sábado, enero 21, 2017

Comiendo en la cama y haciendo el amor en la cocina





Neruda es un ícono de la literatura y sin duda en su país muchos esperaban una obra básicamente celebratoria cuando se anunció que el más festejado cineasta chileno estaba realizando un retrato del poeta. Por eso la propuesta sabrosamente irreverente de Pablo Larraín ha provocado arrebatos temperamentales. Y es que en esta película Neruda no es el simpático poeta de Il Postino (Michael Radford, 1994) sino alguien humanamente más verosímil, que llega a asegurar que podría comerse un cerdo, a pesar de que luego se avergüenza ante una costurera de su abultado vientre.  Además, en otro rasgo de exaltado hedonismo, el vate saborea un durazno que luego sazona mojando sus dedos en los labios vaginales de una alegre furcia. Y, mientras su aristocrática esposa mira hacia otro lado, desliza traviesamente su mano hacia el pecho de la secretaria. No son esas pinceladas las que uno quisiera para un retrato oficial. Aunque esos solo son detalles secundarios, porque la película se estructura sobre un rasgo de ambigua  trascendencia que, sin duda alguna, resulta mucho más inquietante.
Por alguna razón los poetas tienen una gran propensión a la mitomanía. Utilizan una amplia perspectiva para mirarse a sí mismos, como si no fuesen una persona, sino un paisaje. Convierten con prodigiosa facilidad el usualmente lamentable escenario de sus vidas en un espectáculo épico. Pero a diferencia de los abundantes narcisistas egocéntricos, el poeta no está ciego al panorama que lo rodea. Es que no se suele sentir el centro del universo, sino todo el universo. En esa medida el drama de las demás personas es parte de su drama. En esa medida lo que ocurre en el resto el mundo exterior es un asunto personal, íntimo. Y en ese orden de cosas todo no es más que un gran argumento en el que el puesto de protagonista está, obviamente, reservado para el poeta.
Con una astucia un tanto borgiana, Larraín apuesta por un eje argumental centrado en la dinámica de la presa y el cazador. Donde el perseguidor está tan hechizado, que la profundidad de su pesquisa lo lleva hasta indagar en la tibia intimidad de la primera esposa de Neruda. El argumento del film está enfocado en el año y medio que pasó Neruda como comunista con orden de captura. Lo interesante es que la película insinúa que la inevitable mitomanía del poeta ha convertido la persecución en una aventura donde él se presenta como una figura de dimensiones legendarias. A pesar de que su esposa y otros le advierten que algo de humildad no estaría fuera de lugar, el personaje de Neruda no solo no hace concesiones, sino que vorazmente asimila a su entorno, convirtiéndolos en devotos incondicionales.
Enfocar a Neruda desde ese ángulo parecería la receta para hacer una obra francamente extraordinaria, de corpulencia universal, pero algo falla en los engranajes y la obra no logra alcanzar la altura deseada. Tal vez es que el personaje de Gael García Bernal -el acechador- es extremadamente artificial. Su filosófica melancolía expresada en largas parrafadas, deriva en lo irritante. Ocurre que quiere dejar de ser un simple personaje secundario, pero no puede, a pesar que se le ha dado la ventaja de ser el narrador. Y al fallar este importante elemento, la dinámica entre Neruda y su inventada némesis no logra coordinar una convincente vibración.
Quizá todo se resuma en que a pesar de que la idea era magnífica, faltó eso de lo que hablan los poetas: la inspiración. La cinta del cineasta chileno es un proyecto donde se lucen los artesanos, pero no brillan demasiado los artistas. Por otro, lado la propuesta de Larraín de presentar un Neruda lejos del mito heroico de partido comunista, es acorde con la tendencia hacia un realismo que nos aleja de la candidez del siglo XX. Su opción conceptual y su inquieto manejo visual de clara intención lírica, hace posible que la cinta resulte interesante para bastantes devotos al cine arte. Sin duda, este es un proyecto valiente, rebosante de ideas “correctas”, que desafortunadamente se moja la cola en el océano de lo pretencioso. Quizá porque el perseguidor nunca encuentra al bardo, sino que es este el que lo contempla en su agonía.