domingo, enero 04, 2015

La soñada inmovilidad






Hubo un tiempo en que una hermosa forma de vivir era ir construyendo una biblioteca personal. Yo solía merodear por las librerías y cuando, sumando sol más sol, compraba alguno de aquellos libros, me sentía omnipotente. Ese júbilo, sin embargo, no era demasiado virtuoso, y con frecuencia necesitaba interactuar. Mencionaba, a quien pudiese interesarle, los párrafos que había subrayado, los hallazgos, las inflexiones, los capítulos que sobraban, la experiencia con las páginas finales. Leía, incluso, algunas citas que laboriosamente había copiado en un cuaderno espiralado. Cosas no necesariamente admirables, pero que me habían llamado la atención por su sonido, por la distribución de las palabras, o simplemente por algún giro desconcertante (yo las arrancaba de su contexto original para leerlas con una sonrisa torcida). Y de esta manera, poco a poco, mes a mes, año a año, las paredes de mi sitio se fueron llenando de libros. Cuando llegué a 1977 ya eran suficientes como para impresionar a alguna visita femenina que, con frecuencia, solía preguntar: ¿los has leído todos?
Simultáneamente con eso de los libros se había despertado en mí una afanosa curiosidad por la música. No era algo completamente nuevo, en  realidad, mi padre, el Alfredito, nos llevaba cada sábado a la Discoteca Internacional, en las galerías Gamesa. Él compraba un disco de música criolla y luego nos permitía elegir. Pero elegir es algo que te transforma. Una elección es una consecuencia de la indagación, de la avidez.
En la era de los vinilos era inevitable escuchar el mismo disco hasta el aturdimiento. No era nada fácil ir más allá de las novedades impuestas por nuestra radio intachablemente provinciana. Tampoco sobraba el dinero y nadie quería prestar sus discos por temor a las irreversibles rayaduras. Por eso cuando mi padre compró una grabadora de cinta sentí que el mundo se expandía. A pesar de que la calidad se debilitaba al grabar directamente con el micro, la euforia de poder armar lo que ahora se conoce como playlist era embriagante. Luego, con la aparición de lo asombrosos casetes, la democratización de la música se extendió como una epidemia.  Solo era asunto de conocer a la gente adecuada para hacerse de copias de un catálogo cada vez más variado. Con el desembarco de los casetes había llegado la hora de la gloriosa replicación. Aquí, en mi cueva, se empezaron a multiplicar las cajas. Cajas llenas de casetes con los lomos pintarrajeados con plumones de colores.  Y entonces, cuando ya todo el mundo se preciaba de tener esto y lo otro hizo su repentina aparición un platillo volador: el  CD. Era una tecnología tan nueva que resultó el primer indicio de que pronto el futuro se integraría al presente provocando una jubilosa confusión como nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad. El CD era un objeto brillante,  inmaculado, y supuestamente inmune a las temidas rayaduras. Pero la ilusión duró solo hasta que todos botamos (todos) los casetes y llenamos el espacio con versiones remasterizadas. Justo cuando ya volvíamos a sentir que el hogar estaba completo y que podíamos intentar un día de pacífica autocomplacencia se publicó en una importante revista el artículo sobre la revolución del mp3, la ingeniosa manera de comprimir digitalmente la música hasta hacerla increíblemente manejable. Eso trajo algo trascendental: la posibilidad de acopiar casi todo lo que alguna vez habíamos soñado sin tener que molestarse en abrir la billetera. Y entonces los discos duros empezaron a henchirse con tanto sonido que exigían meses ininterrumpidos de atención. ¿El paraíso? Lo triste fue ver como luego las cajas llenas de CDs tan esforzadamente atesoradas se mantenían mudas ya para siempre. Sin embargo ocurre que todas esas gigas repletas resultan ahora algo irrelevantes. ¿Para qué escarbar en nuestros archivos si podemos escuchar lo que nos dé la gana sin mayor problema en sitios como Spotify? Lo que queda claro es que, tristemente, ya no podemos relamernos  con el simple placer del avaro que cada noche repasa sus tesoros.
Con los libros ocurre algo incluso más chocante. Los libros, la biblioteca personal, han sido siempre sagrados. Incluso los que no leen jamás los ubican entre las cosas simbólicamente venerables. Recuerdo que un tío solía religiosamente comprar un tomo cada semana precisando que eran para su jubilación. Toda la inquietud y todos los sueños de su vida se levantaban con la esperanza de alcanzar el merecido descanso, ese espacio de tiempo diluído que es la vejez, rodeado de perfectas provisiones. Por eso cuando ahora se habla de la muerte del libro el escándalo parece mayor. Pero el libro no solo no está muriendo sino está experimentando un fenómeno similar al de la música y el cine.  Nunca antes en la historia, gracias a los PDFs y los epub y los mobis, ha sido tan grande la cantidad de libros (y música y pintura y cine) disponibles para tanta gente. Pero ahora su física posesión se ha vuelto irrelevante. Eso, sin duda, es una pena para los que amorosamente habíamos forjado  una respetable biblioteca personal: ya no podremos encontrar la paz (si es que existe alguna paz en el universo) apaciblemente confortados por el testimonio físico de los estantes repletos.
Hasta el siglo XX era natural que una generación pudiese disfrutar de largos años de estabilidad entre época de cambios. En el nuevo siglo la estabilidad raramente se extiende más allá de algunos meses. Hasta el siglo XX la estabilidad se amoblaba acumulando cosas que duraban mucho tiempo: libros, discos, cámaras fotográficas, hermosas máquinas de escribir. Hoy esa acumulación produce frustración porque el material acopiado solo puede ser consumido parcialmente antes de ser reemplazado por un modelo más avanzado. Los de las generaciones anteriores provenimos de la escasez endémica y estamos ahora desconcertados en la era del sorprendentemente fácil acceso a todo. Vivimos en una época donde el tránsito es el estado natural y la estabilidad la excepción: eso exige una actitud mental extremadamente flexible y una vocación por el vértigo.
Las sorprendentemente agresivas campañas por la revaloración de las tradiciones que aderezan estos tiempos salvajes no son otra cosa que la nostalgia por la perdida estabilidad. A pesar de que a primera vista las ensoñaciones medievales que combaten todo lo novedoso resultan paradójicas en este siglo tan superado, una mirada más atenta hace visible su dramática coherencia. La desesperación por la vuelta al pasado es un impulso primario y hasta estúpido, pero encuentra una explicación ante la ya patológica dificultad para encontrar algo de estabilidad. Porque la adictiva excitación por la novedad no elimina la angustia por un tiempo presente demasiado fugaz, por una perpetua inminencia del futuro. Tenemos que  reconocerlo: más allá de nuestra juvenil voracidad, en lo más hondo, lo que ansiamos es un momento de silencio. Un largo momento en la que todo esté tan equilibrado que no se mueva. Un instante que parezca el definitivo. La tan antigua y mítica añoranza por el cero absoluto.