miércoles, abril 18, 2007

Crimen perfecto


En las últimas semanas todo el mundo ha estado hablando del triste caso de Alfredo Bryce, que fue encontrado sustrayendo material ajeno. Dado lo flagrante, reiterativo y torpe de la fechoría todo parece indicar que no fue algo practicado con “premeditación y alevosía”, sino más bien producto de una mente fuera de control. O sea el viejo Julius puede alegar demencia. El caso, sin embargo, ha producido gran jolgorio entre los justicieros aficionados, y algunos se han lanzado a la caza de otros amigos de lo ajeno. Claro que si estos hiciesen un trabajo concienzudo, muy probablemente tendrían que crucificarse a sí mismos y, virtualmente, a todos los escritores y artistas. Porque ya hace tiempo parece haber quedado claro que el trabajo creativo no consiste en “inventar” algo original sino reciclar lo que ha sido creado por otros. ¿Pero siendo así no resultaría este un trabajo sucio y denigrante? ¿Y acaso no se podría querellar por plagio al que realiza tan promiscua actividad? Yo tengo la firme convicción que sólo se debe acusar por robo (y luego sentenciar con toda la fuerza de la ley humana y divina) a todo aquel que recicle y no consiga resultados interesantes con la nueva composición. Lo que pasa, mi indignado lector, es que en el arte existe la transmutación de la materia. Si uno alcanza a sacar un destello del lóbrego montoncito de palabras sustraído de una inocente víctima, entonces el robo deja de ser una vulgar rapacería y se convierte en un triunfo, algo nuevo y esencialmente original que está listo para iluminar inéditas zonas del alma humana (y ser entonces presa codiciada para otros depredadores literarios). Así ha ocurrido siempre y así sigue ocurriendo. Y así ocurrirá for ever.
¿No me cree? Se supone que el viejo Will (Shakespeare) es el escritor más influyente de la historia. Pues ese preclaro caballero le echaba mano a todo lo que tenía por delante. Sin ir muy lejos su precioso Romeo y Julieta es una realización personal sobre una idea sustraída a otro sujeto, que a su vez la trabajó sobre presuntos hechos de la historia o la leyenda. ¿Eso le quita mérito? No. Otro caso: James Joyce se hizo extremadamente popular entre los snobs del siglo XX como inventor del llamado monólogo interior, aunque luego, en voz baja, reconoció que ese procedimiento fue inicialmente usado por Édouard Dujardin en Les Lauriers sont coupés publicado en el remoto 1888. Y en el ámbito latinoamericano, según explica en un artículo Mario Levrero, el genial Juan Carlos Onetti armó su celebrada Los Adioses copiando la estructura básica de Idilio en el desierto, obra nada menos que del también genial William Faulkner. ¿No les satisfacen estos argumentos? Hay más: se sabe que alguien tan sagrado como Dostoievski acoplaba partes de sus obras con párrafos enteros alegremente malversados de los melodramas de Eugéne Sue. Y Montaigne, tan amado por ese enmascarado que fue Borges, solía citar abundantemente sin tomarse la molestia de gastar las comillas. Y yendo más atrás, hasta los reductos de padres fundadores, vemos –según delación de Hector Bianciotti- como el mismísimo San Agustín, en sus tan leídas Confesiones, pone en su boca frases de Aristóteles, sin considerar necesario hacer el pie de página imprescindible. ¿Eso hace que los respetemos menos? Esos tipos supieron convertir en suyo lo que no era suyo. Por eso es francamente una frivolidad pensar que el valor de un escritor está en su capacidad de inventar frases o argumentos o escenas o lo que fuese. Es como esos que creen que para los pintores hay alguna superioridad en saber dibujar bien. ¡No! ¡Lo que importa es el concepto! Ahí está la esencia. Uno podría hacer una obra absolutamente original usando exclusivamente frases arrancadas de libros ajenos. Ese sí sería un honesto desafío. A ver quién se anima a intentar un crimen perfecto.
(Foto sustraída de www.noticiasliterarias.com/cultura/index.htm)