miércoles, abril 25, 2007

Perú campeón



A la hora de medir logros el Perú es francamente patético futbolísticamente hablando, lo cual hace más ridículo que esta sea la pasión nacional y principal. En lo que se refiere a la literatura, en cambio, no estamos del todo mal, si no que lo digan Vallejo y Vargas Llosa. Pero en lo que si somos auténticos campeones es en la gastronomía. Según opinión ya establecida la peruana es una de las mejores cocinas del mundo (y la arequipeña la más destacada del Perú). Eso no sé si nos haga mejores que algún vecino antipático, pero debe haber alguna superioridad en ser exigentes con el acontecimiento decisivo del ser humano. Porque ciertamente, a pesar de los justos reclamos de los erotómanos (o de los filósofos, o de los poetas) la actividad más importante que existe es comer. Estamos hechos de pan. Y es una ironía excesivamente perfecta que la humanidad esté agobiada simultáneamente por gente que muere de hambre o de obesidad. Satisfacer el apetito es la compulsión cardinal del ser humano. Una compulsión que se enciende por lo menos tres veces al día. Una compulsión medular signada en un primer nivel por el llano afán de sobrevivencia, que luego, en una espiral cualitativa, se constituye en un refinamiento, en una búsqueda llamada gastronomía. Savarín, uno de los principales apóstoles del paladar afirmaba que la gastronomía rige la vida entera, ya que el llanto del recién nacido reclama el rebosante seno de la nodriza; y el moribundo recibe aún con inexplicable avidez la poción suprema que, ¡ay! no podrá ya digerir. Pero quizá el viejo Savarín exageraba. La Real Academia la define más bien como el arte de preparar una buena comida y la afición a comer regaladamente. Lo que si está ya claro es que la gastronomía se ha constituido ya en una de las bellas artes pero, a diferencia de otras, su vehículo y materia prima -apetito e ingredientes- son fuertemente terrenales. No en vano el flaco Woody Allen se quejaba de que a pesar que detestaba la realidad, había que reconocer que era el único lugar donde se podía conseguir un buen bistec. Resulta entonces algo bastante razonable mostrarse de acuerdo con que las prácticas culinarias de un pueblo revelan su idiosincrasia. Sin embargo sería harto trivial forzar la lógica y alegar que en las civilizaciones más avanzadas es donde mejor se come. Hay que convenir, ciertamente, que parece indiscutible que los pueblos con buena mesa suelen ser interesantes e históricamente peculiares. Veamos: los franceses, que se han posicionado en el mundo culinario gracias a su depurada técnica y a sus sofisticadas creaciones, representan en el imaginario popular el prototipo del “artista”, del “exquisito”. Los chinos, poseedores de una cocina tan rica como su milenaria historia suelen ser asumidos como una nación compleja, insondable, irresistiblemente intrincada. Los italianos, por otra parte, con su vasta cocina regional que ha depurado las combinaciones (de sabores y olores) hasta alcanzar el nivel de la sabiduría, se visualizan siempre como un pueblo de gente agradable, sensual, atiborrado de vitalidad. ¿Y los peruanos? La clave de la comida peruana está en su habilidad para domesticar un elemento agresivo como el ají, fusionándolo con ingredientes más sosegados hasta alcanzar un nivel activamente sabroso. Pero manejar la contradicción, armonizar el mestizaje de elementos incluso discordantes, asimétricos, implica también un juego dialéctico que, cuando se resuelve triunfalmente, es un hito siempre sorprendente, pero cuando no cuaja, cuando uno de los elementos aplasta al otro, nos queda un plato rebosante de frustración. Eso en cierto modo proyecta la imagen de lo peruano: un pueblo prometedor, con una historia intensa y trágica, henchido de disímiles posibilidades, pero siempre tan cerca de alguna estridencia, tan al borde de cualquier desequilibrio. Sin embargo es un hecho para considerar que el triunfo de la comida peruana nos indica que si algo tan vinculado a nuestra singularidad ha logrado establecer su excelencia y estabilizar sus contradicciones, después de todo tal vez no estemos tan jodidos como parecemos.

miércoles, abril 18, 2007

Crimen perfecto


En las últimas semanas todo el mundo ha estado hablando del triste caso de Alfredo Bryce, que fue encontrado sustrayendo material ajeno. Dado lo flagrante, reiterativo y torpe de la fechoría todo parece indicar que no fue algo practicado con “premeditación y alevosía”, sino más bien producto de una mente fuera de control. O sea el viejo Julius puede alegar demencia. El caso, sin embargo, ha producido gran jolgorio entre los justicieros aficionados, y algunos se han lanzado a la caza de otros amigos de lo ajeno. Claro que si estos hiciesen un trabajo concienzudo, muy probablemente tendrían que crucificarse a sí mismos y, virtualmente, a todos los escritores y artistas. Porque ya hace tiempo parece haber quedado claro que el trabajo creativo no consiste en “inventar” algo original sino reciclar lo que ha sido creado por otros. ¿Pero siendo así no resultaría este un trabajo sucio y denigrante? ¿Y acaso no se podría querellar por plagio al que realiza tan promiscua actividad? Yo tengo la firme convicción que sólo se debe acusar por robo (y luego sentenciar con toda la fuerza de la ley humana y divina) a todo aquel que recicle y no consiga resultados interesantes con la nueva composición. Lo que pasa, mi indignado lector, es que en el arte existe la transmutación de la materia. Si uno alcanza a sacar un destello del lóbrego montoncito de palabras sustraído de una inocente víctima, entonces el robo deja de ser una vulgar rapacería y se convierte en un triunfo, algo nuevo y esencialmente original que está listo para iluminar inéditas zonas del alma humana (y ser entonces presa codiciada para otros depredadores literarios). Así ha ocurrido siempre y así sigue ocurriendo. Y así ocurrirá for ever.
¿No me cree? Se supone que el viejo Will (Shakespeare) es el escritor más influyente de la historia. Pues ese preclaro caballero le echaba mano a todo lo que tenía por delante. Sin ir muy lejos su precioso Romeo y Julieta es una realización personal sobre una idea sustraída a otro sujeto, que a su vez la trabajó sobre presuntos hechos de la historia o la leyenda. ¿Eso le quita mérito? No. Otro caso: James Joyce se hizo extremadamente popular entre los snobs del siglo XX como inventor del llamado monólogo interior, aunque luego, en voz baja, reconoció que ese procedimiento fue inicialmente usado por Édouard Dujardin en Les Lauriers sont coupés publicado en el remoto 1888. Y en el ámbito latinoamericano, según explica en un artículo Mario Levrero, el genial Juan Carlos Onetti armó su celebrada Los Adioses copiando la estructura básica de Idilio en el desierto, obra nada menos que del también genial William Faulkner. ¿No les satisfacen estos argumentos? Hay más: se sabe que alguien tan sagrado como Dostoievski acoplaba partes de sus obras con párrafos enteros alegremente malversados de los melodramas de Eugéne Sue. Y Montaigne, tan amado por ese enmascarado que fue Borges, solía citar abundantemente sin tomarse la molestia de gastar las comillas. Y yendo más atrás, hasta los reductos de padres fundadores, vemos –según delación de Hector Bianciotti- como el mismísimo San Agustín, en sus tan leídas Confesiones, pone en su boca frases de Aristóteles, sin considerar necesario hacer el pie de página imprescindible. ¿Eso hace que los respetemos menos? Esos tipos supieron convertir en suyo lo que no era suyo. Por eso es francamente una frivolidad pensar que el valor de un escritor está en su capacidad de inventar frases o argumentos o escenas o lo que fuese. Es como esos que creen que para los pintores hay alguna superioridad en saber dibujar bien. ¡No! ¡Lo que importa es el concepto! Ahí está la esencia. Uno podría hacer una obra absolutamente original usando exclusivamente frases arrancadas de libros ajenos. Ese sí sería un honesto desafío. A ver quién se anima a intentar un crimen perfecto.
(Foto sustraída de www.noticiasliterarias.com/cultura/index.htm)