domingo, octubre 02, 2005

El carnero sonriente

En aquellos tiempos en la ciudad de Arequipa había un bar llamado “El Carnero Sonriente”. Era un bar frecuentado por un famoso matemático oriundo de Flandes. Este sujeto era muy aficionado al licor de la casa. El científico de Flandes decía que el pisco “Demonio Invisible” era el licor más traslúcido que había sido creado por el género humano. Y lo consumía devotamente pensando que sólo un accidente había hecho posible tal néctar. Pensaba que la gente odiaba las situaciones accidentales y que pronto alguien haría correcciones. Y entonces el pisco ese diáfano demonio pasaría a ser un pisco como los otros piscos. Transparente, pero no tan transparente. O, incluso, y eso sí sería catastrófico, el propietario forzaría a sus químicos o técnicos viníferos o enológicos a teñir la espirituosa bebida con una tonalidad similar al color de la luz de la luna. El científico de Flandes le dijo en cierta ocasión a Vicente Hidalgo que debería sugerir a todos los miembros de la Banda de la Existencia más Fuerte que aprovechen el pisco “Demonio Invisible” mientras puedan. Y eso hacían. Con la fe y la esperanza de los que tienen una misión en la vida. Más tarde Vicente Hidalgo se enteró que el científico de Flandes tal vez no era una persona intachable. Era profesor de matemáticas avanzada para profesores de matemáticas avanzada. Cuando concluía su labor magistral en los claustros académicos se dirigía con paso cansino al “Carnero Sonriente”. Y allí, sentado en una mesa del fondo, rodeado por una nube de humo, consumía una tras otra 7 copas de pisco “Demonio Invisible” bien colmadas. Luego empezaba a quejarse de la escasa ambición de sus discípulos. No se puede edificar una civilización, explicaba. Horas después se perdía en la noche, tal vez en busca de otra cantina de nombre ignoto. En aquellos tiempos en Arequipa abundaban bares con nombres como “Todos vuelven”, “El cráter”, “Caos” “Quintinol”. Pero la tragedia llegó porque es parte de la estructura de lo real. Una noche el cónsul general de Flandes en Arequipa recibió una llamada. El matemático había sido detenido en la comisaría de Palacio Viejo acusado de actos reñidos con la moral. Una india recién llegada del valle del Colca era la agraviada. La indígena sentó la denuncia reportando que cuando se dirigía hacia la calle Alto de la Luna el gringo se le acercó con sigilo sin par. Y la empujó. Presionó su cuerpo contra el suyo. Sus partes contra sus partes. Riendo estentóreamente. Fue en ese instante cuando el Dios que mora en el templo de Yanque envió un emisario. Luego trascendió que el comandante de la comisaría de Palacio Viejo escribió en algo en su diario.

Página escrita por el comandante de la comisaría de Palacio Viejo
Muchas cosas ocurren en una ciudad tan vasta como Arequipa. Muchas cosas han ocurrido desde el principio de los tiempos. Muchas cosas han ocurrido desde que algo provocó que la compacta naturaleza de “Lo único” estallase provocando la estrepitosa condición de “Lo Múltiple”. Siempre he sentido un impacto profundo ante el espectáculo de los seres y las cosas afanados por llenar el espacio, por acabar con el silencio. Nostalgia de la totalidad. Nosotros: los árboles, los tigres de bengala, los peruanos. Nosotros: los hongos de las uñas, los organismos unicelulares, las células mutantes. Nosotros: las chispas de electricidad. Nosotros: los furiosos y radioactivos. Pero nosotros, todos nosotros, somos el rebaño de Dios. Y por alguna razón Dios responde a comandos (dictados por sí mismo) que lo obligan a provocar grandes eventos, conflagraciones, sucesos insólitos, llamaradas, bolas incandescentes, aguas turbulentas, pero también él, el magnífico, el laberintoso, siente un paradójico amor por el silencio, por la inmovilidad. Eso me reveló aquella mañana el arcángel cuando apareció en todo su esplendor en mi humilde comisaría.