martes, diciembre 25, 2012



Mientras cantábamos villancicos el sistema solar se precipitaba a ochenta mil Kilómetros hacia el cúmulo Globular M13 de Hércules.

viernes, diciembre 14, 2012



En las entrevistas uno siempre termina diciendo cosas que nunca dijo. Supongo que se debe a que las entrevistas también pertenecen a la ficción. El entrevistado tiene en mente una imagen de sí mismo que quiere hacer pasar por la verdadera imagen de sí mismo. El entrevistador tiene una imagen del entrevistado que debe obligatoriamente tener algunos atributos de valor periodístico. En esa confrontación surge una deformación inevitable. Pero quien sabe, en realidad tal vez somos esa horrible distorsión.
Ilustración: Guy Denning

viernes, diciembre 07, 2012



Cuando uno es muy joven está atento, casi ansioso, ante la crítica. Cuando uno es un joven escritor la crítica puede servir para orientarlo en su evolución creativa. Pero cuando uno ha recorrido buena parte del camino la crítica ya solo sirve para fomentar la vanidad o la amargura. Y esas son dos cosas esencialmente destructivas.

viernes, noviembre 16, 2012


Estamos acorralados por problemas y misterios. Un viejo destornillador ayuda a resolver una asombrosa cantidad de cosas.


jueves, noviembre 15, 2012


El chistoso de Gore Vidal inmortalizó una frase perfectamente certera: “Cada vez que un amigo tiene éxito yo muero un poco”.
Ilustración: Bruce Nauman.


miércoles, noviembre 14, 2012



La codicia es una de las fuerzas que tensan nuestro espíritu. El desmedido apetito de poder, riqueza, influencia, prestigio es la torturada senda para consagrar la supremacía sobre el prójimo. La codicia impulsa a romper records olímpicos pero corroe el nervio óptico: destruye la capacidad de vislumbrar el pasado y el futuro (del otro). Es fácil arrancarle el corazón al vecino si creemos que estamos rodeados de seres unidimensionales.
Ilustración: Dawn Mellor, Death Army 

lunes, noviembre 12, 2012


Una de las cosas menos elegantes de la dinámica de la vida es que con todo el trabajo que cuesta vivir, al hacerse viejo uno no se hace mejor persona. Principalmente se amontonan trucos para tratar de imponerse al creciente desencanto. Pero lo peor es mirar alrededor y contemplar como lo luminoso se hace opaco y sentir que es tan fácil convertirse en uno más de tanto miserable.
Ilustración: Bartolomeo Bandinelli. Estudios.

viernes, noviembre 09, 2012


El atributo más valioso del tiempo no es hacer posible la dinámica de la vida, sino crear las condiciones para olvidar la dinámica de la vida.
Ilustración: Jean Dubuffet.

miércoles, noviembre 07, 2012


Lo único que soporta el (clásico) compromiso de “hasta que la muerte los separe” es el (clásico) amor a sí mismo.
Ilustración: Guy Denning.

jueves, noviembre 01, 2012



Las medias mentiras (¿o medias verdades?) son el recurso literario por excelencia. La literatura está hecha de medias mentiras. Las medias mentiras son vigorosas porque manipulan la mente con la ilusión de que existe lo verdadero.

martes, octubre 30, 2012


¿Cómo se puede distinguir a un poeta de un loco? Lucía, la hija de James Joyce, tenía la certeza que ella era la verdadera genio de la familia, que eso se sabría pronto. Ambos tenían mentes poderosas y oceánicas, según Jung, pero el problema estaba en que mientras James nadaba, buceaba, Lucía se hundía hacia el fondo (del manicomio). 
Ilustración: Nino Migliori. El Buzo.

viernes, octubre 26, 2012


Su reino era de este mundo y también del vuestro


¿De dónde son los poetas? Una buena respuesta la dio César Moro: “Mi reino es de este mundo, más no del vuestro”. Pero el Toño Cisneros siempre le hacía ascos a eso de las frases, de los versos preciosos. No perdía oportunidad de aclarar que no hay nada más huachafo que andar haciéndose el especial. El Toño aseguraba (desafiante) que tenía los pies bien puestos en este mundo. Se burlaba de los “sagrados” caminos para encontrar “la belleza”. Un día incluso afirmó que la poesía no era el centro de su vida, que había otras muchas cosas (más y mejores). Y así una obra jubilosamente irreverente contra la retórica poética tuvo decisiva influencia en la retórica poética de varias generaciones de la literatura peruana. Claro que la magia, eso que llena de (autentica) originalidad a los poemas, es siempre personal e intransferible.
El factor común entre los poetas parece ser el egocentrismo y la laboriosa edificación de un universo paralelo. No estoy seguro que el Toño haya sido más egocéntrico que los demás (como se afirma), pero si me parece digno de atención el hecho de que no le interesara para nada disimular el asunto. Resultaba incluso divertido en su conchuda inmodestia. ¿Había construido el Toño su propio cosmos, un sitio que de facto lo obligaba a ser algo extraterrestre? Seguro, no creo que se pueda ser poeta sin tener esa habilidad. Pero a diferencia de la mayor parte de los coleguitas el Toño detestaba empollar en sus confines y se inmiscuía sin asco en los universos ajenos. Los que lo querían consideraban eso su particular estilo de desplegar una exuberante vitalidad, su manera de eliminar distancias y estar realmente presente. Los que no lo soportaban sentían seguramente que era un tipo impertinente e intrusivo. Él probablemente se decía a sí mismo que ya que estaba en posesión de una inteligencia tan ágil no resultaba saludable contrariar la compulsión de ejercitarla a cada rato.  Sin embargo detrás de esa parafernalia de hombre “con calle” uno podía adivinar que estaba el otro, el que era adicto al cariño de sus amigos, el que podía atreverse a lo ridículo, el inexplicable, el que transformaba todo ese estupendo ingenio tan ostentosamente terrenal en radiante poesía. Sí, en poesía, y sí, en algo exactamente refulgente. 

martes, octubre 09, 2012

Premio Guggenheim



Con los miles de dólares del premio Guggenheim Federico Peralta Ramos estaba obligado a realizar una obra artística. De preferencia una obra maestra. Se comunicó con un sastre y encargó trajes para 25 de sus conocidos (entres amigos y enemigos). La comida fue en el hotel Alvear, un lugar sublimemente dispendioso. La factura fue luego enmarcada para su eventual exhibición (y adquisición).

jueves, octubre 04, 2012

Bonito, todo me parece bonito


La belleza es el enemigo de la expresión. Eso fue lo que dijo el notable violinista Christian Tetzlaff a un grupo de estudiantes. Supongo que se refería a que el preciosismo satura la oreja y no permite explorar zonas más hondas de la topografía del alma. Hace un par de días volví a ver “El árbol de la vida”, la aclamada película de Terrence Malick, y la cosa estuvo clara: tanto caramelo para el ojo no le hace bien al ojo. A pesar de que ese film tiene una ambición que conecta el drama íntimo con la conflagración cósmica el abuso de imágenes de axiomática belleza nos retrasa, nos empantana, nos impide alcanzar la trascendental meta perseguida. El final, en particular, resulta emético en su aparatosa espiritualidad. 

Ilustración: Irving Penn - Miyake Sunglasse. Lars Hall collection.

miércoles, octubre 03, 2012


Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay siempre pensamiento. Esto es desesperante. (César Vallejo. Contra el secreto profesional)

martes, octubre 02, 2012

Cabello de Ángel




Se ha comprobado que el olor de la santidad es una mezcla de membrillo y rosa. Por alguna razón tendemos a asegurar que no hay nada más exactamente dulce que la repostería de las monjas. Su castidad y sus vínculos con todo lo celestial es seguramente el misterioso ingrediente que hace más aéreo a todo ese trigo y a toda esa miel. Pero el toque mágico es la insospechada aparición del humor entre esos muros de clausura. Porque francamente hay que estar marcado por una cierta sonrisa para bautizar a una empanada de hojaldre rellena con crema pastelera como “Barriga de monja”, o llamar “Huesos de santo” a unas varitas de almendras y azúcar. La receta de las “Virutas de San José” y del “Flan de cerezas de la Ascensión” debe haber sido producto de una gozosa revelación. Mención aparte merecen los benditos “Pingüinos”. En Arequipa los monasterios de Santa Catalina y Santa Teresa son los que desde tiempos virreinales desarrollaron esta tradición que se remonta hasta la Europa de la Edad Media.
Ilustración: cocina del Monasterio de Santa Teresa en Arequipa.

sábado, septiembre 29, 2012

Patas del alma


Duplas fascinantes abundan en la literatura y especialmente en el cine pero, como hace notar Harold Bloom, lo extraordinario de la yunta tan desigual entre Don Quijote y Sancho Panza no es solo su carácter fundador, sino su peculiaridad: la comunicación entre ambos es de ida y vuelta. Ambos escuchan. A pesar de lo disímil de su proyecto estos personajes confluyen constantemente a lo largo de diálogos cotidianos. Y esa respetuosa confrontación genera una evolución: la gloriosa locura del caballero andante empieza a adquirir un filo insospechadamente sagaz, y la sensatez profesional de Sancho muta hacia el territorio incierto de las interrogantes. Luego de tantas páginas conversando y corriendo aventuras ninguno es el que era al principio. El compañerismo transformador no es demasiado frecuente en la literatura (ni tampoco en la vida), donde abundan los egocéntricos. Por ejemplo Hamlet, que al haberse afincado en su oscura certeza parece que todo lo que escucha es para confirmar sus convicciones. Y también la pobre Madame Bovary que muere de tanto escucharse a sí misma, solamente a sí misma. Seguramente la clave del inmortal atractivo de la obra de Cervantes es que supo crear una dupla de inesperada perfección. Don Quijote, con su hermosa locura, es el paradigma del hombre que se resiste a su destino al ras del suelo, que sabe que puede cabalgar en una elipse gracias al poder de la poesía (digo poesía y no simplemente imaginación, porque la poesía es una modalidad particularmente destilada de la imaginación). Sancho Panza, por otro lado, hace uso del sentido común con una vitalidad que desenfunda auténtica inteligencia, cuando no genio, otorga ese ingrediente que solo está en las cosas palpitantes: la perspectiva.
Ilustración: Arlequin porToshio Enomoto 

lunes, septiembre 24, 2012

Orgullo nacional y de los otros



Algunas personas piensan que es patético el fervor nacional por el actual boom de la gastronomía peruana. Con sorprendente frecuencia varias de esas personas suman su voz apasionada y desafiante a la de la tumultuosa barra de algún club de fútbol. Lo más prodigioso es que también parecen convencidos de que la configuración de su mente es invulnerable a toda incoherencia.  

Ilustración: Ralf Winkler, alias A.R. Penck

miércoles, septiembre 19, 2012

Pronunciamiento ciudadano



A principios de setiembre un grupo de ciudadanos lanzamos un pronunciamiento. En resumen se decía que si bien es importante la implementación de espacios públicos, lo trascendental es hacer bien el trabajo. Los que afirman que una obra mal hecha es mejor que una obra no hecha son los que parecen resignarse a que el destino de Arequipa sea la mediocridad.

martes, septiembre 11, 2012


Baile de Maltí
Cuenta doña Rosa con aspavientos y lujo de detalles que el baile de Maltí es la historia de un negro soplón. El Maltí era un capataz al que le gustaba maltratar a sus hermanos y lucirse con el saco que le regaló el patrón. Un día después de pallar el algodón y limpiar la acequia se enteraron que Castilla les había dado la libertad. Lo primero entonces fue linchar al Maltí, cuenta doña Rosa. Pero cuando le arrancaron el saco vieron que solo servía para ocultar una camisa vieja, sin mangas y llena de huecos.
Historia encontrada aquí.

viernes, septiembre 07, 2012


Jonatham Lethem comentando Chesil Beach, la novela de Ian McEwan, afirma que el horror se localiza en ocasiones en la distancia entre dos subjetividades que ansían fundirse, transmutarse en una nueva entidad, y fallan miserablemente. Esta es una interesante perspectiva del fracaso amoroso no porque sintetice la normalmente horripilante experiencia de los amores contrariados, sino porque señala algo que suele obviarse a la hora de las precisiones: el objetivo del amor. Normalmente esto se replica apelando a la lírica y todo queda suspendido en una nube de coloridas metáforas. ¿Pero cuál es el verdadero objetivo de los amantes? Respuesta: utilizar el alma (y cuerpo) de otra persona como ingrediente para alterar la propia identidad. La pareja ideal es el ingrediente que falta para completar el plan maestro. La pareja real en cambio normalmente solo tiene una limitada porción de la ideal. Con frecuencia se da el caso de gente que odia a su pareja porque o esta le fue impuesta por el azar o las circunstancias, o porque ésta le revela una identidad que quisiera no sea la suya.
Ilustración: Kent Killiams.

jueves, septiembre 06, 2012




El de Edipo es un mito claustrofóbico.  Freud, con su tendencia a esquivar lo obvio, lo convirtió en una especie de pecado original, pero hay allí un escenario que apunta a la tensión existente entre el libre albedrío y la fuerza gravitacional del destino. La fuerza concéntrica que nos impulsa a regresar al lugar donde empezamos (a repetir un patrón de movimiento) solo puede ser alterada por una violencia, por la acción de fuerzas excéntricas del albedrío. Dentro del esquema del mito de Edipo la capacidad de tomar decisiones es parte de trama y tono. Sin el ejercicio de la libertad Edipo no podría alcanzar la dimensión trágica de su destino. Esa es la paradoja que hace que este mito sea tan profundamente ilustrativo (de lo humano).

miércoles, septiembre 05, 2012



Una persona puede cometer los crímenes más viles sin otro motivo que una empeñosa subordinación burocrática. Eso constituía para Anna Arendt "la banalidad del mal".

martes, septiembre 04, 2012



Siempre preguntan para qué sirve la literatura. Pero la literatura es probablemente (se puede probar) la actividad más importante que ha inventado la especie humana. Sirve (nada menos) para redescubrir la singularidad. Una y otra vez. La singularidad es el atributo (el acontecimiento) central de lo humano, el decisivo. Cuando se olvida este hecho se hace posible el genocidio.

lunes, septiembre 03, 2012




El reverendo Francisco Cerpa anunció (en reciente conferencia de prensa) que es falsa esa imagen tan recurrida sobre que la vida es como un tren que alcanza la estación del instante. La vida es mucho más parecida a un aluvión, reveló el reverendo. O (mínimo) es una red fluvial que desemboca en el mar que es el instante. 
Ilustración: Julie Mehretu.

domingo, septiembre 02, 2012


La conciencia analítica se enfrenta (siempre) en combate desigual contra la esencia salvaje de la vida.

sábado, septiembre 01, 2012

Bechamel



Afirmar que un texto heterodoxo no es otra que la suma arbitraria de todas las cosas que dan vueltas a la cabeza del escritor es como afirmar que una buena salsa bechamel no es otra cosa que un elegante engrudo. O que un pollo a la brasa no es más que un pollo muerto expuesto al calor. O que el acto del amor no es otra cosa que un vehemente intercambio de fluidos. La perspectiva es lo único que da sentido a la verdad.
Ilustración: Francesca Woodman.

viernes, agosto 31, 2012


Cosas de la vida



Algunos aseguran que la angustiosa pulsión por ponerse por encima de los demás se origina en la cabezona insistencia del espermatozoide triunfador. Pero recientes estudios parecen demostrar que si bien la carrera por alcanzar el óvulo es la primera de una vida signada por la competencia, en realidad es la última en la que se juega limpio. Porque no bien el infante empieza a formular sus primeras palabras ya empieza el aprendizaje de taimados recursos. En esa medida la famosa ley de la selección natural funciona a nivel social como un filtro donde los más astutos logran ubicarse en las posiciones más expectantes. Es por eso que el sector de los afanosos dirigentes suele estar integrado por depredadores, con una gran habilitad para deshacerse de enemigos y para falsificar una identidad de signo positivo. Salvo honrosas e inexplicables excepciones.
Ilustración: collage de Jens Ullrich.

jueves, agosto 30, 2012


Hay dos grandes tribus en el mundo



  1. Los del universo de lo inmediato. Los que entienden la vida a través de la exaltación sensorial. Esos que consagran a la euforia como el estado ideal. Esos que exigen la satisfacción urgente del deseo. Esos que experimentan los incidentes (de la vida) con adictiva vibración. Esos que piensan que la vida es una marejada que inunda (inunda) la conciencia. Pero (por desgracia) no somos ángeles. Esos pronto averiguan lo aburrido que es el mundo cuando la capacidad de sorpresa se satura.
  2. Los otros. Los que piensan en el futuro (y en el pasado). Los precavidos. Esos que lanzan una amplia mirada (hacia el flujo del tiempo y la amplitud del espacio). Esta zona que revela la (verdadera) proporción de los afanes humanos y permite vislumbrar las coordenadas de lo real. Esa zona que requiere una actitud mental que se sustenta en el estoicismo (para comprender el panorama de la existencia). La conciencia de la muerte es característica frecuente en este territorio y sirve para contrarrestar el efecto cegador de la euforia vitalista. La melancolía es el terrible precio que pagan los de este colectivo.
Nota: Solo una situación de conflicto rompe el capullo de la identidad y crea las condiciones para el cambio. La renovación necesariamente se da cuando el sujeto peregrina conmovido hacia la otra zona del universo de lo humano. Porque el ser (el modo de ser) se revela como la más estricta de las prisiones. Nota: Lo humano está labrado por la tensión entre lo mediato y lo inmediato. 

miércoles, agosto 29, 2012

Ahí



Hace unos pocos miles de años una mutación afectó a cierta especie de monos. Les borró la memoria (de lo que eran). Ese neurótico impulso los llevó a enfrentarse a la naturaleza. Negando su (objetiva) realidad (animal) esos primates edificaron un nuevo universo. La clave de lo humano es una simple enfermedad mental.
Ilustración: Ellem Klimov.

domingo, junio 03, 2012


Esta tarde me enteré que probablemente yo también debo mi equilibrio (efímero) a una simple mezcla de papel y tinta.
Ilustración: Moebius.

miércoles, mayo 23, 2012


¿Cómo empezó todo este asunto?


Mi padre solía sorprendernos por lo menos una vez a la semana. Mi padre apareció un sábado con una colección completa de libros. Mi padre cada noche se ponía su pijama y se rodeaba de sus cuatro hijos. Nosotros escuchábamos con los ojos redondos hasta que él, cerrando el colorido tomito, nos informaba que la historia continuaría a la misma hora, la noche siguiente, sobre la misma colcha atigrada. Yo aún no había aprendido a leer. Entonces durante el día abría cuidadosamente aquellas obras empastadas en tela y observaba los signos. Me daba cólera no poder arrancarles su contenido. Yo quería saber qué pasó, qué pasaba, qué pasaría. Todo de una vez.
Cuando agotamos los diez tomos de las aventuras de Naricita ocurrió la primera subterránea conmoción. ¿Y ahora qué? A esas alturas ya todos habíamos aprendido a leer y ávidamente nos peleábamos por adelantarnos a la primicia. Entonces mi padre nos sorprendió otra vez. Y ese milagroso sábado apareció en la casa, bajo el sol, con unas revistas de historietas ocultas en su maletín. Fue otra revelación. Las imágenes. Los diálogos. Todo ese movimiento con simples líneas. Fue una adicción instantánea. Me pasaba la semana esperando ansiosamente ese momento increíble cuando mi padre, bajo el sol, aparecía con su maletín.
Pero un día nosotros sorprendimos a mi padre. Tal vez rompimos el jarrón chino que les habían regalado en su matrimonio. O saltamos desde lo alto del ropero al filo del catre. La cosa es que mi viejo nos anunció la terrible sentencia: nada, nunca más; durante los sábados ya nunca aparecerían las historietas. Y el mundo se hizo desolado. Un erial sin esperanza. Hasta que meses después, precisamente durante una de esas largas vacaciones de fin de año, mientras divagaba con mi hermano en los cuarteles centrales de nuestro club, provoqué ociosamente con el pie un pequeño derrumbe.  Y entonces, entre los trastos viejos, avisté algo que me quitó el aliento. Ahí estaban. Todas, todas las revistas que mi padre había comprado al por mayor para regalarnos cada sábado. Ahí estaba lo que pensé que había perdido para siempre. Y por primera vez en mi vida sentí que me daba vueltas la cabeza. Sin duda aquel fue el momento más feliz de mi vida. Luego, con el paso de los años, he salido muchas veces de librerías con algo hermoso entre las manos, pero nunca, nunca la dicha fue tan pura.
2
Me las arreglo como puedo. Prefiero creer en la literatura no como una profesión sino como una forma de vida. Hay que decirlo: una insensata forma de vida. Algo parecido a lanzarse a un matrimonio con una mujer enloquecida. Una rutina de días salvajes con emociones, con momentos inesperados. Con la terrible presión de tener que inventar el mundo una y otra vez, cada mañana.
Algunas veces me ha pasado por la cabeza que esto de escribir literatura es en realidad una actividad infantil que con el paso de los años, con la llamada madurez, ha ido mutando hasta convertirse en un engendro altamente sofisticado. Un monstruo voraz que conspira para imponer su yugo al universo. ¿Qué hace que unas personas bastante serias y ya mayores se dediquen a inventar historias, a hacer juegos de palabras, a mostrarse indiscretos no solo con el prójimo, sino hasta consigo mismos? Los arquitectos evitan que la cocina esté junto al dormitorio. Los médicos nos obligan a vivir más de lo necesario. Los filósofos se afanan con las preguntas. Los sacerdotes insisten en salvar (o condenar) nuestras almas. ¿Y para qué sirven los poetas? ¿Para qué sirven los novelistas, los pintores, los pianistas? Esa es la maravilla. Nadie sabe. Se aventuran teorías que reiteran palabras melosas como “belleza”, “sagrado”, “origen”, “luz” “amor”.
Hay varias propuestas. Una de ellas asume que los artistas son la expresión más elevada de lo humano porque no sirven para nada. Voto por ésta. Después de todo el afán de la civilización hasta alcanzar la elevada cumbre del iPad solo encuentran sentido dentro de su propia lógica. O sea simple pendejada.  Somos ficción de pies a cabeza (emocionante ficción con clímax y anticlímax, con exposición nudo y desenlace). Somos nada y vamos hacia nada (lo que hay en el medio es únicamente un intrincado garabato lleno de colores y emociones, letras, ruidos, y un travieso tic-tac hacia el fondo del pasillo). Pero el problema con la nada es que está repleta. La nada tiene ojos y pestañas y nos hipnotiza. Por eso todos los artistas del mundo se lanzan contra sus instrumentos de trabajo para producir contenido, para inventar la posibilidad, para impugnar el escándalo de lo sin nombre, de lo sin forma, de lo sin sentido. Porque por uno de esos inexplicables incidentes cósmicos el artista es un pequeño monstruo que ha quedado atrapado en el momento de nacer. Y la capacidad de sorpresa es entonces la reproducción de ese chillido o gemido o lo que sea que lanzamos al surgir de entre las piernas ensangrentadas de la madre. Ese grito con cara arrugada y empapada.
3
Ahora comprendo que cuando me inicié no sabía que me estaba iniciando. Simplemente algún misterioso accidente me obligó a llevar el juego hacia una nueva frontera. Empecé a creer que el juego era la verdadera realidad, que cuando no estaba jugando estaba simplemente en el intermedio (para tomar la sopa).  Luego, cuando un mal día decidí que no era del todo absurda la idea de convertirme en escritor eché una mirada a los diversos procedimientos y técnicas con aburridos resultados. Fue ahí cuando comprendí que a diferencia de los médicos, los arquitectos o los economistas los poetas no podemos simplemente adquirir conocimiento y aplicarlo. No. La clave para que haya diversión (y luz, y belleza y origen) es que “hagamos de cuenta” que todo empieza cuando uno escribe que todo empieza. O sea hay que darse el trabajo de inventar el universo cada mañana. Hay que invocar lo sagrado (de las musas) con el sucio truco de cerrar los ojos y alzar la nariz hacia lo alto.

miércoles, mayo 02, 2012

Sigo corriendo


 por: Dino Jurado

   De regreso en la habitación enciendo el televisor y me acuesto. Me subo las frazadas hasta el cuello y con la cabeza levantada por la almohada mantengo la vista fija en la pantalla. Unos hombres sesionan alrededor de una mesa larga, discuten un rato; luego salen en grupos, se meten en dos autos negros que esperan en la calle y parten velozmente. La mafia en acción, pienso. No puedo saberlo porque no le he puesto volumen al aparato; no quiero escucharlo; no voy a intentar otra cosa mas que mirar las imágenes mudas de la televisión hasta dormirme.
   Pero no me duermo; nadie podría dormirse en una situación como la mía, así que continúo mirando la tele hasta que termina la transmisión y aparece la bandera. Es medianoche y han puesto la bandera bicolor en el centro de la pantalla; seguramente están tocando el himno nacional, pero yo no escucho nada, ni dentro del cuarto ni fuera de él; el mundo entero está en silencio; me levanto despacio, tratando de evitar que el catre cruja, y apago el televisor.
   ¿Ahora qué? Tengo algo pensado, pero no estoy tan seguro; se trata de salir a la calle y hacer una llamada de larga distancia desde la central telefónica, para que me confirmen la noticia; mientras tanto sigo allí de pie, en pijama, mirándolo todo como si estuviera despidiéndome.
   Apago el foco encima de la cabecera y me siento en el borde de la cama. Sigo pensando. Si salgo a la calle quizás no pueda hacer la llamada; a esta avanzada hora de la noche lo más probable es que la central telefónica esté cerrada; y si de todos modos saliera, como a veces me ocurre, daría unas cuantas vueltas y terminaría sentado en una de las bancas del llamado Paseo Cívico, helándome a conciencia; luego compraría un trago y regresaría a casa; un tercio de ron del Danubio, seguramente, el único lugar que hoy por hoy atiende toda la noche.
   Desde que vivo en esta ciudad el movimiento nocturno se ha restringido al mínimo. Es la época. Al final de la tarde la niebla desciende sobre la ciudad como una invasión blanca; se posa mansamente en los techos y llena las calles de un aliento frío y vaporoso; durante la noche cae una lluvia tan fina que nadie se percata de ella y, al día siguiente, la ciudad se despierta mojada. Es la época, ya lo dije. Agosto, para más señas.
   Enciendo otra vez el foco; quedarme a oscuras no me ha hecho avanzar ni un paso hacia el sueño; en realidad estoy más despierto que antes: estoy desvelado; la noticia recibida es lo que me ha puesto en tal estado. “Ha caído enferma”, es la frase con que se me ha informado. No puede orinar hace tres días. Y es todo lo que sé. Dicen que ni siquiera el médico que la atiende sabe algo más que eso por ahora; están esperando el resultado de ciertos análisis para formular el diagnóstico y decidir el tratamiento, la intervención quirúrgica; en suma, un asunto feo se le mire por donde se le mire.
   Miro en derredor y mi vista se detiene en el ventanuco semiabierto, a un palmo del techo; tiene el marco desencajado y uno de los vidrios roto; por allí se cuela el frío durante la noche, las voces de la vecindad por las mañanas, conversaciones de cocina, ruidos de toda clase, algo de música moderna y, de vez en cuando, cada vez menos, el aullido lastimero del dementito.
   Una mañana, mientras lavo ropa en el patio, comienza a suceder algo en la casa del fondo; parece una agria pelea de familia. De pronto, imponiéndose al griterío, escucho aquel aullido espantoso; es como el dolor de un animal, una queja áspera y aguda que cesa cuando una voz recia pide silencio. Días después me los topo en la esquina. La madre ha sacado a la calle a su pequeño monstruo para que se distraiga guiñándole los ojos a la luz del día. El chico tiene los párpados enrojecidos hacia afuera, casi colgando de su cara de luna. Me quedo observándolo una larga hora hasta que la madre reaparece y se lo lleva del brazo. Eso ha sido todo y ha sido suficiente. Al día siguiente vuelvo a escuchar su grito pero ya no me conmueve.


   Me acerco a la mesa, desenchufo el televisor y en su lugar conecto el pequeño estéreo; cojo uno de los cassettes, le doy vueltas entre las manos sin intentar leer en el lomo la descripción del contenido; lo extraigo de la caja, lo coloco cuidadosamente en la cassettera y presiono la tapa con la mano abierta para sofocar el chasquido; por último, apreto el tercer botón y la pongo en marcha. Cuando escucho las primeras notas compruebo que el mínimo volumen es suficiente; no despertaré a nadie con esto; yo mismo podría dormirme sin problemas. Por lo tanto, apago la luz y me acuesto. Me estiro bajo las frazadas, a todo lo largo de la cama, y escucho.
   Las notas que esa noche salen de los parlantes pertenecen a los preludios de Debussy; las reconozco a medida que avanzan; pienso en ellas. Imagino gotas que el aire mece y luego abandona a su suerte; gotas que caen sobre superficies cristalinas y se descomponen en formas; formas tan ágiles y contundentes como pensamientos precoces. Las sigo escuchando. Me hundo cada vez más. He caído en la música como en un mar distante, y allí estoy, vagando entre flujos y ondas, cuando escucho un ruido discordante y abro los ojos.
   No sé qué pensar de lo que ha sucedido. Me incorporo a medias, apoyando los codos en la almohada, y observo la oscuridad. Mis largas piernas se me han adormecido bajo las frazadas. Doblo una, luego la otra; muevo los dedos del pie derecho hacia delante y hacia atrás varias veces; estoy haciendo lo mismo con el izquierdo cuando el ruidito se repite y me levanto de un salto. Enciendo la luz.
   “Es como un rascar”, pienso. Alguien se ha puesto a rascar a las dos de la mañana de esta noche infausta; y yo sólo tengo una bolsa de plástico a la mano, es mi único escudo. La extraigo de debajo de la cama y me inclino a observar el llamado rincón de la música; allí están las cajas de cartón llenas de cassettes hasta arriba; estiro el pie; en alguna de ellas debe haberse producido el ruido. Estoy a punto de darles una patada, pero entonces lo veo; me detengo; él también se detiene en seco, sobre el filo de un cassette; se queda mirando. No es algo con lo que uno se encuentre cara a cara con frecuencia. Nos miramos largamente, cada cual sorprendido por la presencia del otro. El temblor involuntario de mi pierna lo asusta; el animalito salta de la caja; lo hace velozmente, pero eso no le sirve de nada: cae en la de al lado, donde mi mano derecha, enfundada en la bolsa, le cae automáticamente encima.
   De principio a fin la escena no ha durado más de lo que suele durar un preludio de Debussy. Tras un corto silencio empieza la música nuevamente; esta vez son los primeros acordes de La Catedral Sumergida; levanto cuidadosamente la caja con las dos manos, la pongo sobre la cama y me siento al lado. “Misión cumplida”, pienso; un corazón minúsculo late desesperadamente bajo la palma de mi mano, demasiado minúsculo para esta música tan álgida como sutil. Intento entregarme por segunda vez a escucharla; las gotas del piano vuelan ahora cada vez más lejos, caen cada vez más hondo; por poco tiempo pues el animal no está quieto un instante; se revuelve constantemente; lo sujeto dentro de la bolsa y con un nudo le cierro la salida.
   Fin de la escena. Se acurruca en una esquina y se queda inmóvil, respirando con ahínco. Cierra los ojos suavemente, casi con gracia, luego los abre un poco y al tomar aire se le infla el cuerpo. Continúa un buen rato en ese plan mientras el plástico se cubre por dentro con pequeñas gotas de vapor; se ha empañado; y el animal no se mueve. Le doy unos toques con el índice y no reacciona. Doblo la bolsa, reduciendo al máximo el espacio interior, y recién entonces comienza a moverse desesperado. Sus patillas se endurecen y las uñas atraviesan el plástico. Chilla. Le paso un dedo por el lomo para apaciguarlo; “tranquilo, tranquilo”; luego se lo pongo sobre la cabeza y presiono; me mantengo firme unos segundos. Cuando deja de moverse hago un nudo a la bolsa y arrojo el atadito al rincón de la basura; me duermo.


   Al día siguiente me siento muy cansado, como si no hubiera dormido lo suficiente. Y no dejo de pensar en lo sucedido. Me hace divagar con la tiza en el aire mientras dicto mi clase diaria de historia. Lo tengo claro que no me ha ocurrido anteriormente. A mediodía, sin hambre, almuerzo algo ligero en la cafetería de la universidad; no suelo entrar allí, sólo para evitar a mis colegas; y mientras me acodo a la barra y mastico concienzudamente el sándwich de queso, recuerdo un episodio parecido al de anoche, una pequeña anécdota ocurrida hace años, cuando aún vivía en la casa de mis padres.
   Una mañana despierto muy temprano, antes que todos, y me asomo al patio. Un grupo de palomas da vueltas en el cielo limpio, frente a mi ventana. Aletean un poco sin hacer ruido y se dejan ir perezosamente, sostenidas por las corrientes de aire; luego descienden en círculos concéntricos cada vez más pequeños, hasta que finalmente se posan en tierra, dentro de los linderos de la huerta. Me acerco sigilosamente para verlas mejor, pero ellas adivinan mi presencia y una tras otra van alzando el vuelo. Aletean espantadas y desaparecen en los alrededores. Sin embargo, tengo la sospecha que alguna se ha quedado merodeando entre las azucenas. Avanzo a gatas sobre el borde del estanque hasta verla: está bebiendo agua de un charco, al pie del olivo. Ni siquiera pienso ¿qué hago ahora? Salto como un gato y le caigo literalmente encima; pero el ave se escurre con rápidos aleteos; choca contra las ramas más bajas del árbol y entonces yo la cojo con una mano, en pleno vuelo.
   La pongo en una jaula y le doy de comer unos días, luego la olvido. Una tarde me avisan que no quiere comer, está enferma. Trato de reanimarla abriéndole el pico a la fuerza, pero la paloma tiene todo el aspecto de querer morirse. No pone nada de su parte. La extraigo de la jaula y la llevo a la huerta. La pongo en el borde del estanque. No pasa nada, se queda allí sentada, sin moverse. Le abro las alas y se le caen sobre el cuerpo. Es un cuerpo menudo y frágil que mi mano abierta cubre enteramente. La levanto. La lanzo. Como si fuera una piedra. Sus plumas blancas se agitan mientras cruza el aire y por un instante parece que volara. Luego escucho el golpe seco de su cuerpo contra el techo de madera de la casa del vecino.
   A eso de las seis, después de dictar la última clase del día, abandono la universidad. Llego a casa y voy directamente al rincón de la basura. No hay novedades, la bolsita con el cadáver sigue ahí. Entonces empiezo a cambiarme. Estoy cansado y me duelen el cuello y la espalda y tengo las axilas sudadas. Me quito la ropa hasta quedarme en calzoncillos. Es invierno y está haciendo mucho frío afuera, pero yo estoy acalorado y nervioso aquí adentro. He trabajado mucho hoy. Normalmente los jueves trabajo mucho, dicto clases mañana y tarde, termino muerto, más muerto si pienso en lo poco que me pagan. Me tiendo boca abajo sobre la colcha fresca y estiro las extremidades. Las levanto una por una y las dejo caer. Me vuelvo a estirar a todo lo largo. Estoy en eso, casi relajado, cuando de pronto una voz urgente me llama desde el pasillo.


   La señora S. me está pidiendo que salga un momento, tiene algo que decirme, es mi vecina de apartamento. Hijo, dice, tu madre está mal, me encargaron que te avise. Eso ya lo sé, digo, anoche ya me trajeron la noticia. Pero no se trata de eso, hay algo más, tiene noticias frescas, más recientes. Tu hermano llamó por teléfono, dice, dijo que debes viajar inmediatamente, hoy mismo.
   He sacado medio cuerpo fuera de la habitación para hablar con ella y empiezo a sentir frío. La señora S. debe creer que estoy desnudo y ha dejado de acercarse. Yo no estoy desnudo; tengo puesto el calzoncillo, los calcetines de lana y las sandalias de cuero; pero no puedo salir de la habitación en ese estado, obviamente.
   Ahora la señora S. me ofrece dinero para el viaje, tómalo como un préstamo, dice, y no se le ocurre decir más; es todo; su misión ha concluido. Se da media vuelta y regresa renqueando a su cuarto; yo me visto. Tengo mis dudas pero me visto. Termino de meter la ropa en el maletín y voy a buscarla. Me presta la guía telefónica y el teléfono y yo pido que me pongan con el hospital donde han ingresado a mi madre. Pregunto; preguntan. Doy mi nombre; el de ella; espero. Se escuchan chirridos, ecos de conversaciones ajenas, lo típico en una llamada de larga distancia. La señora S. se mete a su cuarto de baño, abre el caño del agua; pero no parece que estuviera lavándose; el agua corre regularmente con el mismo ritmo; hasta que vuelvo a escuchar una voz humana en el teléfono.
   Sí, dicen, la señora ingresó anoche por el servicio de emergencia, pero ya se la llevaron.
   La señora S. cierra por fin el caño y el agua deja de fluir y de perderse. No cae una sola gota más; ella no sale del baño; se queda metida ahí, esperando que me vaya.
   Me falta preguntar a dónde se la han llevado, pienso hacerlo, pero se me adelanta la voz en el teléfono.
   A su casa, dice.
   Ahora me falta preguntar para qué, pienso hacerlo, pero se me adelanta la voz en el teléfono.
   Para el velorio, dice.
   Salgo de la habitación de la señora S., cojo el maletín que he dejado en el pasillo, bajo las escaleras de madera de esta vieja casa de huéspedes, llego a la salida y abro la puerta. La calle está despejada y silenciosa como si fuera domingo o cualquier otro día festivo. Pero este día de agosto no es domingo ni festivo, que yo sepa. Cierro la puerta a mis espaldas y comienzo a caminar hacia arriba, en dirección a la estación de buses. Avanzo pesadamente, una manzana, dos manzanas. Llego a la esquina de la Plaza del Teatro, pero entonces me acuerdo. El animal muerto sigue  allí, metido en la bolsita. Decido regresar y atender ese asunto. No es algo que deba dejar olvidado muchos días, el cuerpo comenzará a descomponerse pronto y a oler. Empiezo a correr. La dueña de la casa podría darse cuenta y armar un escándalo. Corro más rápido, una manzana, dos manzanas. El mundo sigue tan silencioso y despejado como antes. Sigo corriendo.
Dino Jurado. Sigo Corriendo. Editorial Apóstrofe. Arequipa 2012.
(Ilustración: Andre Butzer Obstgarten EdvardMunch)

lunes, abril 09, 2012


Hay golpes en la vida tan fuertes yo no sé

Uno
Recientemente nos ha llegado la noticia que Cesar Vallejo no es Cesar Vallejo.  En todo caso no el Cesar Vallejo tan merecidamente venerado como el auténtico genio de la América hispana. Aparentemente fue Luis Garaycochea de la Barra el autor del verso “Hay golpes en la vida tan fuertes yo no sé”. El problema es grave porque hay indicios fuertes de que también escribió el 99 por ciento de Los heraldos negros, de Trilce, de Poemas humanos, y de España, aparta de mí este cáliz. Pruebas desgarradoramente irrefutables apuntan a que Cesar Vallejo habría sido únicamente el autor del 80 por ciento de Paco Yunque y del resto del material en prosa. Incluyendo los artículos periodísticos. ¿Es esto una broma? Ojalá. Lo que ocurre es que hace unos meses Nataly Villena -la investigadora cusqueña afincada en Paris- encontró, por un prodigioso juego del azar, un cuaderno empastado en tela cubierto de principio a fin por una malgeniada caligrafía. Era el diario secreto de Georgette Marie Philippart Travers.
Luis Garaycochea de la Barra fue un arequipeño nacido en la última cuadra de la calle Sucre. Su situación no era similar a la de Edward de Vere,  cuya elevada posición social y su escondido parentesco con la reina Isabel le impedían reconocer inclinaciones tan plebeyas como la de escribir poesía y obras de teatro, por eso se vio obligado a pagar buenos dineros a William Shakespeare para que firme cosas como Hamlet.  Las razones de Luis Garaycochea de la Barra fueron algo más conceptuales (o existenciales). Luego de una infancia y juventud arequipeñamente estúpida habría tomado la decisión de ser el poeta más grande del Perú. Pronto se dio cuenta que un verdadero poeta no puede tener tan mezquina ambición. Por eso decidió que estaba destinado a ser uno de los grandes poetas de todos los tiempos.  Eso implicaba algunas firmes decisiones. Eso implicaba por ejemplo sentarse frente a una hoja de papel en blanco. Afortunadamente para Luis Garaycochea de la Barra ocurrió uno de esos eventos cósmicos en los que se alinearon el conocimiento, la intuición y sabe Dios qué enjambre de otros factores y, de pronto, el viejo lápiz empezó a moverse con prodigiosa fluidez. Y en un espacio de tiempo que podía ser medido en días, o semanas, o incluso en años, aparecieron frente a su mesa poemas que alcanzaban para llenar libros, varios libros. ¿Qué ocurre cuando de pronto uno se da cuenta que ha escrito algo que cambiará el curso de la civilización literaria? Pues Luis Garaycochea de la Barra se volvió loco de felicidad. Pero no solo era felicidad. Empezó a sentir un creciente y apasionado amor por sí mismo. Un loco amor que le quitaba el aliento. Fue en ese momento cuando decidió dejar su aldea natal y buscar un lugar apropiado para mostrar eso que era su obra.
Pero algo ocurrió en el viaje. O tal vez algo ocurrió cuando por alguna caprichosa razón apareció en la hermosa ciudad de Trujillo.  Sentado en una banca de la plaza sintió o supo o vio lo que vendría después: que sus poemas serían recitados por niños en las escuelas fiscales; que su foto sería intensamente contemplada; que escultores modelarían bustos con la frente inflamada; que equipos de fútbol de primera división llevarían su nombre; que académicos con mal aliento dedicarían su vida a interpretar cada una de sus decisiones, en cada libro, en cada página, en cada verso, en cada frase; que sería saludado en todas las lenguas como “una de las cumbres de la creación poética”. Pero él, ese que estaba ahí sentado sintiendo como se formaban emanaciones gástricas en su vientre, no sería en realidad el que todos concebirían al leer uno de sus poemas, al ver su imagen, al escuchar su nombre. No, eso era imposible. Se dio cuenta que lo que era él, que el verdadero Luis Garaycochea de la Barra era alguien que solo podía ser conocido por Luis Garaycochea de la Barra. ¿O no? Después de que él lanzara sus obras empezaría a convertirse en un personaje ficticio, alguien a merced de la infame subjetividad de los demás. De pronto eso le pareció insoportablemente vejatorio. Y fue entonces que tomó la gran decisión. El día anterior había conocido a un tipo que le cayó bien. Alguien de hermoso perfil meditabundo. Lo invitó a comer con la secreta certeza de que se entusiasmaría con los poemas y con lo que tenía que proponerle.
Dos
Alguna vez leí un artículo en el que se proponía la supresión de la firma en las obras artísticas.  De esta manera cada lector valoraría una obra sin el prejuicio, sin la mediación del mayor o menor prestigio del autor. El artículo estaba firmado por Emilio Adolfo Westphalen.
Tres
Algunos aseguran que si Anónimo fuese la firma usada por todos los creadores, la calidad de los productos artísticos se aplanaría, porque es la euforia del ego el auténtico motor de la creación más encendida. El arte es la consagración de la singularidad. La conciencia de sí mismo -que es la facultad distintiva de lo humano- se eleva unos milímetros hacia lo alto cuando el artista comprende lo que es ser una modalidad finita de algo infinito, cuando vislumbra lo que significa ser alguien dolorosamente específico en medio de una abrumadora entidad sin nombre. Porque cuando unas pocas partículas de algo conocido chocan contra la masa inmensa de lo desconocido surge un nuevo universo, el universo creado por los artistas.
La firma es entonces el símbolo, el signo referencial que le permite al artista “dejar su huella”, afirmar lo particular frente a lo general. Sin embargo en las últimas décadas este fuego prometeico parece haber derivado en fulgor luciferino. Porque una distorsión ha provocado que para demasiados la imagen del autor sea más importante que su obra. Es así que ya parece más importante “parecer” que “ser”. Sin embargo hay algo de maravillosamente paradójico en esta impostura. Los artistas que logran celebridad a través de ingeniosas artimañas ciertamente son estafadores, pero éstos modelan con sus astucias un personaje que es pura ficción. Su tramposa obra se transfigura ante los ojos hipnotizados de sus lectores convirtiéndose en lo que manda el mañoso gestor de los prestigios, y es vista, es leída,  es creída y alabada. Es un efímero portento silbando estridente frente a toda la extensión de lo imperecedero.
Cuatro
Sin embargo el evento verdaderamente extraordinario ocurrió cuando un auténtico genio como Luis Garaycochea de la Barra decidió manipular su imagen, decidió librarla de sus más terrestres contradicciones, de ese “sí mismo” tan insoportable, para hacer de “lo cualquiera” algo maravillosamente definido, y la lanzó hacia adelante en otro rostro, en otro nombre, a lo largo de toda una vida, como revelan las sorprendentes páginas de la viuda de Vallejo.


lunes, marzo 12, 2012

Lo sabroso de lo indigesto 


Hay gente que cree que lo indigesto descalifica la excelencia de una gastronomía. Esa gente tiene una ensalada en la cabeza. Si lo eupéptico fuese el móvil principal de la gastronomía no existiría la gastronomía. Nadie habría jamás disfrutado de las logradas cimas de la cocina francesa que se levantan sobre una columna de mantequilla. Ni de las frituras a altísima temperatura imprescindibles en la cocina china. Ni del contundente spaghetti alla bolognese. Lo que pasa es que las cosas ricas de la vida no son para los que sienten la urgencia de vivir 100 años.
Es bastante probable eso que de que el primer paso de la civilización fue el surgimiento de la cocina. Ciertamente el móvil inicial fue puramente pragmático. Estamos hechos de pan. Pero tal vez para combatir el cotidiano temor a la extinción la búsqueda del placer aderezó de pronto ese asunto elemental de recargar energías. Y cuando el ser humano descubrió la voluptuosidad el universo se pobló de hermosas contradicciones. Un coro de cigarras entonó junto al férreo regimiento de las hormigas.
El conflicto entre la cigarra y la hormiga es clásico. La cigarra considera matemáticamente comprobado que la hormiga es aburrida. La hormiga, por su parte, escribe fábulas cuya moraleja  expone el triste final de los juergueros. Como siempre lo estúpido es la incapacidad de ambas para entender el punto de vista ajeno. Porque si nos dejamos de frivolidades, hay que convenir que el estilo de la civilización ha sido forjado por la hegeliana dialéctica entre estos poderosos temperamentos.
Cuando la inteligencia del hombre empezó a hacer proyecciones fue capaz de aprender de la experiencia para especular sobre el después, sobre el luego. En ese momento el hombre se hizo prudente y calculador. Albergó la ambición de corregir, de cimentar,  de dominar. Y surgió como fuerza histórica la ilusión de colonizar el futuro. Paradójicamente el ensanchamiento de su perspectiva no sofocó su esencia primitiva, inmediatista, proclive al orgásmico desenlace del instante, sino que hizo de esta un arte. El arte.
El oficio de ser humano es una proeza de equilibrio. El poder gravitacional del presente ilumina nuestra existencia, anima nuestros actos con vitalidad, con la emergencia del placer. Solo el presente tiene la facultad de inducir al éxtasis. Pero la aventura del hedonismo no sobrevive sin el soporte estructural que construye la racionalidad. Por otro lado, las laboriosas formulaciones de la inteligencia han multiplicado nuestras facultades; sus réplicas a la nube de hipótesis han alterado nuestro entorno. Sin embargo, ese asunto de lo constructivo suele caer en la rutina hueca de edificar. Resulta  imprescindible,  entonces, el contrapeso de las grandes emociones, del apetito, de las ganas de comerse la vida. El orden establecido no se empantana en el sin sentido gracias únicamente a nuestra secreta ansia de caos.
En las últimas décadas la preocupación por la salud ha degenerado en una epidemia de hipocondría. Las grasas y los carbohidratos se han estigmatizado. Y hasta algunos parecen creer que la manera virtuosa de alimentarse debe incluir solo porciones ínfimas de aquello  sospechoso. Todo indica que estamos en una etapa en  la que doña Prudencia arroja del templo al untuoso sultán del colesterol. Pero tal vez es hora de recordar que los grandes logros de la gastronomía mundial supieron encontrar sabiduría en pesados materiales. Lo que es indigesto para un apurado habitante de la urbe contemporánea antes fue suculento e imprescindible. La gran tradición gastronómica es esencialmente de estirpe rural. El duro trabajo de campo requería porciones generosas. La proteína animal era demasiado costosa y normalmente se destinaba a días festivos o a la mesa de los ricos. Y las ensaladas, bueno, las ensaladas eran solo ensaladas, personajes secundarios en una experiencia con clímax y anticlímax, con protagonistas estelares.
Fue en el siglo XX cuando empezamos a mirar con suspicacia hasta al humilde pan del desayuno. El mundo se volvió urbano. Las horas de sobremesa obligatorias para asentar las complejidades de la cocina clásica resultaban imposibles para los reclamos de eficiencia del universo moderno. El tiempo se hizo angustiosamente escaso. Hacia los años sesenta se consolidó agresivamente un movimiento llamado Nouvelle cuisine, que inició la tendencia a una gastronomía más ligera y con gran énfasis en la presentación. Paul Bocuse y Alain Chapel lideraron esta influyente propuesta que ha sido remedada y hasta refutada, pero que sin duda ha legado una nueva manera de comer.
Si bien los orígenes de la comida peruana están íntimamente ligados a sus prehispánicas raíces, el mestizaje o fusión ocurrido en los últimos cien años parece haber sido la clave de esas recetas magistrales. La intensa relación con lo propio sumado a la paradójica fascinación por lo ajeno dieron lugar a inspiradas asociaciones. En este caso nuestra frágil identidad, que tantos disgustos nos ha dado, hizo posible la necesaria permeabilidad. Pero la característica definitoria de la comida peruana es su extracción profundamente popular. En esa medida sus hallazgos son producto de una sensualidad plebeya, sabia  en su alegría.   Ciertamente no es comida para anoréxicos ni para desabridos. Es una comida demasiado real, terriblemente honesta, lo que hace algo contraproducente todo intento de estilización. Sin embargo conviene reconocer que resulta tonto generalizar cuando se trata de la comida peruana: uno de los argumentos para asumir su excelencia es su complejidad y variedad, los amplios catálogos de sus posibilidades. Si bien hay platos extraordinarios como el seco de cabrito o el chaque de tripas, no recomendados por la asociación de cardiólogos, el plato nacional, el ceviche, resulta un evidente milagro de sabor y  ligereza. En el caso específico de la cocina arequipeña, que soporta una reputación de excesiva suculencia, se puede disfrutar, sin embargo, de algunos platos de admirable levedad. Digamos: el Solterito de queso, la sarza de lapas, el siempre añorado sudado de machas, el delicadísimo rachi de libro, el sutil y nunca suficientemente valorado ají de lacayote.
Estos tiempos de entusiasmo culinario peruano sin duda servirán para someter a prueba la capacidad de evolucionar de una tradición ya consolidada. Seguramente la actual tendencia de cocina de autor y el afán internacionalizador crearán algunos monstruos, pero la solidez de nuestra gastronomía, que se levanta sobre prodigiosos ingredientes, sin duda se enfrentará al nuevo desafío con heroicas soluciones. Por ejemplo, una novísima variante de gloriosos carbohidratos.

miércoles, febrero 15, 2012


La vida secreta del Oxycontin y del desfibrilador
La enfermera Jackie es una mujer con un centro gravitacional poderoso. Los que la rodean se convierten en satélites. Su poderío se apoya en una eficiencia profesional administrada por el sentido común, en ocasiones incluso por un pragmatismo tan bien calibrado que puede confundirse con sabiduría. La enfermera ha establecido un hogar. Su marido parece ser un personaje cabalmente balanceado en lo físico, en lo económico y en lo emocional. Parece además amarla con doméstica intensidad. Pero hay un problema: la enfermera Jackie es drogadicta. Roba fármacos porque le gusta que su piel entre en estado de vibración, que emulsione su  identidad, que se rompa la marcha cadenciosa de las horas.  Busca la energía, que es la delicia eterna. Para conseguir las preciosas pastillas la enfermera Jackie dirige su imán (anatómico) hacia el jovial farmacéutico del hospital. De esta manera se transforma en adúltera. El sexo entre el mobiliario médico hospitalario es intensivo y,  de una manera accidental, la carnalidad empieza a mutar hacia la tan tóxica enfermedad del amor. Por desgracia ese extraño fenómeno parece ocurrir exclusivamente en el tórax del técnico farmacéutico. La enfermera J. opta por estar siempre (y para siempre) con su marido tan equilibrado. De esta manera se convierte en una engañadora.  Miente. Disimula, manipula, falsifica. Cada día eleva una plegaria: Dios mío, hazme buena, pero no todavía. (Un malhechor a veces no es otra cosa que alguien con un enloquecido corazón).
En los viejos tiempos la televisión estaba poblada por un tipo de gente que creía en la tranquilizadora línea que divide a los buenos de los malos, los personajes ejemplares y los detestables villanos. Clásico pensamiento dualista de la civilización occidental. Una de las cosas inteligentes que ha hecho la nueva televisión es explorar el género realista con empeño, con avidez por ganarse un par de Emmy awards.  Los personajes transgresores suelen presentar una mayor complejidad y proponen interesantes dudas sobre los diversos criterios sobre los que se levanta la ética. Y en lo referente a la estética, al presentar caracteres no particularmente provistos de belleza física (a diferencia de Grey's Anatomy o House) se marca distancia de lo artificial. Sin embargo la opción por un cierto nivel de comedia (que seguramente busca  mitigar las sombras de lo tanático) contrarresta el efecto y nos vuelve a alzar hacia la zona de lo no real. Otra característica de la nueva televisión es algo que parece una lección aprendida de la literatura: La maldita rutina de cada día está repleta de una amplia variedad de invisibles conflagraciones. La riqueza de lo insignificante contiene potencialmente más drama que el escenario precintado del forense.
¿Pero por qué los hospitales son tan atractivos para series exitosas? Un hospital es siempre el lugar donde ocurre el peor día de la vida de alguien. Cuerpos  dolientes extendidos sobre una sábana.   Pero un hospital tiene unos pobladores regulares. Gente para los que el espectáculo del dolor es la inevitable rutina. El centro de Nurse Jackie son estos personajes. Y a diferencia de proyectos similares, los protagonistas no son los que ocupan los puestos más altos en la jerarquía sino los que hacen el trabajo invisible, el personal de apoyo, los auxiliares, los camilleros, las enfermeras. Es además significativo que los caracteres más fuertes e interesantes sean femeninos.  
Sin duda Edie Falco, la enfermera Jackie, es el centro de la serie porque su gran talento se convierte en el punto de convergencia para un elenco francamente fascinante. La enfermera Jackie trata a la gente, a sus pacientes, con la firmeza de alguien con mucha calle, pero los frecuentes close ups traicionan la vulnerabilidad de esos grandes ojos en un rostro tallado por el cansancio. A su alrededor hay individuos que conjugan lo divertido, lo patético, lo curioso, lo desagradable, en un tramado multivalente. Pero nadie es un arquetipo. Todos son un poco de algo. Sin embargo hay algunos que destacan. Este ávido espectador tiene especial predilección  por Zoey (Merritt Wever) una practicante que en realidad es una mascota.  Zoey es una gordita aniñada que inventa una disonancia con su lenguaje corporal.  En segundo lugar está la Dr. Eleanor O'Hara, una inglesa de rostro escasamente simétrico que se mueve con graciosa elegancia mientras lanza al mundo frases de humor acerado.  También merece mención la hija de la enfermera Jackie, de 12 años, que realiza ritos propiciatorios (dar tres vueltas a su carpeta antes de iniciar el día) para evitar que se precipite la catástrofe. Insólitamente una niña que no pertenece al universo hospitalario es el único personaje irremediablemente oscuro. Pero de alguna manera todo el grupo de personajes se complementan con tanta coherencia que uno ya casi los puede contar como un logro de la ciencia. Esta serie en realidad resulta para nosotros no solo una poción medicinal que tenemos que  tragar, sino algo que, por su buen gusto, tomaríamos cada día. (Oswaldo Chanove)