martes, octubre 03, 2006

El ser y el pisco


El ser y el pisco
Precisos, rigurosos, y documentados a la perfección los estudios que realicé a lo largo de toda una vida me han inducido a ciertas convicciones. Una de las más importantes es que si bien es cierto que todos los licores nos provocan fases similares (1. Exaltación de la amistad; 2. Cantos regionales; 3. Escarnecimiento de los ausentes; 4. Evocación de antiguos agravios; 5. Negación de la evidencia) cada trago hace su labor de una manera peculiar. Los designios del pisco sobre el espíritu son algo diferentes a los del ron, el whisky, el vodka, el vino, o la cerveza. Veamos. El ron, la bebida nacional de corsarios y filibusteros, tiende a inducir estados salvajes, abundantes en movimientos bruscos y, a una cierta propensión a rebasar algún límite, aunque sólo sea en el tono de voz. El vino, en cambio, perturba la mente y hace que el pene y el corazón se hagan socios. Es por eso que uno no sabe si recitar un soneto de amor eterno o solicitar un fellatio. El whisky, por otra parte, a pesar de su popular asociación a los cachorros del imperio, es en realidad un trago que activa la ironía y adelgaza los rasgos de la cara. El vodka, elegante y fresco, del color de la luz de la luna, es conocido por alterar fuertemente la percepción justificando el viejo adagio: “No hay mujeres feas, lo que falta es trago”. Nuestro patriótico pisco, en cambio, como todo lo peruano, es sabroso, incluso pícaro, hasta cariñoso, pero no es completamente ideal para esos que gustan conducir a altas velocidades en las autopistas de la existencia. Porque satura, porque su sustancia de uvas se impregna en el paladar, y entonces uno pierde el imprescindible sentido de las proporciones. Finalmente queda la cerveza que, como todo el mundo sabe, es una bebida vil, propia de seres ventrudos y escasamente imaginativos. Una buena amiga afirmaba que con la cerveza ella se veía condenada a ir al sucio baño cada 15 minutos (y tenía que hacer pis como quien hace mayonesa, para que no salpique.)
El trago ha estado asociado no sólo a la irresponsabilidad y al derroche de la vida. Siglos antes de Li Po, el poeta borracho, los espíritus más inquietos habían encontrado belleza en un vaso lleno de licor. Entendían que inducir la euforia por medio de un brebaje fermentado era algo que valía el alto precio en locura o cirrosis. ¿Por qué?
¿Cuál es el Primer Mandamiento? Mantenerse vivo. Y lo que impulsa la vida es una urgencia deslumbrante en su dimensión elemental, reacia a los ropajes de la ética, salvajemente infiel a toda justificación. Y el arte y la poesía no es otra cosa que un simple impulso vital codificado. Una artimaña para mantenernos despiertos, para evitar que los artificios de la coherencia nos atrapen en su oleaje y nos conviertan en pálidas formas sofocadas por la compulsiva agitación de un deber impuesto, de una absurda meta inventada, de una grandeza de vacua luminosidad. Nuestro deber, ante todo, es mantener en un punto óptimo la presión sanguínea. Luego ya estamos en condición de proponernos otras preocupaciones como salvar el mundo o luchar contra los malos (también comprar un baguette para nutrir a nuestra neurótica mujer y a nuestros traviesos retoños).
Por eso un buen bar es, en muchos casos, tan importante como una impecable aula universitaria o, incluso, una milagrosa catedral. Por desgracia un buen bar no surge por decreto. Un buen bar se inflama de elementos propiciatorios por razones siempre caprichosas. Aparece la gente, busca su silla, toma su vaso y entonces empieza el concierto. Si desafina, el bar muere, se convierte en un mero salón para las horas muertas. Pero si se alza hacia lo alto un bullicio que se parece a un coro, entonces la chispa prende. ¿Hay algo que importe más?