lunes, septiembre 19, 2005

Cantando bajo la lluvia


¿Qué es una obra maestra? Tal vez no es otra cosa que un milagro. Buena parte de las obras maestras no son producto de la entusiasta fórmula “99% de sudor y 1% de inspiración”. Ocurren más bien casi como un accidente, casi como una aberración. Ayer me tocó ver una vez más Cantando bajo la lluvia. Al apagar el televisor tuve la certeza que podía sumar un punto en mi lista de situaciones felices que me ha tocado vivir.
Según cuenta la historia el productor Arthur Freed decidió aprovechar el éxito de Gene Kelly en una película anterior y, con bajo presupuesto y estrecho espacio de tiempo, se lanzaron a hacer una película del más puro y regocijado entretenimiento. El argumento es sencillo y básicamente está centrado en circunstancia muy precisas de las etapas iniciales del cine sonoro. No hay para nada una vocación “universal”, que pretenda elevarse por encima de las menudencias contingentes. No, más bien aluden casi chismosamente a personajes muy precisos del momento. La película fue entonces rutinariamente festejada durante los meses de su lanzamiento, pero nadie se sintió particularmente emocionado. Ni críticos ni espectadores. Y sólo diez años después se reveló la obra de arte que yacía oculta entre el alegre empaque industrial. Aparentemente fue la influyente crítica Pauline Kaen la que hizo notar que Singin’ in the rain era el mejor musical de todos los tiempos. Una auténtica cumbre.
Como suele ocurrir el asunto viene por capas. En el primer plano están las prodigiosamente logradas secuencias de vaudeville, de canto y de danza de los notables Gene Nelly y Donald O'Connor. En segundo lugar la dinámica entre los personajes. Por ejemplo la no especialmente divina Debbie Reynolds se alza aquí corporizando a la perfección a una spring chicken, una chiquilla sana y rebosante de electricidad de signo positivo, una auténtica gloria de la realidad. Su par opuesto es el personaje de Jean Hagen, que representa a una estrella del cine que interpreta la vida a través de las revistas de chismes del espectáculo. En general la película es una divertida y traviesa reflexión sobre los diversos niveles de ficción y realidad. Al final se desenmascara las trampas de la fantasía al revelar frente a todo el público que la maravillosa voz del personaje de Jean Hagen había sido doblada por el personaje de Debbie Reynolds. Fin. Luego, algún irónico hizo notar el dato que en la vida real, en la verdadera vida real (¿?) Jean Hagen había doblado la voz con la que supuestamente Debbie Reynolds había doblado a Jean Hagen.