miércoles, julio 21, 2010

Anillo al dedo











En Roma, en 1842, dos años antes de morir, Stendhal escribió un texto no demasiado largo que tituló Les Priviléges. En 23 cortos parágrafos hace una lista de las prerrogativas que los dioses tendrían que conceder a los sabios anatomistas (del alma). Se incluye franquicias imprescindibles como, por ejemplo, conseguir con un simple tronar de dedos, aparecer en los salones perfectamente libre de piojos (y con los incisivos irreprochablemente cepillados). Aquí otros:


-Veinte veces al día la persona privilegiada sería capaz de registrar los más íntimos pensamientos (y estremecimientos) de cualquiera en un radio de veinte pasos.


-La persona privilegiada poseería un anillo mágico. Al momento de cruzarse con una mujer hermosa solo tendría que acariciar al noble metal (observándola fijamente) para instantáneamente transformarse en el objeto de una pasión trascendental. Si el privilegiado optara por lamer el anillo, el efecto se reduciría a una simple (pero conmovedora) amistad.


-Diez veces al día el privilegiado disfrutaría de una vista de águila, y sería capaz de correr una distancia de cinco leguas en no más de una hora.


-La méndula (el órgano viril, según S.) tendría, como el dedo índice, dureza y movilidad extrema. Pero claro, su grosor y extensión serían decididamente diferentes.


El más importante de todos, sin embargo, es el siguiente:


-La persona privilegiada no alcanzaría jamás el nivel de infelicidad que se precipitó entre el 1 de agosto de 1839 y el 1 de abril de 1840.


Stendhal fue siempre muy coherente, y dio su apoyo incondicional al Duque de Lauraguais cuando este, ante las autoridades competentes, acusó de intento de asesinato a un sujeto mortalmente aburrido.


Referencia: The Times Literary Supplement. July 2 2010. No 5596. Ten times a day, por Julian Barnes.