lugar sino varios: en la plaza de armas estaban el Far West y el Room dairy. Cerca de ahí El Barcelona. Y al final de la calle Mercaderes El Bangú y el Todos Vuelven. Salvo el Far west todos eran bares con mesas de fórmica. El Far West se distinguía porque era un salón de té europeo que incluía sillas vienesas, posters de Pan-Am, y una anciana suiza muy malgeniada. Los otros bares eran  lugares de belleza puramente interior. La épica y la lírica, la cerveza arequipeña y los piscos adulterados conspiraban para generar una hermosa euforia provinciana.
Edmundo de la Ríos tenía un sentido del humor de espadachín. Literalmente. Cuando la argumentación se empantanaba alzaba la nariz y retaba a un duelo justo al eventual discutidor. Edmundo era flaco y de piernas muy largas y solía entonces alzar sus grandes zapatos. Normalmente nadie quedaba demasiado herido porque el impacto solía ser controlado (y porque el resto de celebridades insistían en armisticios). Pero en cierta ocasión, en el Capri, nada menos, un poeta de saco y corbata se levantó indignado y desapareció. Cuando todos ya habían recobrado la alegría el poeta empujó la puerta batiente y esgrimió su Colt 45.
Edmundo de los Ríos leía muchísimo. Siempre aparecía con un libro entre manos y, con voz devota, recitaba los pasajes más brillantes, esos que valían no solo como letra, sino también como música. Cuando pasaba las páginas parecía que las acariciaba. Pero no solo amaba los innumerables libros que tenía, sino que codiciaba los que no poseía. Recuerdo que al visitar mi biblioteca se encaprichó con Literaturas germánicas medievales, un librito de Borges que yo había conseguido en tapa dura. Me ofreció a cambio una botella de ron Pomalca y, como bonus, La Torre de las paradojas, de César Atahualpa Rodríguez.   Luego, por alguna razón, me persiguió durante semanas para convencerme de que le venda la Fenomenología del espíritu, de Hegel, libro que, como todo el mundo sabe, está infectado por el oscurantismo retórico.
Edmundo de los Ríos escribía mucho. Viajaba intempestivamente, se paraba en la Variante de Uchumayo y trepaba al primer camión. Los choferes se entretenían contándole su vida y, en cierta época, anunció oficialmente que sobre su escritorio bullía una novela sobre camioneros. De esta manera Edmundo recorrió la Panamericana buscando sitios para levantar su campamento. Recuerdo que contó los detalles de su larga estadía en una caleta de pescadores donde escribió mucho y se hizo marinero.
Una mañana regresó de uno de sus viajes con el manuscrito de Los locos caballos colorados. Era un montón de páginas escritas en papel biblia llenas de garabatos. Me dijo que podía echarle un vistazo pero que, lamentablemente, no podía dejarlas a mí cuidado por más de 10 o 15 minutos. Quizá media hora. Es que su obra estaba siempre en progreso. No acababa de escribir algo, cuando ya estaba viendo otra posibilidad. Y la cosa era complicada porque este libro estaba escrito en un lenguaje que él había inventado en noches estrelladas. Un lenguaje con una extraña gramática que seguramente se usaba regularmente en un universo alternativo, en uno de esos mundos con personajes de rostros afilados. No sé, pero las pocas páginas que me fueron permitidas me dejaron una fuerte  impresión. El narrador parecía usar el castellano con deliberada torpeza, como un pintor vanguardista que está ya harto del trazo virtuoso. Me di cuenta entonces que Edmundo era el escritor más extraño de la literatura peruana. Y eso es algo en un  territorio donde proliferan los tipos raros.
Se afirma que hay espíritus que pertenecen a otras épocas, a otros mundos, pero en el caso de Edmundo de los Ríos otras épocas y otros mundos de apiñaban dentro de su flaca anatomía. A  veces, por ejemplo, él era un penitente medieval. Recuerdo que cierta mañana fui a visitarlo y lo encontré con la cabeza rapada. Parecía que alguien, con un cuchillo herrumbroso, le había cortado, mechón a mechón, su negra cabellera de cacique. Era, sin duda,  el condenado que se preparaba para la hoguera purificadora. No me contó nada particularmente esclarecedor, pero pude entender que en ocasiones visitaba el infierno. Edmundo, sin embargo, era también un maestro renacentista. Luego de renunciar a un cómodo puesto gubernamental se confinó en una pequeña habitación muy cerca del río, en el barrio de Vallecito, ansioso por trabajar con Los locos caballos colorados. En esa habitación recibía regiamente a sus invitados. Las cuatro paredes estaban cubiertas de libros y, en  los lugares libres, acomodaba su preciosa colección de objetos litúrgicos. Digo litúrgicos porque cada cosa -una pipa, la mano derecha de un cristo de madera, un tenedor decimonónico, el fragmento de un huaco prehispánico-,  se transformaba entre sus largos dedos en algo intransferible, perfectamente singular. Coleccionaba también, claro, objetos redundantes, como un cáliz consagrado, una mitra arzobispal y hasta algo que parecía un báculo. Pero su tesoro más preciado era la llave de la catedral. La leyenda cuenta que Edmundo iba cada día a la plaza de armas a tomar sol, a pensar, a imaginar el fusilamiento de Felipe Santiago Salaverry, la asonada del 50, el idéntico tránsito peatonal de los hermanos Vargas. Se sentaba en una de las viejas bancas y dejaba pasar las horas vigilando, de cuando en cuando, el abaleado reloj de la torre de la catedral, mientras tomaba notas en su ajada libreta con tapa de cuero. En esas estaba cuando vio que el padre Coca-Cola, un sacerdote que no sobrepasaba el metro cincuenta y que se afanaba como sacristán, llegó hasta el gran portón del templo y, luego de trabajosa maniobra, consiguió abrirlo y desaparecer. Pero el ojo de águila de Edmundo notó algo. El diminuto clérigo había dejado la llave olvidada en la cerradura. No lo pensó dos veces y con sus largas piernas huesudas avanzó con rapidez. Su corazón, no más grande que el puño de su mano derecha, latió con inusitada violencia. Tal vez se contemplaba a sí mismo observando aquel objeto. Tal vez se asombraba por el extraño curso de los acontecimientos. Tal vez se preguntaba qué quería Dios. El asunto es que con un movimiento lleno de gracia arrancó la enorme llave del viejo portón y la escondió en el fondo de su largo gabán. Y se dirigió a su casa iluminado por una sonrisa gigantesca. Parecía haber olvidado incluso que no hay llave que abra el paraíso en este viejo valle de lágrimas.

sábado, abril 28, 2018

Wiñaypacha



Tres son las tentaciones en las que no cae Oscar Catacora haciendo posible que su película sea un verdadero logro cinematográfico. En primer lugar ésta simple historia de amor y desamparo podría fácilmente haber sido mancillada por el melodrama en busca de la emoción fácil. Pero no, el fuerte juego de sentimientos es manejado con trazo limpio. En segundo lugar el paisaje, de cruel esplendor, sin duda es un protagonista principal, pero el director mantiene el control, y solo abre la cámara para alcanzar la precisa dosis de belleza.  En tercer lugar el tema. Ciertamente hay espacio para una lectura sociológica y antropológica y hasta ideológica, pero esa mirada dejaría de lado lo más importante. Esta cinta tiene potencial universal porque el director la ha compuesto con una intensidad que nos remite a cosas como el destino, la fatalidad, y el sordo desamparo que es el escenario del discurrir de la vida. Con un lirismo estoico, Oscar Catacora ha realizado con enorme sensibilidad y pulso firme una tragedia  que apunta hacia lo más hondo.

martes, abril 17, 2018

Un martes 11



Era un joven ejecutivo de gestión de capitales. Estaban en su luminosa oficina del piso 77. Leía con voz clara y vibrante poemas de William Carlos Williams. Leía recostado en un cómodo sofá con el pantalón en las rodillas. La mujer era hermosa y la cabellera ensortijada brillaba en su negro azabache mientras le lamía los testículos. Cuando el ejecutivo se dejó llevar por un énfasis retórico, ella llenó golosamente su boca untada de rouge. Ya casi habían acabado de disfrutar los delicados poemas de William Carlos Williams cuando el hombre alzó la vista por encima del borde del libro y vio el enorme Boeing 767 que seguía una ruta de colisión hacia su amplio ventanal. Soltó una exclamación (y ella tragó todo lo que pudo).


Ilustración: Mark Chadwick