sábado, septiembre 10, 2005

Pepin


He conocido gente que ha ejercitado la existencia de una manera rara. Pepín Garmendia era hijo bastardo de un famoso neurólogo. O hijo bastardo del hermano de un famoso neurólogo. O tal vez fue el fruto de los amores prohibidos de la hija de un famoso científico arequipeño. Pepín era de piel oscura como un indio pero sus rasgos eran delicados como los de un príncipe. Los huesos de su brazo y antebrazo eran finos. Podría haber sido un prócer pero parecía un prócer que hubiese sido encerrado en el fondo de una mazmorra durante todos los años de su formación. Un prócer que hubiese sido alimentado cada día con un plato rebosante de hidratos de carbono. Pepín Garmendia era un espadachín desprovisto de belleza. Su perfil parecía haber sido golpeado con una roca extraída de las aguas del río Chili. Las líneas perfectas de su rostro habían sido alteradas sólo lo suficiente para destruir toda hidalguía. Por eso (y quién sabe por qué otras razones) fue siempre menospreciado. Cuando una persona es agobiada por algún tipo de desprecio su alma corre el riesgo de convertirse en una cosa opaca: Un objeto ovoide y fibroso. Pepín Garmendia deambulaba como un fantasma por las calles de Arequipa. Llegaba silenciosamente a la casa del Rolo y se iba sin que nadie lo notase. En aquellos tiempos la Casa del Rolo era el centro del mundo. En ocasiones era el centro del universo. Vicente Hidalgo afirmaba (con ese tono insufrible de Vicario de Cristo) que el tamaño del universo es directamente proporcional al tamaño de nuestra alma. Y que la ubicación del universo siempre es aquí, en el centro.