viernes, agosto 04, 2017

Ojo, pestaña y ceja



Tendemos a creer que los grandes actos malvados, los crímenes, los cometen monstruos, personificaciones demoníacas, seres extraordinarios con signo negativo. Pero cuando en 1961 Hannah Arendt escribió sus polémicos artículos en el New Yorker sobre el juicio a Eichmann mostró evidencia que los villanos son seres tan insípidos, tan mediocres, tan escasamente luciferinos como cualquiera de nosotros. Y  que sus horribles crímenes podrían encontrar una explicación en el acto de negarse a pensar por sí mismo, en la sumisión moral e intelectual hacia alguna fe (por ejemplo la hipnótica irradiación del populismo, del nacionalismo, de algún mesianismo). Eso provocó una conmoción entre los que ven el mundo radicalmente dividido entre buenos y malos. Entre monstruos y gente como uno. Eso demolió la defensa que hemos levantado para pensar que nosotros estamos en el lado correcto, en la zona de los normales, de los decentes, y que el culpable siempre es “el otro”, un ser (casi) de una especie diferente, uno que no tiene nada que ver con nuestra apacible comunidad de seres bienaventurados. Porque advierte Arendt, si no preservábamos un pugnaz criterio personal, cualquiera podría ser capaz de convertirse en un criminal.
Cuando Hannah Arendt llegó al extremo de señalar que dirigentes judíos, por cálculo político o simple estupidez, participaron activamente en la organización del Holocausto, es decir, fueron cómplices, el escándalo fue mayúsculo. Se la acusó de cometer un pecado contra su propia sangre, de traicionar a su raza, de sumarse a los que tan salvajemente los habían martirizado. Hannah Arendt decidió entonces dirigirse a sus alumnos en un aula de la universidad. Su argumento se centró en que la activa búsqueda de Comprender es la columna vertebral de nuestra libertad como seres humanos. Un pensamiento activo y nada sumiso frente a las consignas de la corriente de opinión en boga nos permite tomar decisiones y, de esta manera, por ejemplo, ser inmunes a la debacle moral que provocan los regímenes totalitarios, a las prepotencias de las corrientes de pensamiento obligatorias. Nuestra lealtad tiene que estar con el permanente ejercicio de desentrañar esa cosa laberintosa llamada verdad.
En estos tiempos de lo sexy del “trending topic”, de las tendencias de expresión, comportamiento y pensamiento, donde el sentido de realización personal está asociado a la ambición de ser el primero en subirse al carro de la corriente de opinión más llamativa, bien nos valdría recordar la independencia intelectual de Hannah Arendt. En estos años confusos donde lo políticamente correcto exhibe su intrínseca vacuidad frente a los febriles zarpazos de pragmáticos populistas, resulta imperioso levantar la inquieta singularidad, no como una arrogancia vacua, sino como la última línea de defensa frente a la masiva presión de las certezas hegemónicas.

viernes, junio 30, 2017

La estrategia del decir





Los directores de cine suelen enfrentar el rodaje de una película creando escenas con actores, un director de arte, el atrezzista, el maquillador, etc. Pero la cineasta Karina Cáceres tiene una manera diferente de hacer las cosas. Ella es una cazadora. Avanza sigilosamente con su mochila, su libreta de notas, su cámara. Las escenas significativas viven emboscadas en el mundo salvaje de la vida real y ella divisa, apunta y dispara. Sale de viaje cada vez que puede y acumula sus presas hasta que llega un día soleado en que siente que puede emprender la aventura mayor. Se encierra entonces frente a la ciclópea pantalla de su iMac y toma las decisiones. La diferencia entre un artista talentoso y uno fastidioso está principalmente en las decisiones que toma. No solo en lo que escoge poner, sino principalmente en lo que escoge no poner. Y también en el preciso lugar, en el ángulo de rotación exacto de cada imagen. Por eso Karina Cáceres tiene un instinto muy agudo, un olfato, para aquilatar el potencial visible (e invisible) de cada elemento de su obra. Karina Cáceres ha diseñado Bajo la influencia, su primer largo, con una actitud más cercana a la de los poetas o de los músicos, aunque dada su estética extremadamente visual, sin duda los artistas abstractos y hasta los conceptuales son una referencia fundamental.
Lo primero que llama la atención de esta cinta es su tajante desconfianza en el potencial expresivo de la anécdota. No seduce al espectador con un relato planteado con un explícito y siempre hipnótico esquema de exposición nudo y desenlace. No adereza diálogos e hilvana plots y subplots para conducirnos por una fábula. La estructura de Bajo la Influencia es más bien geométrica, con zonas pulcramente trazadas. Arranca con gran dinamismo porque empieza una trayectoria. Corren los trenes, vuelan los aviones, ruedan los carros y, como un guiño risueño, vemos las coloridas zapatillas de la realizadora. Y cada imagen, cada escena, se presenta en un punto gravitacional en el que lo principal y lo subalterno luchan por dilucidar una duda. Pareciera que toda la película está al servicio de cada escena a diferencia de la convención que establece que cada escena está al servicio de la lógica del todo. Esa subversión hace que esta película presente un valioso desafío al espectador que, de esta manera, tiene la oportunidad de vislumbrar el potencial evocativo en imágenes de simple belleza.
Bajo la influencia es además una película que ha instrumentalizado con virtuosismo la banda sonora. Los temas compuestos por Omar Garaycochea sirven como aglutinante y como elemento propulsor en las zonas dinámicas, pero cuando son reemplazados por sonido ambiental o por el impactante silencio se crea el énfasis en lo simple, en lo sutil, en lo que podría ser imperceptible. De esta manera Karina Cáceres maneja la tensión entre la dinámica y la contemplación, entre la acción y la fascinación, con un lirismo casi melancólico, manejando una mirada escueta. Y al final, cuando se apaga la última imagen, uno no puede dejar de asombrarse con esta realizadora que afanosamente busca en sus excursiones la palabra precisa para el urgente discurso de su espíritu.


jueves, junio 22, 2017

Lanzo mi mano como una daga contra el horizonte



Lanzo mi mano como una daga contra el horizonte es un testimonio personal sobre la aventura poética del grupo de poetas que se reunieron en torno a la revista ómnibus. Cuarenta años después. 
Una versión en PDF puede descargarse aqui.

sábado, enero 21, 2017

Comiendo en la cama y haciendo el amor en la cocina





Neruda es un ícono de la literatura y sin duda en su país muchos esperaban una obra básicamente celebratoria cuando se anunció que el más festejado cineasta chileno estaba realizando un retrato del poeta. Por eso la propuesta sabrosamente irreverente de Pablo Larraín ha provocado arrebatos temperamentales. Y es que en esta película Neruda no es el simpático poeta de Il Postino (Michael Radford, 1994) sino alguien humanamente más verosímil, que llega a asegurar que podría comerse un cerdo, a pesar de que luego se avergüenza ante una costurera de su abultado vientre.  Además, en otro rasgo de exaltado hedonismo, el vate saborea un durazno que luego sazona mojando sus dedos en los labios vaginales de una alegre furcia. Y, mientras su aristocrática esposa mira hacia otro lado, desliza traviesamente su mano hacia el pecho de la secretaria. No son esas pinceladas las que uno quisiera para un retrato oficial. Aunque esos solo son detalles secundarios, porque la película se estructura sobre un rasgo de ambigua  trascendencia que, sin duda alguna, resulta mucho más inquietante.
Por alguna razón los poetas tienen una gran propensión a la mitomanía. Utilizan una amplia perspectiva para mirarse a sí mismos, como si no fuesen una persona, sino un paisaje. Convierten con prodigiosa facilidad el usualmente lamentable escenario de sus vidas en un espectáculo épico. Pero a diferencia de los abundantes narcisistas egocéntricos, el poeta no está ciego al panorama que lo rodea. Es que no se suele sentir el centro del universo, sino todo el universo. En esa medida el drama de las demás personas es parte de su drama. En esa medida lo que ocurre en el resto el mundo exterior es un asunto personal, íntimo. Y en ese orden de cosas todo no es más que un gran argumento en el que el puesto de protagonista está, obviamente, reservado para el poeta.
Con una astucia un tanto borgiana, Larraín apuesta por un eje argumental centrado en la dinámica de la presa y el cazador. Donde el perseguidor está tan hechizado, que la profundidad de su pesquisa lo lleva hasta indagar en la tibia intimidad de la primera esposa de Neruda. El argumento del film está enfocado en el año y medio que pasó Neruda como comunista con orden de captura. Lo interesante es que la película insinúa que la inevitable mitomanía del poeta ha convertido la persecución en una aventura donde él se presenta como una figura de dimensiones legendarias. A pesar de que su esposa y otros le advierten que algo de humildad no estaría fuera de lugar, el personaje de Neruda no solo no hace concesiones, sino que vorazmente asimila a su entorno, convirtiéndolos en devotos incondicionales.
Enfocar a Neruda desde ese ángulo parecería la receta para hacer una obra francamente extraordinaria, de corpulencia universal, pero algo falla en los engranajes y la obra no logra alcanzar la altura deseada. Tal vez es que el personaje de Gael García Bernal -el acechador- es extremadamente artificial. Su filosófica melancolía expresada en largas parrafadas, deriva en lo irritante. Ocurre que quiere dejar de ser un simple personaje secundario, pero no puede, a pesar que se le ha dado la ventaja de ser el narrador. Y al fallar este importante elemento, la dinámica entre Neruda y su inventada némesis no logra coordinar una convincente vibración.
Quizá todo se resuma en que a pesar de que la idea era magnífica, faltó eso de lo que hablan los poetas: la inspiración. La cinta del cineasta chileno es un proyecto donde se lucen los artesanos, pero no brillan demasiado los artistas. Por otro, lado la propuesta de Larraín de presentar un Neruda lejos del mito heroico de partido comunista, es acorde con la tendencia hacia un realismo que nos aleja de la candidez del siglo XX. Su opción conceptual y su inquieto manejo visual de clara intención lírica, hace posible que la cinta resulte interesante para bastantes devotos al cine arte. Sin duda, este es un proyecto valiente, rebosante de ideas “correctas”, que desafortunadamente se moja la cola en el océano de lo pretencioso. Quizá porque el perseguidor nunca encuentra al bardo, sino que es este el que lo contempla en su agonía.