domingo, octubre 28, 2007

La invención de la amada


Las obras que por alguna razón han logrado establecerse en el imaginario popular consagran a su autor pero, paradójicamente, esta relevancia suele ubicarlas en franca rebeldía con el simple mortal que las pergeñó. Es más, muchas veces terminan tomando un rumbo completamente diferente al que estaban supuestamente destinadas. Un caso particularmente significativo es el de Pygmalion, del dublinés George Bernard Shaw. Nunca el mito griego sobre la relación sentimental entre autor y obra tuvo más sentido y resonancia. Cuando en 1938 el consagrado dramaturgo (Nobel de 1925) comprometió su pluma y entusiasmo en la versión cinematográfica de Anthony Asquith y Leslie Howard, puso bien en claro algo que denominó “intención didáctica”. El protagonista, profesor Henry Higgins, suelta entonces con brillante desvergüenza sus parrafadas, apuntando al lenguaje como el signo distintivo de la valía de los seres humanos, como el instrumento de lo aparente y lo real, de lo noble y lo vil. El filme fue un rotundo éxito entre el público y entre los críticos, y hasta el venerable Shaw pudo disfrutar de algún gesto de desdén por un Oscar que luego colocó en su vitrina. Muy pronto, sin embargo, quedó claro que el público estaba principalmente emocionado por las chispas de electricidad que saltaban entre el profesor y la discípula sin darle demasiada cabida a la lujosa idea central, a los inteligentes propósitos del sardónico irlandés. ¿Pero cómo culpar al público por la rosa interpretación de los hechos? Las angustias amorosas suelen estar en el centro de la filosofía de las masas y la popularidad del melodrama lo demuestra. Sin embargo en este caso la famosa sabiduría popular pareció estar particularmente inspirada. Y es que la química entre el profesor Higgins y la “poor girl” Eliza Doolittle parece configurar con insólita nitidez uno de los grandes arquetipos de la relación amorosa. Toda mujer en medio de su vida gris está segura que dentro de ella hay una princesa: sólo un hombre especial, con algo de sabio, con algo de poeta, es el que tendrá el poder de conducirla hacia el esplendor. Millones de mujeres sueñan con encontrar el hombre que sea su gurú, su salvador, el que las ayude a ser lo maravillosas que ellas están seguras que en el fondo son, el que sabrá rescatar “la chispa escondida del fuego divino”. Este maestro tiene algo de padre, pero al ser una relación erótica y trascendental, no sólo formativa, suele devenir en un neurótico comportamiento con exhibición de violencia ritual. A pesar de las objeciones del maestro George Bernard Shaw, en su Pygmalion se puede incluso vislumbrar como este tipo de amor muestra su potencia visceral avasallando obstáculos y rivales materialmente mucho más viables. Por ejemplo Freddy, el amante devoto que suspira y lleva flores, es usado y desechado sin ninguna concesión. Y, de una manera mucho menos ostensible, el coronel Pickering, que es un hombre rico, considerado y sensible, termina apartado con un simple diploma de honor. La muchacha aquí no se inclina por los que aparentemente le convienen sino que opta por el que la abusa y desprecia. Sabe que ese maltrato es sólo un código secreto para la comunicación entre sus singulares espíritus. Sabe que ellos están hondamente comprometidos en una de las formas más extrañas de un salvaje proceso llamado amor.