jueves, agosto 20, 2015

Los besos escritos son bebidos por fantasmas






La facilidad de escribir cartas tiene que haber traído al mundo -considerado desde un punto de vista exclusivamente teórico- una terrible perturbación de las almas. Porque es una relación con fantasmas -y no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el propio- la que se va gestando bajo la mano que escribe, en esa carta y, más aún, en una serie de cartas de las cuales una corrobora a la otra y puede apelar a ella como testigo. ¡A quién se le ocurrió que la gente puede mantener relaciones por correspondencia! Uno puede pensar en una persona ausente y puede tocar a una persona presente; todo lo demás supera las fuerzas humanas. Pero escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas, cosa que ellos aguardan con avidez. Los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas en el camino. Y esa abundante alimentación hace que los fantasmas se multipliquen en forma tan desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha contra eso; para eliminar en lo posible todo lo fantasmal que se interpone entre los hombres y para lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde; es obvio que esos inventos han surgido en plena caída. La otra parte es mucho más serena y fuerte: después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilo. Los fantasmas no morirán de hambre, pero nosotros sucumbiremos.
(Franz Kafka. Cartas a Milena.)
Ilustración: Kim Sung Jin

martes, agosto 18, 2015

La mandíbula de Westphalen








Durante mi primer viaje a Roma, en 1974, tuve al mejor guía que uno pudiera concebir. Onassis no habría sabido pagarse un cicerone de esa calidad. Porque el agregado cultural de la embajada del Perú era Emilio Adolfo Westphalen, a quien había frecuentado el año 70 en Lima. Emilio, gran poeta, hombre de la rica y mal conocida vanguardia estética sudamericana, era también un latinista y un enamorado de la historia de Roma. Caminamos por las viejas piedras capitolinas y me habló con emoción de Julio César, de los poetas Horacio y Virgilio, del emperador Augusto, de muchos otros. Conocía de memoria los lugares claves, las grandes encrucijadas. El poeta hablaba con una curiosa vacilación, con un temblor erudito y lírico, y los datos, los versos, los maravillosos encuentros de personajes, se iban desgranando a lo largo del paseo, que recuerdo como uno de los mejores de mi vida. Al final entramos a una trattoria que él conocía bien, me parece que en el barrio del Trastevere, y devoramos unos tallarines sencillamente inolvidables. A Emilio le chorreaba la salsa, no sé si de pesto, carbonara, bolognesa, y la mandíbula le temblaba de felicidad pura.
(Jorge Edwards. La muerte de Montaigne. Tusquets 2011)

lunes, agosto 17, 2015

Oración del organismo unicelular






Quiero inventar un Dios para elevar una oración
Un Dios que todo lo pueda y esté en todo lugar
Un Dios que crea que el destino de un ser unicelular es tan importante
como ese proyecto inescrutable que todo dios están obligado a emprender
Un Dios tan grandioso que no necesite creer que
así como el cielo se alza por encima de la tierra
así sobrepasan sus caminos
a los microscópicos caminos
de nosotros
los organismos unicelulares y etc.[1]




[1] Isaías, 55.


Ilustración: Spencer Tunick.