jueves, octubre 01, 2009

Extremos magnéticos



En algún momento una gitana del campo de concentración debe haberse asombrado contemplando la palma de ese niño polaco y judío. Seguramente le dijo que tenía marcado en su destino ser una víctima pero también un depredador. Que ese iba a resultar un signo trágico en su existencia. Afortunadamente Roman Polanski fue un niño muy avispado, incluso un prodigio, y dio un primer gran paso al encontrar la manera de librarse de la crueldad alemana. Su madre no tuvo tanta suerte. Pero está comprobado que las víctimas no se vuelven más sabias y más piadosas (ver Israel). Al contrario, aspiran a convertirse en cazadores, a tener el poder de importunar el destino de otros. Y Polanski, gracias a su desmesurado talento, se convirtió tempranamente en un “dueño del mundo”. Es por eso que cuando le dieron ganas de tirarse a una niña de 13 años no le importó recurrir al trago y a las drogas. Y cuando las resistencias estaban bajas, atacó con todo su apetito. Pero como suele suceder, un triunfo soberbio a veces no es más que el principio de una horrible derrota. Porque entonces empezó la gran persecución. Un acoso que se extiende ya por varias décadas. Pero el año pasado Polanski había estado pensando que tal vez por fin había llegado la hora de detener la terrible dinámica y que, ya anciano, podría apartar para siempre a sus cazadores. El 2008 Marina Zenovich había presentado “Roman Polanski: Wanted and Desired”, un documental emitido por HBO, que fue considerado bastante favorable a su causa. Ahí se intentaba desacreditar al juez que llevó el juicio. Este triunfo frente a la opinión pública aparentemente reanimó las viejas ilusiones de Polanski de volver a tomar el sol en California. Pero ya se sabe, así como no hay mal que por bien no venga, con frecuencia no hay bien que por mal no venga. Y, como dice Robert Harris en el NYT, a las autoridades no les gusta que las critiquen. En eso debe estar pensando ahora, en su pequeña celda extrañamente inmaculada.